Opinión

Cien ‘tremendos’ días

Para sorpresa de algunos, han transcurrido cien días de la toma de posesión de nuestro “tremendo” presidente y el mundo aún no ha tocado a su fin.

El diccionario pudiera ser el que, a mediano plazo, se perjudique por la pérdida de vocablos como “absurdo”, “improbable”, “insólito” e “increíble”, que para cuando mis nietos lleguen a la mayoría de edad seguramente habrán dejado de existir.

Pero nuestras tan celebradas “instituciones”, hasta ahora, han sido capaces de resistir los embates del poseído durante 100 días, lo que no es poca cosa.

Algunas de esas instituciones le han plantado cara a nuestro aprendiz en jefe, ninguna de ellas con mas ahínco –como también solo a algunos pocos pudiera sorprender– que ese pantano de corrupción llamado “Lobby” que nuestro “tremendo” presidente prometió drenar.

La corrupción es un mal endémico y universal, y combatirla es, con demasiada frecuencia, una tarea ingrata.

Pero en los EEUUA (o EEDDA, por lo cada vez más divididos y polarizados) es la fortaleza de nuestras instituciones lo que nos distingue de otras sociedades menos afortunadas, y eso también explica la fortaleza de la corrupción entre nosotros. Porque entre nosotros la corrupción ha sido institucionalizada –nuestro Tribunal Supremo lo confirma con su “fallo” en el caso “Citizens United”– a través del flujo ilimitado del dinero que llena las arcas de los contendientes en campañas electorales, al punto de convertir al dinero en el factor preponderante del éxito o el fracaso en nuestro decadente y cada vez menos funcional sistema político.

Por supuesto, no llamamos a esa corrupción desembozada por su nombre: la llamamos “Lobby”. Corrupción es lo que existe y se practica vergonzosamente en otros países (digamos en Venezuela) que, además, nos damos el lujo de criticar y sermonear con frecuencia…

Ese tipo de auto-engaños son frecuentes en la mente cada vez más confundida del votante promedio, razón por la cual disfrutamos de una casta de políticos (firmemente atrincherada a través del diseño de distritos electorales que les permiten perpetuarse en el poder) tan mediocres e ignorantes como los que tenemos.

Eso sí, cuando uno espera que los aduladores de una presunta “democracia liberal” que pululan en este burladero que es Miami alcen la voz para defenderla de esta institución malsana, sus voces están siempre ocupadas en la infantil declamación y la repetición hasta al hartazgo de mantras sobre instituciones (la división de poderes y el mal llamado “estado de derecho”, entre otras) que se ven seriamente afectadas por nuestra corrupción institucionalizada. Pretenden, desde un púlpito cada vez más bajito, pontificar contra los riesgos del “populismo” e identificar “dictaduras”, mientras despotrican contra quienes defienden las expectativas de los marginados y los indignados por la desigualdad, por la falta de techo y de empleo, y por la incapacidad para trazarse su propio futuro, al extremo que ni el Papa, “comunista”, se salva de sus críticas. Si un mérito tiene nuestro “tremendo presidente” es haber sabido interpretar esas expectativas y captar a quienes claman por ellas, los mismos a quienes mis amigos del prefijo “líber” pretenden conquistar con sus mantras vacías de sentido.

“Mes amis” se jactan de ser “institutrices de la democracia interamericana” mientras esperan en Miami la oportunidad para volver a hacer de las suyas (cuando les llegue un nuevo turno, acorde con la teoría del péndulo) en sus países de origen, muchos de ellos en ese “patio trasero” que muy poco parece interesarle, hasta hoy al menos, a nuestro “tremendo” presidente.

Su desprecio hacia las expectativas de quienes ellos, arrogantemente, definen como “perfectos idiotas latinoamericanos”, esconde una pretensión de justificar y tratar de ocultar toda una vida de fracasos y de exilios que el tiempo inexorable ha convertido en “oxidios”.

Entre esos tipos y yo hay algo personal, pero no por eso les deseo mal alguno.

Como no se lo deseo tampoco a nuestro aprendiz en jefe quien, a fin de cuentas, es, nos guste o no, el timonel de nuestra nave, que navega por un mar cada vez más proceloso. Y más proceloso se va a poner si Mr. Trump no logra satisfacer, y pronto, las expectativas de sus simpatizantes: con entenderlas no alcanza.

Abogado cubanoamericano, presidente de World Wide Title Inc.

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