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Opinión

El puente y los tigres malayos

La ciudad no para de crecer. Qué bien. Más edificios y más carros y más gente y más puentes; en vez de muros, como pide el papa Francisco. Un nuevo puente y muy hermoso se levantará en la ciudad según todos los diseños y las anticipaciones en la prensa. Lleva seis arcos gigantescos como los de McDonald que se elevarán a la cósmica altitud de los 330 pies por sobre el nivel de la ciudad y las calles donde duermen los desamparados. No ofensas. La culpa no la tiene el puente, ni sus diseñadores, ni sus empresarios ni sus ingenieros o sus constructores de que haya gente sin casa y miserable por debajo de él. Pero es imposible no mencionarlo. Hay una regulación en la ciudad que prohíbe el vagabundeo, es decir los homeless o desamparados, que es como se dice en español. Y a veces la policía los remueve de las partes más bellas y más pulcras de la localidad. Es normal. Ni la belleza en Miami, ni sus empresarios o políticos tienen la culpa de que exista un vagabundo y a la verdad, a la verdad, sin ser políticamente correcto y más bien burdo aunque también franco, lo que generalmente nos estropea el disfrutar de la belleza cada vez más eléctricamente azul de Miami son los vagabundos. Pero qué le vamos a hacer. Unos ganan y otros pierden, es la ley de la vida y nunca debe permitirse que la hermosura en la ciudad nos la eche a perder un indigente, porque al fin y al cabo él y su karma son los únicos responsables de su suerte.

Recuerdo cuando iban a levantar el American Airlines Arena allá por los noventa. Hubo una protesta porque se nos iba a quitar a los miamenses la vista sobre el mar y la bahía cuando pasáramos por Biscayne frente al Downtown. Nunca lo entendí muy bien. Porque nadie, absolutamente nadie, se ponía a mirar el mar cuando pasaba por allí. Si uno manejaba, siempre miraba hacia adelante, a ver si pillaba la luz verde y se orientaba en el galimatías del lugar ––el tránsito era más benevolente en aquella época–– y si caminaba, lo que miraba con mucho cuidado era si alguien se había llevado la luz roja o si por casualidad manejaba embelesado con el pompis de alguna ciudadana transeúnte. Cuando aquello, el departamento que edita esta columna y otras para su publicación no se asentaba como ahora en el Doral, sino por allí mismo, en la primera línea de fuego, la línea Maginot desde Biscayne a Brickell, donde ya desde entonces se libraban las batallas para la renovación de la ciudad. Era en One Herald Plaza, un contundente edificio de seis pisos donde los periodistas aprendíamos día a día el duro oficio de informar y al que el vertical exilio histórico cubano le llamaba el “Monstruo de la Bahía” porque decía que este diario era rosadito o lo que es lo mismo socialista. Así que si aquel maravilloso edificio donde aprendí a ser poco a poco periodista existiera todavía, este asombroso puente que costará cerca de los mil millones y embellecerá a la ciudad de Miami con sus seis arcos de McDonald, le pasaría justo por al lado. Qué lujo, desde las ventanas de nuestra redacción en el sexto piso. Pero no va a ser así. En el lugar, nivelado después de la demolición, proyecta levantarse un complejo de comercios, viviendas y casino propiedad del Genting Group, un consorcio malayo que tiene muchísimo dinero junto a Sentosa, otro gran consorcio asentado en su vecina Singapur donde se hizo famoso el tigre Sandokán. Los varios edificios que se van a fabricar se parecerán a unos globos plateados que están inflándose con helio pero sin dudas quedarán muy firmes y seguros a pesar de su forma irregular porque le van a costar a los malayos una millonada. El gran Miami, cada vez más hermoso, grande e internacional.

Pero, ¿y qué pensará el sin casa cuando pase por allí, deslumbrado entre los seis arcos al estilo de McDonald, a 330 pies de altura, iluminados con luces de colores y ante aquellos rascacielos en forma de globos inflándose, mientras la plateada superficie en sus contornos se anima con fosforescencias y el paso de los helicópteros? Que cuánta suerte tienen los que disfrutan allí, tan lejos de él, dentro de aquellos cielos. Y se sentirá muy pequeño y desgraciado. O quizá ni eso. El sopor.

Me juré que no iba a mencionar a Donald Trump en toda esta columna, y ya ven que lo he logrado.

Columnista y analista político de CNN en Español.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de mayo de 2017, 7:33 p. m. with the headline "El puente y los tigres malayos."

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