Opinión

Donde dije digo…

Mete miedo la mala memoria pública. Hace apenas un año, estábamos en guerra no declarada contra el gobierno sirio. El presidente Assad era el villano de la película y sus adversarios, los rebeldes –sin mayores distingos–, los héroes. Pocos recuerdan hoy el impetuoso anuncio hecho esos días por Obama, cuando declaró que todo estaba ya dispuesto para lanzar una operación militar contra Damasco. ¿Improvisó? Probablemente. Para los insurgentes hubiese sido un regalo de Alá. Pero tras las objeciones de Rusia y la reticencia de voces sensatas en el Congreso los misiles no fueron disparados, en un lance más atribuible a la cautela que a la sagacidad. Porque nadie alzó entonces su voz en Washington para concluir que en Siria el enemigo mayor no era la autocracia alauita sino los terroristas islámicos.

La Casa Blanca no mostró ninguna clarividencia cuando en junio pasado los mismos adversarios, los combatientes del Estado Islámico (EI), ocuparon la segunda ciudad en importancia en la vecina Irak, Mosul, y Estados Unidos decidió no intervenir. La consideración fue que los yihadistas no eran una amenaza global, que el conflicto sectario era de escala menor, léase un asunto regional. Nada que nos concerniese. Sin embargo, dos meses más tarde, donde dije digo, digo Diego. Resulta que ahora constituyen el peligro más grande que EEUU ha enfrentado en años, y según el jefe del Pentágono, el señor Hagel, los soldados del EI están “más allá de cualquier cosa que hemos visto”. Tampoco esta vez, ninguno de los que tienen la responsabilidad en Washington de husmear el horizonte lo vio venir.

Si alguien tenía dudas sobre la capacidad del Presidente para mantenernos seguros, espero que los acontecimientos de las últimas semanas se las hayan aclarado. Desde hace más de una década, los yihadistas buscan incendiar y borrar del mapa todo lo que puedan de Occidente para fundar un califato. Obama, en cambio, dejó al mundo de una pieza cuando confesó que aún no contaba con una estrategia para guerrear contra tales salvajes. Más tarde aclaró que su objetivo era destruirlos. La brutalidad medieval con que los islamistas decapitaron a los periodistas estadounidenses James Foley y Steven Sotloff ha dejado poco margen a la Casa Blanca para la blandenguería. Consumado el primer asesinato, el Presidente solo puso unos minutos de pausa a sus vacaciones en el paradisíaco retiro de Martha’s Vineyard y antes de irse a jugar golf leyó una declaración en la que aseguró que “se hará justicia”. Luego del segundo, fue un poco más enfático: “no nos dejaremos intimidar”.

El gobierno informó a la prensa que a principios de julio tropas especiales habían intentado rescatar a los secuestrados. La Casa Blanca desmintió a un alto funcionario del Pentágono que dijo al periódico londinense The Sunday Times que los “titubeos” del Presidente ocasionaron el fracaso de la operación. De cualquier manera, los contados bombardeos llevados a cabo por EEUU contra reductos de los islamistas no parecen haberles hecho mucha mella. Los fulanos están dotados de armamento estadounidense de primera línea: blindados, potentes cañones howitzers, misiles Stinger tierra-aire, y ametralladoras M60, entre otros, abandonados precipitadamente en Mosul y otras ciudades en la estampida de soldados iraquíes, nuestros inefables aliados. Se cree que el adversario dispone de unos 17 mil combatientes y de acceso a fondos, al menos, de unos US$2,000 millones.

Las truculentas masacres cometidas por los islamistas, según Naciones Unidas, equivalen a crímenes contra la humanidad. Hasta el Vaticano, que por tradición no lo hace, se pronunció a favor de una firme acción militar contra los yihadistas. Expertos alertaron que el Estado Islámico lleva meses tratando de engrosar sus arsenales con armas de destrucción masiva. Lo confirma el reciente hallazgo en Siria de una computadora del grupo con datos sobre la fabricación de agentes biológicos y atentados a gran escala. En el mismo ordenador figura la fetua de un muftí (autoridad jurídica dentro del Islam), que dice: “Si los musulmanes no pueden detener a los kafir (infieles), está permitido emplear armas de destrucción masiva, aunque los maten a todos y borren a sus descendientes de la faz de la Tierra”. El Presidente llegó demasiado verde a la Casa Blanca, lleva cinco años y medio en la inopia, y nos tiene a todos pagando la novatada. ¿Qué más?

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