Trump y el Acuerdo de París
Hace dos semanas, el presidente Trump ordenó la salida de Estados Unidos del Acuerdo Climático de París. Estados Unidos nunca debió haber estado en el acuerdo y no está completamente claro si alguna vez estuvo. Pero el ex presidente Obama ansiaba incluir el tratado en su “legado” y lo firmó en una de sus últimas acciones como presidente.
El Acuerdo de París es un tratado excepto en el nombre. Los países europeos lo sometieron a sus protocolos respectivos pero Estados Unidos no lo hizo así. En nuestra constitución, un tratado no se convierte en ley hasta que el presidente lo ratifique. Ese proceso requiere que el presidente envíe el documento al Senado, obtenga aprobación de dos terceras partes del Senado y entonces ratifique el tratado. El Senado no ratifica tratados; el presidente es quien ratifica, pero solamente si el Senado ha consentido. Eso nunca sucedió con el acuerdo climático. El objetivo de la izquierda era imponer el tratado de París sin que los congresistas demócratas tuvieran responsabilidad. Eso es, exactamente, lo que la Constitución está diseñada para prevenir.
Permítanme los lectores una observación personal: yo creo en el peligro ambiental que corre el planeta. Y apoyo todo esfuerzo juicioso por mejorar las condiciones ambientales. Pero estoy frecuentemente en desacuerdo con los que han convertido este reto en una religión y juzgan a los que, de vez en cuando, opinan diferente como los musulmanes juzgan a los infieles.
Si se aceptan las interpretaciones alarmistas de cambio climático, el acuerdo de París tiene muy pocas posibilidades de producir los resultados anunciados, y podría no producir resultado alguno. Dos países que son responsables por gran parte de las emisiones de dióxido de carbono –China y la India, el mayor productor de dióxido de carbono y el cuarto productor respectivamente– han hecho compromisos muy modestos al acuerdo. Esto pone una mayor responsabilidad en las naciones de Norteamérica y Europa Occidental. China e India continuarán emitiendo más dióxido de carbono por lo menos hasta 2030, y ambos han escogido como su mayor contribución no una reducción de emisiones sino una reducción en “intensidad de carbono” – esto quiere decir “emisiones por unidad de su producto doméstico bruto”. Pero estas reducciones van a suceder de todas formas, que no necesitan de tratados, a causa de cambios económicos ordinarios como el crecimiento del sector de servicios relativo a la industria pesada, la reducción de vehículos anticuados de altas emisiones y el reemplazo de infraestructura anticuada.
Los países desarrollados ya son mucho más eficientes en el uso de energía. Si medimos las emisiones de dióxido de carbono relativo a la producción, Estados Unidos es dos veces más “verde” que China. Francia es cinco veces más “verde” que China, Noruega y Suecia seis veces. El costo total de reducir emisiones marginales será, necesariamente, más alto en Suiza que en Mongolia.
El acuerdo de París falla al no tomar en consideración esa realidad económica y esto puede resultar en más emisiones en lugar de menos. Por ejemplo, limitando el consumo de carbón en las plantas eléctricas de América del Norte no va, necesariamente, a reducir la cantidad de carbón que se consume en el mundo pero, con toda probabilidad, resultará en relocalizar el consumo de carbón de plantas “limpias” en Estados Unidos y Canadá reguladas por gobiernos democráticos a plantas “sucias” en China operadas por un gobierno no democrático. Estados Unidos ya es un exportador neto de carbón y China es el mayor importador de carbón del mundo. Los mercados globales de energía no son respetuosos de los idealismos y los líderes en Pekín y Nueva Delhi ( y en otras capitales) no puede esperarse que adopten medidas de gobierno que afectan negativamente el nivel de vida de sus ciudadanos por el solo propósito de satisfacer imperativos morales de las élites de Occidente.
El cambio climático presenta riesgos genuinos para todos los países y hay, por supuesto, espacio para acciones internacionales en enfrentar esos riesgos. Pero el Acuerdo de París compromete a Estados Unidos a un programa de alto costo y bajo retorno que no asegura ni nuestro interés nacional ni nuestro interés ambiental global.
Es parte del “legado” de la administración Obama que pone sentimiento sobre sustancia. Y los Estados Unidos están mejor sin ese legado.
AGonzalez03@live.com
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de junio de 2017, 5:06 p. m. with the headline "Trump y el Acuerdo de París."