De la Edad de la Razón a la Edad del desengaño
La tan glorificada Edad de la Razón, nacida en el llamado Siglo de las Luces que inspiró el ideal del estado de derecho y las libertades individuales, también generó la Revolución Industrial con la consecuente explotación despiadada –sobre todo en Inglaterra– de millones de hombres, mujeres y niños con jornadas de 12 y hasta 16 horas diarias por míseros jornales. Y en Estados Unidos, la República inspirada en esos ideales, negaba el derecho al voto no sólo de las mujeres y los negros libres –de los esclavos ni hablar–, sino además, de los analfabetos y de quienes no tenían propiedades, por lo que la naciente democracia representativa y los tan cacareados derechos individuales eran solo privilegios exclusivos de una minoría muy reducida.
El sufragio universal –esto es, el voto de la “chusma”– solo fue aceptado cuando fueron creados aparatos de control del voto popular, o sea, los partidos políticos tal y como los conocemos hoy, nacidos a casi cuarenta años de República bajo la presidencia de John Quincy Adams. Y el llamado “estado de derecho” sólo funcionó muy bien para los poderosos, pues en la práctica lo que funcionó siempre con bastante eficacia, fue el estado de las cuentas bancarias a través de la compra de candidatos mediante jugosas contribuciones de campaña, de cabilderos en los parlamentos a favor de los grandes intereses, y mediante el pago de buenos abogados en los tribunales. Y quien lo dude, que visite los penales y vea una inmensa mayoría de reos negros, hispanos o blancos muy pobres. En casos muy excepcionales los ladrones de cuello blanco van a las cárceles, pues el dicho too big to fail (demasiado grande para quebrar), por lo cual muchos grandes banqueros fueron salvados de la ruina en 2008 con los millones impresos por la Reserva Federal, en la práctica también se convierte en too big to trial (demasiado grande para ser enjuiciado).
Pero la célebre frase de Lincoln “nadie puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”, se hace hoy más real que nunca. La defraudación de la población con el sistema ha sido la causa de que en casi todas partes predomine el abstencionismo y más recientemente, le dé la espalda a los partidos tradicionales para votar por diferentes outsiders, esto es, candidados ajenos al sistema con ideas, aunque no siempre certeras, de reformar, tanto en los Estados Unidos como en Europa, el orden presente. El hecho de que un Donald Trump, al que muchos calificaban de “payaso”, ganara las últimas elecciones presidenciales pese a todos los pronósticos, ¿no es acaso prueba del desencanto del electorado? Incluso, que no ganara el voto popular no significa que mayor número apoye al sistema, sino que muchos decidieron elegir, entre dos males, el menor, ya que el remedio era peor que la enfermedad.
Desde luego que no se puede culpar a Adam Smith ni a John Locke de estas desviaciones posteriores de sus ideas liberales, considerados hoy como dos de los principales artífices de esa “Edad de la Razón” –aunque paradójicamente, Locke confiaba, más que en la razón, en los sentidos–, algo muy semejante a lo ocurrido con los teóricos socialistas del siglo XIX. Carlos Marx, que tomó de Smith la teoría del valor para elaborar su teoría de la plusvalía y demostrar cómo los patrones explotaban a sus obreros, nunca concibió un Estado totalitario como salida a los males del capitalismo, sino todo lo contrario, pues suponía que tras las revoluciones socialistas, los Estados irían extinguiéndose poco a poco en la medida en que los ciudadanos se autoorganizaran para desempeñar muchas de sus tareas. Bakunin, mucho menos, pues era partidario de la abolición de todos los Estados. De modo que las figuras más descollantes de la izquierda del siglo XIX nada tuvieron que ver con los experimentos totalitarios del XX, de supuestos socialistas como Hitler, Mussolini y Stalin, sobre todo el centralismo monopolista de Estado de este último, donde los obreros fueron convertidos en piezas productivas de la maquinaria estatal bajo un régimen de terror, sistema que sería luego trasplantado a otras latitudes.
Ambos modelos, la democracia formal de los llamados países “libres” y el socialismo formal de los supuestos liberadores del proletariado, se han quedado solo en eso: en la formalidad. Más allá de esas formas, se halla la cruda realidad de la ya decadente sociedad industrial.
Escritor e historiador.
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Esta historia fue publicada originalmente el 15 de junio de 2017, 2:29 p. m. with the headline "De la Edad de la Razón a la Edad del desengaño."