Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

Cambio climático

Hay veces en que recuerdo cuando no existía el cambio climático. En ese entonces, yo tendría casi quince años, estaba a punto de empezar la década de los ochenta y habitaba en Caracas. La mayor preocupación de esos años era si mi acento del este de la ciudad no me haría más proclive a burlas, que ya soportaba bastantes por mi amaneramiento casi innato. Leía libros sobre la contaminación, la basura, la superpoblación y pensaba que todo eso quedaba muy lejos de mi Caracas, su climatología dividida en dos temporadas: la de lluvia. Y la de sol.

No podía soportarlo. Quería, primero que nada, más climas porque estaba convencido que sería una persona más elegante si alcanzaba a vivir el invierno y también el otoño. La primavera me daba más o menos igual, ya avizoraba que iba a ser una temporada imprevista y alteradora. Y el otoño me parecía como de señora. Podría prescindir de esos dos tiempos que son más bien entretiempos. Poco a poco fui consiguiendo mi sueño de vivir en países desarrollados y con cambios de estación. Descubrí la nieve en Manhattan y luego, en un internado en Pennsylvania, adjunté a la fascinación por la nieve, el goce de besos muy prolongados en el frío. Fue mi primer amor, que no duró dos inviernos y se acabó bajo el espantoso calor del verano de 1984, con Reagan en toda su plenitud. Ahí fue la primera vez que escuché hablar del cambio climático, justo al mismo tiempo que descubría el desamor.

Quizás por esa razón estoy dentro del grupo de personas que cree en la existencia del cambio climático. Y que, con toda razón, lo asocian al final de algo, en mi caso a la de mi primera historia de amor, en la que por cierto él me dejó por mi mejor amiga. Sucede que todo esto viene a mi cabeza porque me ha tocado vivir el anuncio por parte de Donald Trump de la retirada de Estados Unidos del Pacto de París, que busca luchar contra el cambio climático, mientras visitaba Madrid para, de alguna manera, mantener la sostenibilidad de mi vida familiar. Y me ha asombrado cómo ha afectado a los españoles que Estados Unidos no esté en el grupo. Lo han sentido como si le hubieran pegado a sus madres. Se han llevado las manos a la cabeza, hablan, como el resto de los europeos, de que nuestro gran país quedará aislado. Y me he presentado en la Miami Fashion Week ayer mismo y a nadie parecía afectarle el tema.

Sí, es algo que observo con frecuencia en mis viajes fuera de Estados Unidos. Que lo que pasa aquí importa más fuera que aquí dentro. Una amiga me llama, desconsolada: “¡No te puedo creer! ¿No hablan del cambio climático en la Miami Fashion Week?”, me preguntó, haciendo muchos aspavientos, como si la vida se le escapara, consternada, agitada, casi violentada. No, le dije muy tranquilamente. Más bien estaban todos muy pendientes de los desfiles de hoy domingo que son los de Agatha Ruiz de La Prada y Ángel Sánchez. Mi amiga casi se queda sin aire. “Baja más el aire acondicionado”, me suplicó. “Me importa un pimiento si incremento el cambio climático”.

No le bajé el aire. Porque no quisiera que la sostenibilidad perdiera una fan. Hay que aceptar que, por ahora, vigilar el cambio climático es una cosa de los muy ricos. Como Trump, que es lo suficientemente rico para hacer que los pobres lo vean como un Mesías, capaz de modificarlo todo. Al menos en los U.S.A.

Escritor y presentador venezolano.

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de junio de 2017, 6:59 a. m. with the headline "Cambio climático."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA