ROBERTO CASÍN: El último, que apague el robot
Se veía venir. Hace apenas cinco años decía yo en otro de estos vistazos que la revolución tecnológica que se nos avecinaba con el auge de la robótica no era solo cosa de que un aparato fuese capaz de freírnos un par de huevos o untarnos el pan de mantequilla, lo que me parece magnífico, sino que el asunto tenía mayores implicaciones. La cosa es como sigue: la opinión de muchos entendidos y de la gente que se ocupa de medirle el pulso a los adelantos es que en pocos años una buena parte de los actuales empleos serán ocupados por robots, lo que suena a anatema en un país en el que la fuerza laboral aún sigue en muletas después de la Gran Recesión.
Según un reciente estudio difundido por el Pew Research Center, ese es el futuro que nos depara el auge de la inteligencia artificial. La mitad de casi dos mil académicos y expertos consultados por la institución vislumbra un futuro en el que los robots arrebatarán sus trabajos a innumerables obreros y empleados administrativos. A muchos de ellos les preocupa que como resultado de ese desplazamiento crezcan las disparidades salariales, que por supuesto se dispare la desocupación, y que más allá de las ventajas económicas que traiga aparejadas se produzca un colapso de orden social. Si se generalizara el uso de vehículos con piloto automático, para poner un ejemplo, los afectados serían alrededor de cuatro millones de camioneros y taxistas que hay en el país.
El afamado Instituto de Tecnología de Massachusetts dio el puntillazo el año pasado con un estudio en el que afirmó que los trabajadores son más productivos y felices cuando tienen de jefe a un robot. Paradójicamente, dos impulsores de la digitalización, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, sostienen que a pesar de que los progresos en este campo han originado nuevos servicios y expanden la economía global, también tienen un “lado oscuro” porque van a dejar atrás “tal vez a mucha gente”. De hecho los robots se han abaratado tanto que ya están al alcance de muchas compañías. Casos recientes: la cadena de restaurantes Chili’s recién instaló 45 mil tablets que permiten a los clientes ordenar y pagar sin necesidad de que medien camareros; el fabricante alemán de automóviles Daimler ha puesto a prueba un camión que no necesita chofer; la red de ferreterías Lowe’s está haciendo lo mismo con un robot que es capaz de atender a los clientes, y el diario The New York Times informó que un hotel ya dispone de un botones automatizado que da servicio a los huéspedes en sus habitaciones.
Aunque pronto pueda ser una realidad que a la hora de dormir el último en irse a la cama en casa tenga que apagar el robot, Ray Kurzweil, inventor, futurista, director de ingeniería de Google, el visionario que predijo que una computadora derrotaría al campeón mundial de ajedrez en 1998 y anticipó la existencia de docenas de otros prodigios tecnológicos, cree que solo la mente humana será capaz de seguir transformando al mundo. Eso a pesar de que fue él quien vaticinó que para el 2029 los ordenadores serán capaces de hacer por sí solos todo lo que nosotros hacemos hoy, incluso mejor, y que para el 2045 serán mil millones de veces más poderosos que nuestras neuronas. Yo soy de los que creen que al menos la mano del hombre seguirá siendo necesaria. Pero hemos cometido tantas torpezas con nuestra inteligencia natural a lo largo de siglos que me imagino que nos irá mucho mejor el día que las máquinas piensen por nosotros. Excepción hecha, claro está, si es un robot al que ponen a escribir estas columnas.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de marzo de 2015, 2:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: El último, que apague el robot."