Dominicanos
Cuando alguien mienta a República Dominicana, el pensamiento se nos llena de la luminosidad del Caribe, las hazañas de peloteros de grandes ligas o, desde luego, la presencia del Almirante de la Esperanza, Cristóbal Colón, en los tiempos precursores de la ciudad de Santo Domingo.
También de nombres con rango procero, verbigracia los precolombinos Caonabo y Anacaona; los frailes Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas; Máximo Gómez, Juan Pablo Duarte…
Y los protagonistas políticos del siglo XX, desde Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Francisco Caamaño Deñó y José Francisco Peña Gómez, hasta el ominoso dictador Rafael Leonidas Trujillo.
Pero en mi limitado entender, la figura más excelsa del gentilicio dominicano en la pasada centuria, fue el académico, filósofo, filólogo, analista social y crítico literario Pedro Henríquez Ureña.
De este perínclito humanista nos dejo dicho el genial argentino Jorge Luis Borges:
“En cuanto a mí, si tuviera que redactar el catálogo de mis bienhechores acaso moriría antes de concluirlo, pero sé que uno de los primeros nombres que acudirían a mi pluma sería el de Pedro Henríquez Ureña. Es de todos notorio que fue, esencialmente, un maestro…”.
Espantado de su solar nativo por el déspota Trujillo, Henríquez Ureña se vio obligado a derramar su lucidez por Nueva York, Ciudad de México, La Habana, París, Madrid, Santiago de Chile y sobre todo la prodigiosa Buenos Aires de su tiempo.
Sus escritos y magisterio deslumbrante lo colocan en el andén de otros grandes humanistas hispanos del siglo XX: Miguel de Unamuno de España, Alfonso Reyes de México, Germán Arciniegas de Colombia y Mariano Picón Salas de Venezuela.
Su inspiración era tan impactante y pedagógica, que el mismo Borges, quien se confesaba su discípulo, en una oportunidad comentó:
“Henríquez Ureña obligaba a quienes conversaban con él a ser inteligentes”.
Escritor, periodista y político venezolano.
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de junio de 2017, 7:35 a. m. with the headline "Dominicanos."