La bandeja rota
Mi amigo Carlos Augusto, que es venezolano, como yo, se acaba de graduar de una prestigiosa escuela de cocina.
Hace dos domingos hice una fiesta para varios amigos que “escapaban” por unos días del horror que se vive en Caracas en estos días de manifestaciones, represión gubernamental, carencia de alimentos, secuestros que se vuelven asesinatos y precariedad en la salud pública.
Mi amigo Carlos Augusto quiso ofrecer unos aperitivos y una maravillosa empanada para esa reunión de amigos y presentó sus platos en sendas bandejas, hermosísimas como igual de apetitosos y bien presentados se veían sus viandas.
¡Volaron!, no como pájaros sino fieles a un término muy caraqueño que denomina éxito. Las bandejas fueron debidamente limpiadas y recordé una costumbre de mi mamá: todas las bandejas que lleguen a tu casa, se retornan igual de llenas a sus propietarios.
Pero no soy tan buen cocinero como Carlos Augusto, se convirtió en un dilema encontrar un alimento que pudiera retornar. En el ínterin, las bandejas permanecieron, bien limpias, en la encimera de mi pequeña cocina miamense. Hasta que, de noche, decidí comerme algo y mis manos tropezaron con la esquina de una de las bandejas, no supe reaccionar a su desplazamiento y la bandeja se deslizó estrepitosamente al suelo, volviéndose pedazos.
Mi primera reacción fue ocultar el desastre a Carlos Augusto. Luego, pensé que podía recolectar las piezas y comprar una “super glue” e intentar reparar el daño. “Si se rompiera el David de Miguel Ángel, ¿tú crees que harían lo mismo?”, me planteó Rubén desde España. ¿Quién sabe? Los europeos reparan. En Estados Unidos lo que se rompe o se daña, se echa a la basura y se compra uno exacto. Fue lo que me sugirió, Laura, que vio in situ el horror vacui de la bandeja rota. “Compras otra, exactamente igual y no problema”, dijo como si fuera una norteamericana de pura cepa.
Fui a la tienda donde pertenecía la bandeja. Es un moderno almacén de decoración, con su propia línea de vajillas, cubertería, con esos absurdos precios que terminan en el limite sicológico de los 99 céntimos.
Pregunté por la bandeja. “Descontinuado”, fue la respuesta de Griselda, obviamente argentina pero expresándose en su inglés con acento de una baja, muy baja, Florida. ¿Por qué no revisamos en la web?, propuse, en plan millenial. Muy lentamente, como si estuviera bailando una milonga a 70 y tantas revoluciones, se desplazó hacia el ordenador, medio tecleó y giró la pantalla para que comprobara que lo disponible era la nueva colección.
Griselda sugirió, siempre en lo que ella creía que era inglés, que le preguntara al propietario en qué año adquirió la bandeja. No podía confesar que se me había partido. “Entonces, ¿por qué no la trajo y vemos el modelo?”. Porque no conduzco, debo ser la única persona que no lo hace en Miami y usted debería tener la sensibilidad de entender que las distancias en esta ciudad castigan y mucho. “No entiendo como a su edad no sabe conducir”, fue su respuesta.
Todo se volvió oscuro. Pensé que la bandeja rota era una metáfora, o quizás mensaje, de mi país, que también es el de Carlos Augusto, Venezuela, rota, hecha añicos por un gobierno que se aferra al poder gracias a los intereses de otros países y a unos militares corruptos y sin alma.
Lo vi todo tan mal, que bajé al Wallgreens de Alton y compré un envase de Super Glue. Pegué los pedazos rotos, me salpiqué todas las yemas y ahora tengo que escribir este artículo con la punta de la lengua.
Escritor y presentador venezolano.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de mayo de 2017, 5:21 p. m. with the headline "La bandeja rota."