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Opinión

Trump se divorcia de Europa y flirtea con el autoritarismo

El presidente de EEUU, Donald Trump, se reúne en Italia con la canciller de Alemania, Angela Merkel, el 26 de mayo, durante la cumbre del G7. Trump criticó el superávit comercial de Alemania con EEUU.
El presidente de EEUU, Donald Trump, se reúne en Italia con la canciller de Alemania, Angela Merkel, el 26 de mayo, durante la cumbre del G7. Trump criticó el superávit comercial de Alemania con EEUU. AP

MADRID – No ha ocultado Donald Trump su afinidad por los déspotas y su menosprecio por las democracias europeas, durante la primera gira internacional. Encantado se le ha visto con la monarquía sátrapa de Arabia Saudita, que ha sabido masajearle el ego –y el bolsillo– con $110 billones en la compra de armamento militar. Sabían bien los señores feudales del islam suní que Trump sólo entiende el lenguaje del dinero y les vendería gozoso dinamita para el polvorín de Oriente Medio.

Todo fueron sonrisas, comilonas y hasta una danza entre espadas (por cierto, ¡qué mal baila Trump!… pobre Melania). Ni una palabra ofensiva, ni un perverso tuit salieron del presidente americano durante su estancia en el reino wahabita, sino todo lo contrario: dijo que “no iba a aleccionarles” sobre derechos humanos. Un pérfido silencio de complicidad con un régimen que no sólo priva a sus súbditos de los más elementales derechos sino que les tortura y, además, ha sido históricamente el mayor financiador de terrorismo (15 de los 19 terroristas del 9/11 eran saudíes). Pero sabían bien los señores feudales que el otro lenguaje que le gusta a Trump es el de la fuerza bruta. La amenaza, la intimidación.

Con esa altivez agresiva llegó Donald a suelo europeo. Y desde el primer momento dejó claro que venía a humillar. Como si quisiera provocar un divorcio con quienes han sido durante más de 70 años los aliados naturales de Estados Unidos y el gran contrapeso a las ínfulas bélico-expansionistas de Moscú. Como si quisiera fragmentar Occidente en favor de alianzas con sus amiguetes dictadores de Turquía, Arabia, Bahrain, Egipto, China, Filipinas… y con su admirado Putin, el gran beneficiado de este seísmico cambio de objetivos de la política internacional de la Casa Blanca. El Nuevo Orden Trumpista: divorciarse de Europa para casarse con dictadores. Desmontar el orden mundial de postguerra.

Desde 1945 el objetivo estratégico de la Unión Soviética, y posteriormente de Rusia, ha sido destruir el vínculo de EEUU principalmente con Alemania, como país-motor de la Unión Europea. Trump acaba de hacer realidad el sueño de Moscú. Confirmando así el otro precepto del Nuevo Orden Trumpista: el Eje Trump-Putin. Un eje de facto con objetivos alineados, el principal de ellos debilitar y/o desbaratar la Unión Europea; y crear como contrapeso una hermandad global de autoritarismos. Sin exigirles derechos humanos según ha admitido –increíblemente– el secretario de Estado Rex Tillerson “porque eso estorbaría a nuestros intereses”.

Trump ha usado las reuniones de la OTAN y el G-7 para notificar a los líderes europeos del divorcio. Con un comportamiento zafio y ordinario, indigno de la Oficina Oval, sermoneó a los otros 27 miembros de la OTAN reclamándoles más dinero, al tiempo que se negó a reafirmar el compromiso adquirido en 1949 –y ratificado por todos los presidentes de EEUU– de defenderles en caso de ser atacados. Esa es la razón de existir de la Alianza Militar Trasatlántica, instituida en su artículo 5º: el ataque a uno de los miembros es un ataque a todos.

Hoy día, al igual que en el pasado, los países europeos temen el ataque de una Rusia que ha dado numerosas muestras de que ésas son sus intenciones. El desdén de Trump hacia sus socios de la OTAN sólo contribuye a alentar al Kremlin.

A lo que no ha contribuido es a desalentar ni humillar a los líderes de la Unión Europea, sino todo lo opuesto. Las bravuconadas, retórica ignorante y tosca de Trump (apodado “Grosero en Jefe” por la prensa) les ha infundido nuevos bríos para unirse más y fortalecerse militar y económicamente. “Europa unida contra Trump” rezaban la semana pasada titulares de los periódicos más influyentes.

Es el mensaje unánime de los principales jefes y altos funcionarios de gobierno del continente, encabezados por la canciller germana Angela Merkel: “Por lo que he experimentado en estos últimos días, no podemos confiar en otros (refiriéndose indirecta, pero claramente a Trump). Los europeos debemos tomar el destino en nuestras manos”, afirmó después de que el mandatario, showman y magnate de real estate estadounidense se prodigara en insultos a Alemania, indignado por el superávit de su balanza comercial, es decir, por fabricar buenos productos: “Los alemanes son muy malos”.

Las palabras enfáticas de Merkel han dado la vuelta al planeta, aplaudida como la verdadera líder del mundo libre frente al hazmerreír que habita en la Casa Blanca. Y no es la única que le ha plantado cara. El nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha debutado con paso firme frente a Trump y a Putin.

Son momentos en que los vientos de la historia favorecen la reafirmación de Europa, con los populismos nacionalistas en bancarrota política y las economías revitalizadas. Únicamente faltaba un elemento unificador para potenciar el poderío del Viejo Continente y, voilà, apareció Trump.

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de mayo de 2017, 2:28 p. m. with the headline "Trump se divorcia de Europa y flirtea con el autoritarismo."

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