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Opinión

La deuda del exilio cubano con Kennedy

Solamente se necesitaron siete palabras escasas para convertir mi odio desde la infancia contra John Fitzgerald Kennedy –de cuyo nacimiento se cumplen 100 años este 29 de mayo– en veneración e idolatría para el resto de mi vida.

Nacido casi doce años después de su asesinato, y criado como un niño republicano obsesionado con Ronald Reagan en una familia cubanoamericana, mis primeras impresiones del presidente Kennedy no tuvieron mucho que ver con las odas nostálgicas y lacrimosas a Camelot que compartían la mayoría de los estadounidenses. En lugar de eso, la frase que recuerdo que más se repetía en las grandes reuniones familiares cuando salía a relucir el nombre de JFK era despectiva y amarga: “¡Él nos traicionó!”

El desastre de la Bahía de Cochinos, por el cual Kennedy aceptó toda la responsabilidad, seguía siendo décadas después una herida abierta que, en la opinión de mi familia de exiliados, consolidó para siempre la dictadura de Fidel Castro en su patria perdida, y algo por lo cual ellos nunca perdonaron al joven presidente. Su rencor hacia el hombre pronto se volvió el mío propio.

El único entre mis parientes que no estaba de acuerdo era mi tío abuelo por parte de madre Gustavo Areces. Tío Gustavo, como yo le decía, era en realidad el defensor más acérrimo de JFK. Algo sorprendente, porque de toda la familia tío Gustavo fue la persona que más sufrió, sin lugar a dudas, a manos del régimen tiránico de Fidel, pues había pasado 13 años, de 1966 a 1979, como preso político torturado en las mazmorras de Castro.

¿Por qué era tío Gustavo, le pregunté un día en el otoño de 1988, el único que defendía al presidente estadounidense que dejó que Cuba se perdiera para siempre en manos de los Castro, y que el resto de mis familiares consideraban un traidor?

El recuerdo de su respuesta, asombrosa y precisa, me conmueve hasta el día de hoy.

“Vivimos aquí en libertad, gracias a él”.

Y me lo explicó.

A principios de 1961, tío Gustavo huyó de Cuba y acabó buscando refugio en el único lugar que sabía sería seguro: Estados Unidos. Siguiendo su ejemplo, el 26 de julio de 1962, mi madre, mi tía y mis abuelos abordaron el vuelo de 57 minutos de La Habana a Miami y de ese modo comenzó, sin que ellos lo supieran entonces, su exilio permanente en este país. Nunca volvieron a poner pie en suelo cubano.

Eso fue posible debido a una iniciativa conocida como el Programa de Refugiados Cubanos, una de las primeras medidas tomadas por JFK como presidente en enero de 1961, y de la cual mi padre y mi abuela paterna también fueron beneficiarios. El diluvio subsiguiente de refugiados cubanos hizo que el presidente Kennedy expandiera el programa y lo convirtiera en la Ley de Migración y Asistencia a Refugiados de 1962.

Y para aquellos que puedan burlarse y decir que Kennedy tomó la decisión más evidente al dar la bienvenida en Estados Unidos a los refugiados cubanos que huían de un punto geopolítico crítico de la Guerra Fría, debemos reconocer que no todos los presidentes estadounidenses han ofrecido la compasión y la oportunidad que mi familia recibió de Kennedy. Piensen en las cantidades incontables de sirios que han perecido o que languidecen en estos momentos en su nación diezmada por la guerra, sin poder escapar la cólera de Assad o de ISIS, o en las masas de refugiados centroamericanos que vienen huyendo de la violencia de las pandillas y buscando refugio en nuestras costas ante la política de puertas cerradas, de línea dura y “cero refugiados” del presidente actual.

Para mí, la conclusión histórica era ahora evidente, y el legado familiar innegable. El hombre directamente responsable de que mi familia encontrara refugio seguro y, con el tiempo, permanente como ciudadanos legales de Estados Unidos en esta nación extraordinaria de hombres y mujeres libres fue John F. Kennedy.

Este no era un hombre que debería ser vilipendiado, sino un hombre que debía ser venerado. Y un hombre al que se debería estar agradecido… profundamente agradecido.

En el centésimo aniversario de su nacimiento, la vida de Kennedy y los históricos mil días de su presidencia ofrecen muchas razones para conmemorar a mis compatriotas estadounidenses: su llamado inspirador a servir al país, su coraje en la defensa de los derechos civiles, su extraordinaria iniciativa de poner a un hombre en la Luna, y ese pequeño episodio durante el cual probablemente salvó a la raza humana del invierno nuclear al manejar magistralmente la Crisis Cubana de los Misiles.

Pero, para este estadounidense, no habrá necesidad de preguntarse qué hizo por mí el presidente Kennedy.

Lo que este hombre a quien nunca conocí hizo por mi familia y, por extensión, por mí, fue darnos un regalo y una deuda que nunca podremos pagar. Lo que hizo fue conceder a la familia Amandi Rodríguez el don de la libertad, y con esa libertad la oportunidad de escapar de la esclavitud política, como ciudadanos de este país que él tanto amó, y que gobernó con tanta habilidad.

Por lo tanto, con mis gracias y mi gratitud eternas, Feliz Centenario, JFK.

Director de Bendixen & Amandi International, firma de investigación de opinión pública, estrategia y comunicaciones de los medios de prensa radicada en Miami.

famandi@bendixenonline.com

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de mayo de 2017, 6:55 a. m. with the headline "La deuda del exilio cubano con Kennedy."

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