Opinión

De Brasil

Marina Silva, candidata presidencial del Partido Socialista de Brasil, hace campaña en la favela Rocinha de Río de Janeiro, el pasado 30 de agosto. Las elecciones en Brasil son el 5 de octubre.
Marina Silva, candidata presidencial del Partido Socialista de Brasil, hace campaña en la favela Rocinha de Río de Janeiro, el pasado 30 de agosto. Las elecciones en Brasil son el 5 de octubre. AP

No haré por el momento comentarios sobre el tímido enroque provocado por el presidente Maduro y su ninguna medida para afrontar el naufragio de Venezuela. El hombre había insinuado políticas que no pudo o no se atrevió a honrar. El enmascarado que lo espera oculto en una esquina habrá sonreído: posponer es agravar y es ya masivo el rechazo que lo acusa. Rafael Ramírez, zar económico, había levantado ciertas expectativas en tenedores de moneda dura, pero su suave remoción derrumbó más el valor de la deuda.

Maduro está de manos atadas. La lucha interna no le permite moverse, pero como en política no abundan los suicidios, no descartemos algún próximo paso en cualquier dirección. Dejaré correr un par de semanas para analizar detenidamente el delicado estado de la atormentada Venezuela y del acorralado presidente.

En su novela El imperio eres tú (ganadora del premio Planeta 2011), el escritor madrileño Javier Moro nos habla de un líder que fundó Brasil ahorrándole la lamentable fragmentación sufrida por Hispanoamérica. Es la saga de Pedro y de un vasto territorio cuyo nombre viene de la madera “pau de Brasil” usada por los indígenas para adornarse en forma deslumbrante. No se asombren de Carmen Miranda o del loro José Carioca.

Bolívar, San Martín, Martí, Rodó, soñaron una América unida. Ese sueño solo pudo ser concretado por Pedro I de Braganza y Borbón en Brasil. El flamante libertador le dio a Brasil una Constitución, no bajo forma republicana sino imperial. Un imperio constitucional de inspiración liberal.

Por eso Brasil es un gran país de vocación imperial, y sin embargo con el parlamento más autónomo y soberano del subhemisferio.

Para deshacer esta monarquía sui generis, una logia militar derrocará en 1889 a Pedro II, masón, hijo y sucesor del libertador. Asumiéndose republicanos, estos militares eran autocráticos y es bajo ese signo que reimpulsaron el destino imperial de Brasil, y con él su celebrado pragmatismo diplomático. Influir sobre América del Sur estaba en el orden natural de las cosas. Y también sobre Africa y de allí en más hasta donde alcance el pabilo.

En 1938, con vocación fascista, Getulio Vargas diseñó el Estado Novo, corporativo, centralizado, represivo y populista como pocos. Se propuso determinar la suerte del subcontinente, manteniendo a raya a demócratas, liberales y comunistas, mientras le opusieron resistencia.

Encarceló al líder comunista Luis Carlos Prestes, el llamado Caballero de la Esperanza, entregó a la Gestapo nazi a la embarazada esposa de Prestes, y no obstante el Partido Comunista lo respaldará en su intento de retornar al poder en 1951, postulado esta vez por el Partido de los Trabajadores. Pragmatismo casi inhumano, como puede verse, trátese de Prestes, de Vargas o del Partido del futuro de Lula.

Brasil es un gran reservorio democrático y productivo de América, que pudo superar el horror del militarismo y entrar en la senda del desarrollo aperturista bajo la conducción de Fernando Henrique Cardoso, ruta seguida con buen sentido por Lula da Silva: se garantizó así dos períodos presidenciales y uno a su sucesora Dilma Vania Rousseff.

La geopolítica brasileña le da a ese país buenos títulos para marcar el paso de la América hispano-lusa. Lo dijo Richard Nixon: “adonde vaya Brasil, irá Latinoamérica”. No lo creo, pero tampoco puede descartarse. Ninguno de sus presidentes recientes se sentirá cómodo admitiendo derechamente lo del “imperio brasileño”. Pero Getulio Vargas no tuvo empacho en reconocerlo. El agudo historiador de nuestra Universidad de Los Andes, J P Espinoza Aguaida, exhuma en su obra Brasil, Vargas y la Proyección Continental, una declaración emitida por Vargas en 1938, que retrata el problema:

“El imperialismo de Brasil –dijo Getulio– consiste en ampliar sus fronteras económicas e integrar un sistema coherente… La expansión económica traerá el equilibrio deseado”.

En el 2014, año electoral, el crecimiento brasileño se ha ralentizado, la inflación crece (por supuesto, infinitamente menos que en Argentina y sobre todo, en Venezuela) y el cansancio y malestar amenazan la permanencia de Dilma en el poder.

No es que Marina sea más pragmática que Dilma, pero en política las realidades se imponen sobre las personalidades. Y hay una declaración clave de Aécio Neves, el abanderado de la socialdemocracia de Cardoso, colocado por las encuestas en tercer lugar a mínima distancia de Marina. Ha dicho este importante personaje que si Marina es la que va a la segunda vuelta, él le arrimará sus votos. Agruparse con la socialdemocracia no es lo mismo que hacerlo con una corriente pespunteada de alguna retórica y simpatía hacia el chavo-madurismo, así sea básicamente retórica.

Dilma-Marina-Aécio. Felicitémonos de que no haya militares prusianos en competencia. Ni civiles militaristas a lo Getulio Vargas o a los militar-militaristas que oprimieron brutalmente la gran nación fundada por Pedro I.

Probablemente Brasil terminará siendo una gran potencia de vocación expansiva. Eso podría ser un destino avasallante solo contrabalanceado por la promisora Alianza del Pacífico. En cualquier caso es inmensamente mejor que la gran nación encerrada entre las cuencas del Amazonas y el Plata se mantenga en el esquema democrático y que adicionalmente condicione su histórico pragmatismo a las exigencias internacionales de la esfera de los derechos humanos y la tolerancia mínima o cero hacia los ensayos autocráticos disfrazados de socialismo.

Causas esas verdaderamente notables en este mundo amenazado por el terrorismo fundamentalista que quiere devolvernos a las ominosas guerras religiosas, a las decapitaciones, torturas y conversiones bajo amenaza de muerte.

Por todo eso, la suerte de Brasil toca muy pero muy de cerca a Latinoamérica. Por todo eso, el resultado de las elecciones nos concierne directamente.

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