La trama entrampada de Donald Trump
El martes 9 de mayo, Donald Trump despidió al director del FBI, James Comey. El miércoles 10, sus asesores explicaron a la prensa que el presidente lo había decidido, debido a un informe del Fiscal General Adjunto, Rod Rosenstein, que criticaba el manejo que Comey le había dado al caso de los emails de Hillary Clinton. Pero el presidente dio una entrevista a la NBC el jueves 11, en la que dijo que lo había despedido por su cuenta.
Por su cuenta, el presidente de los Estados Unidos había despedido al director de una de sus agencias de seguridad más importantes, que actualmente lleva a cabo una investigación en la que está envuelto el presidente. Es decir, a lo Nixon, el presidente Trump despidió al hombre que lo estaba investigando. Y sigue la trama rusa.
“Será mejor para Comey que no haya grabaciones de nuestras conversaciones antes de que empiece a filtrar a la prensa”, amenazó el presidente al ya ex director del FBI, a través de su cuenta de Twitter. ¿Qué significa ese mensaje? ¿Acaso manda el presidente a grabar sus conversaciones? ¿Qué tanto le asusta que Comey filtre a la prensa, para lanzar una amenaza de ese calibre en público?
Y me pregunto a qué conversaciones se refiere. Por lo que se sabe, Comey fue una vez a cenar a la Casa Blanca y en esa ocasión el presidente le preguntó si contaba con su fidelidad, a lo que el ex director le respondió con una amable negativa diciéndole que contaba con su honestidad. Según el mismo presidente Trump, no se sabe si en esa u otra conversación, le preguntó a Comey tres veces si estaba siendo investigado, y Comey le contestó las mismas tres veces que no.
Pero si está insólita actuación del presidente de los Estados Unidos no tiene precedentes, a mí más insólito me parece el actuar de los congresistas republicanos. Para ellos, la cosa no tiene gran importancia. El día que pasó y el día siguiente, dijeron que estaban un poco preocupados por su decisión, pero para la hora que escribo esta columna el viernes, ya solo contestan con evasivas. Si el Congreso de los Estados Unidos hubiese sido el de la mayoría republicana de hoy cuando el escándalo de Watergate, Nixon habría terminado feliz de la vida su mandato.
Pero en este caso sería peor, Nixon espió al otro partido para ganar la elección. Lo de ahora, de ser cierto, se trataría de que otro país, un adversario, posiblemente en colaboración con la campaña del actual presidente, habría intervenido en las elecciones de los Estados Unidos. Es decir, traición y espionaje al más alto nivel, en lo más sagrado de esta democracia.
La sola posibilidad de ese hecho, debiera merecer la atención directa de todos los elegidos en un cargo público, y todos los funcionarios del estado, para que se aclare lo más pronto posible.
Si no hay nada, si todo esto no es más que fake news, yo esperaría en lugar de un presidente despidiendo fiscales y directores de agencias de seguridad, trinando amenazas y amenazando a la prensa, la aseveración por parte de éste de que las agencias del estado y los comités del Congreso tienen toda su colaboración y la de su equipo, para aclarar lo más pronto posible el tema.
Y también esperaría de sus copartidarios en los comités encargados, que dedicaran sus esfuerzos a averiguar la verdad, y no que se la pasen intentando desviar la atención hacia los que filtran la información a la prensa.
Esto no es la democracia que ha sido hasta ahora el ejemplo del mundo.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de mayo de 2017, 4:51 p. m. with the headline "La trama entrampada de Donald Trump."