Opinión

La soledad del rey Donald

La canciller de Alemania, Angela Merkel, recibe al presidente de EEUU, Donald Trump, en Hamburgo, el 6 de julio, en vísperas de la cumbre del G20.
La canciller de Alemania, Angela Merkel, recibe al presidente de EEUU, Donald Trump, en Hamburgo, el 6 de julio, en vísperas de la cumbre del G20. Getty Images

MADRID – Si estos fueran tiempos normales, la prioridad de quien gobierna en Estados Unidos sería afianzar la hegemonía en el mundo. Si estos aún fueran tiempos de gloria, el presidente americano se habría preparado para dominar el primer cara a cara –hoy– con el gran adversario ruso; y para capitanear la reunión del G20 en Alemania este fin de semana. Pero ni lo uno ni lo otro. Donald Trump improvisará sobre la marcha, dicen sus asesores. Con esa levedad del intelecto ha llegado a una Europa en la que los líderes del planeta le reciben como a un paria enajenado y atrabiliario.

Nada hay normal en estos tiempos, lo único ordinario es el presidente Trump (ordinario en el sentido zafio de la palabra). El resto del mundo ve, oye y se ríe de sus groserías, sus inseguridades, su ignorancia y bravuconería, su indignidad. Y le desprecia. De poco sirven fuera de las fronteras de EEUU los aplausos de su comparsa de eunucos ideológicos, divorciados de su conciencia y dispuestos a alentar sus tropelías aunque les cueste el mañana. Ellos, al igual que todo el planeta, conocen bien la locura del rey Donald, pero la callan con deshonrosa complicidad.

Las secuelas de esta anomalía histórica que es la presidencia de Trump asoman sin tapujos en el escenario internacional, con los desaires y desdén que le propinan las potencias competidoras. Como aperitivo del G20, Alemania y China indicaron de antemano que van a tomar el mando del liderazgo global, aprovechando la retirada unilateral y miope de Trump. Aprovechando la caída en picado de la imagen del presidente de EEUU, de 64% en los últimos meses de Obama a sólo un 22% que confía en que Trump puede hacer algo positivo para el mundo, según el recién divulgado sondeo anual del Pew Center en 37 países.

Alemania como motor económico de Europa y China como motor de Asia han pactado una alianza estratégica para arrinconar a la América de la era Trump. Y al mismo tiempo la Unión Europea, con Merkel y Macron al timón, ha anunciado en el marco del G20 un amplio tratado comercial con Japón. Un golpe al proteccionismo y otro clavo en el aislamiento a EEUU.

Es la forma de irle diciendo a Trump “no querías caldo, pues toma tres tazas”. Porque la globalización sigue su curso, con independencia de la retórica trumpista. Como puntualizó Merkel hace días en el Bundestag de Berlín, en clara alusión a Trump: “Si alguien cree que con proteccionismo y aislamiento se van a arreglar los problemas del mundo es que está delirante”.

Que Merkel usara el vocablo “delirante” no es casual, constata la innegable realidad: Trump exhibe serios y preocupantes problemas de personalidad. Las críticas a su conducta no son cuestión de ideología sino de sicología. Y no anda el mundo como para desvaríos neuronales. Sino para lo opuesto, calcular cada palabra, cada acción, cada gesto. Trump y su tuiteo abren en cambio una ventana a su incontinencia y debilidad emocional. Y le convierten en presa fácil de cuanto depredador merodea por el universo político. Por ejemplo el perturbado norcoreano, Kim Jong-Un, lanzando misiles balísticos intercontinentales como regalo del 4 de Julio.

O el regalo electoral de Vladimir Putin, esperando una contrapartida de Trump más allá de los elogios. El encuentro de hoy entre ambos será el plato fuerte del weekend presidencial en Europa. Se medirán por primera vez. De un lado el metódico maestro de la manipulación, espía consumado y perverso, frente al novicio en política, de impulsos desenfrenados y escasa preparación. Un terreno minado que los asesores de Trump han desactivado eliminando la posibilidad de dejarles a solas. Para que no pase como cuando Putin llevó a su perro labrador a la primera reunión con Merkel sabiendo que a ella le dan pánico los canes. En el caso de Trump la trampa putinesca estribaría más bien en masajearle el ego hasta hacerle sucumbir.

Esperemos que no ocurra y que sea Trump quien ponga al zar contra las cuerdas. Debe dejar claro que la intromisión rusa en las elecciones es intolerable; que no habrá levantamiento de sanciones mientras siga desestabilizando Ucrania; que en Siria deben evitar un choque directo, unir fuerzas contra ISIS, frenar la injerencia de Irán y forzar a Assad a abandonar el poder. Tampoco debe comprometerse a hacer concesiones, como devolver los dos recintos que Rusia usó en EEUU para espiar, clausurados por Obama. Ni mucho menos debatir la esfera de influencia de la OTAN, terreno al que Putin quisiera arrastrarle.

Esa sería la agenda ideal. Otra cosa es la real. Que dependerá del estado de ánimo del presidente, de lo kafkiano que se levante, de lo que le pese el ancla al cuello de la investigación sobre posible colusión de su campaña con Moscú. Dependerá de si sus asesores y familia han logrado requisarle el celular y el twitter durante la estancia en Europa. Y de lo aislado que se sienta en las reuniones con los líderes del G20, como le ocurrió en esas patéticas imágenes de su infame primera visita a Europa en mayo, yendo sólo en un carrito de golf mientras los demás caminaban juntos animadamente. Crucemos los dedos.

Periodista y analista internacional.

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