Todo comenzó en Budapest
He leído un reportaje fabuloso con novísima información, tan intrigante como esclarecedora, sobre la colusión de Trump y Putin para lograr lo que los dos querían, pero fallaron. Como un narrador de una gran novela de suspenso, su autor, el húngarocanadiense András Göllner, nos va mostrando la estrategia de campaña presidencial ideada por el fiel servidor de Vladimir Putin y gran amigo de Donald Trump, Arthur J. Finkelstein. Fue este el hombre elegido por Trump para la ejecución de los ataques contra Hillary Clinton. Trump lo conoció bien y lo había usado en ocasiones anteriores.
El reportaje de Göllner, titulado El puente de Budapest, publicado en Hungarian Free Press en tres partes durante abril de este año, establece que la estrategia para que ganara Trump las elecciones fue fraguada en Budapest. Dice el autor: “Fue durante la campaña presidencial de 2016, y por primera vez en la historia electoral de Estados Unidos, que una potencia extranjera hostil, ayudada y favorecida por uno de los candidatos, pudo intervenir decisivamente e influir significativamente en el resultado de las elecciones estadounidenses”.
La investigación ha descubierto donde se creó la conexión entre la campaña de Trump y los servicios secretos rusos. No pasó por la embajada rusa en Washington ni por Nueva York o Moscú, ni en las conversaciones entre el personal de la campaña de Trump y el embajador ruso. Pasó por Budapest, que es la sede europea de la FSB (Federal Security Services, antigua KGB) de Putin. Budapest fue el “puente” entre la campaña de Trump y los rusos.
Durante los últimos siete años el Primer Ministro de Hungría, Viktor Orbán, logró transformar su país de una democracia poscomunista a un tipo de dictadura autoritaria, que es lo que quiso Putin implantar aquí al intervenir en las elecciones. Hungría es el aliado solidario de Putin dentro de la alianza occidental y el primer y único líder occidental en respaldar públicamente a Trump como candidato. Pertenece a la OTAN y a la Unión Europea.
Budapest alberga a aproximadamente 1,000 miembros del servicio secreto ruso, la mayoría de ellos en posesión de pasaportes húngaros proporcionados por el Ministerio del Interior de Hungría. La fabricación de estos pasaportes falsos permite a los principales espías y operadores rusos trabajar y viajar sin restricciones dentro de la Unión Europea y venir a Estados Unidos sin visa. De aterrarse.
Es en Hungría que nos enteramos de los compromisos y negocios sucios con Rusia de los asesores de Donald Trump: Paul Manafort, Carter Page, Roger Stone, el ex congresista Connie Mack IV, J. D. Gordon, el brazo derecho de Jeff Sessions, Sebastian Gorka, etc.
La evidencia sobre el impacto de los hackers rusos en el resultado de las elecciones de 2016 es tan abrumadora que ciega.
Tuve una comprensión precisa y terrible de lo que por poco pasa en Estados Unidos si Vladimir Putin y su fiel seguidor, Orbán, logran implantar la “democracia iliberal” ya en funciones en Hungría. El término fue ideado por Fareed Zakaria, en su columna de The Washington Post American democracy has become illiberal. Dice Zakaria: “Lo que nos queda hoy es una sociedad abierta, meritocrática y competitiva, en la que todo el mundo es un empresario, de un congresista a un contador, siempre buscando una ventaja personal. Pero, ¿quién y qué quedan para nutrir y preservar el bien común, la vida cívica y la democracia liberal?”
Estas democracias iliberales pueden florecer en países poscomunistas. Creo que una explicación clara de por qué allá y no aquí han tenido éxito, la da Héctor E. Schamis en su artículo Democracia iliberal, autoritarismo por consenso. Trump altera la ecuación de derechos y obligaciones que define un Estado constitucional. (El País, 4 de febrero de 2017)
Dice Schamis: “Una vez concluidas las transiciones [de países comunistas a democracias] en los noventa comenzó a debatirse el problema de la declinación democrática por serias faltas en las áreas de derechos ciudadanos y separación de poderes. Es decir, eran democracias de baja calidad. El razonamiento fue que en países escasos en tradiciones constitucionales, son frágiles. De ahí que el Ejecutivo tienda a concentrar poder y abusar de su autoridad, ignorando a las otras ramas del Estado”.
Es lo que tenemos en Rusia en grado superlativo porque se obceca en ser imperio; en Hungría y lo que Putin está desesperado por establecer en los países bálticos, en Ucrania, Polonia, etc. Sobre todo Putin quiere minar la democracia occidental. Pero en los días vertiginosos que estamos viviendo, ya avizoramos que se estrellará, a pesar de los enormes recursos que utilizó para alcanzar su sueño autoritario. Y la razón es poderosa: en Estados Unidos el Departamento de Justicia acaba de nombrar a un investigador especial, Robert Mueller, para llegar a la verdad sobre la colusión Trump-Rusia. Mueller fue director del FBI y cuenta con unas credenciales intachables. Y por supuesto, siguen los comités de Inteligencia del Congreso, y demás agencias que no le restan atención al mayor peligro que ha atravesado esta nación en toda su historia.
Putin no contó con que por más partidistas que se hayan convertido, por más podridas que estén por la avaricia insaciable de los millonarios y la falta de valores éticos imperantes, aún las instituciones de EEUU cuentan con hombres y mujeres que aman la libertad, la Constitución, la democracia y la defenderán siempre.
Periodista cubana.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de mayo de 2017, 8:20 p. m. with the headline "Todo comenzó en Budapest."