Institutos y algo más
Sorprendentemente, algunos exiliados de Miami (y no me refiero solo a los cubanos) que votaron por Mr. Trump están preocupados por el desdén de nuestra Casa Blanca hacia lo que algún columnista distraído llama “el Continente Latinoamericano”. Lo sorprendente sería que este presidente, el de los muros y los “Bad Hombres”, hiciera lo que ningún otro ha hecho en medio siglo: interesarse en Latinoamérica.
Ese tipo de preocupación es, en alguna medida, achacable a las expectativas absurdas que crean, entre otros, mis amigos las “Institutrices de la Democracia Interamericana”, una organización de “expertos” en Todología nacida hace cerca de una década en este Miami de los exilios, que tiene como misión proclamar y declamar repetidamente –hasta lograr el hartazgo y la náusea colectiva– una ideología dogmática que ellos llaman “liberal”, y que, más allá de la confusión que ese vocablo causa entre nosotros los estadounidenses, es tan conservadora en la actualidad como lo fueron en su momento las monarquías absolutas que representaban el status quo y que quedaron postradas ante el avance del ideario del liberalismo clásico original.
El “liberalismo” que declaman estos custodios de la democracia interamericana vive en concubinato con los fondos de inversión o buitres, con los desalojos de vivienda, con los despidos masivos (para crear más empleos...), con la minimización del salario mínimo (también, claro está, para que se creen más y, sobre todo, “mejores” empleos...), con el desbocado aumento de la desigualdad, todo esto bajo la bandera absurda y profundamente antiliberal de que no es posible desafiar la “racionalidad económica”, es decir, al status quo.
Así como juegan, sintiéndose dueños del diccionario, con la palabra “liberal”, estos caballeros juegan también con la palabra “interamericano” que define al Instituto del cual viven.
El Instituto dice ser “Interamericano” y “para la Democracia”, y tiene su sede en Miami. Pero ni se le ocurra a usted, amigo lector, sugerirle a estos caballeros discutir dentro de “su” Instituto sobre temas que hacen a la democracia en nuestra sociedad, en la de los Estados Unidos, ya sea el tema de la venta indiscriminada de armas de guerra, el de los mecanismos para reducir el “fraude” electoral (un eufemismo para reducir la participación de los más humildes en las elecciones), el de la influencia en elecciones locales (estatales, condales) y nacionales de cantidades prácticamente irrestrictas de dinero proveniente de gente (las corporaciones son “gente” entre nosotros) que no tienen nada que ver con los intereses de quienes votan en determinada localidad. La respuesta de estas “institutrices” dedicadas a defender la democracia en el “continente latinoamericano” ante ese tipo de inquietudes es que “Interamericano” no incluye a los Estados Unidos, cuya democracia no se discute, supongo que porque no tiene fallas.
Y es que estos “liberales” viven temerosos de las consecuencias de extender la libertad y la democracia que quieren para sí mismos a quienes no piensan como ellos. En su maniqueísmo infantil y simplificador, quien no cree en su credo “liberal-democrático” pasa a ser un comunista o socialista del siglo XXI, un fascista, un populista, un colectivista, o cualquier otra cosa que decidan ellos, los dueños del diccionario.
Ni siquiera cuando se topan con un fenómeno como el de Trump se animan a enfocarse en el malherido sistema político estadounidense, porque no es ahí donde está su negocio. Su negocio se centra siempre en defender lo que es, para mí al menos, indefendible: a los vaciadores de bancos, a los defensores de los militares responsables de la desaparición de millares de argentinos, al señor “padre de los falsos positivos”, siempre con una afinidad –pasividad al menos– incomprensible con el genocidio.
Y lo que digo lo digo con conocimiento, porque como dijo un tocayo mío hace tiempo, he vivido en las entrañas de ese monstruo que describo (vivencia que me ha de costar, lo sé, una buena temporadita en el Purgatorio).
Por suerte el talento de estos caballeros para el agit-prop es diminuto, pero no dejan de ser molestos como la guasasa, sobre todo para quienes queremos que sean los cubanos los que decidan el futuro de Cuba. Y es que estas “institutrices de la democracia interamericana” –o latinoamericana– usan a Cuba como un trapo rojo que les permite distraer a la gente, en su afán de limpiar los estragos que ha dejado el “ideario” que ellos defienden cada vez que ha sido implementado en sus países de origen (trátese de la Argentina, de Bolivia, del Ecuador o del país que sea), en algún caso por ellos mismos.
Entre esos tipos y yo hay algo personal…, más allá del afecto que conservo hacia algunos de ellos…
Abogado cubanoamericano, presidente de World Wide Title Inc.
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de mayo de 2017, 3:45 p. m. with the headline "Institutos y algo más."