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Opinión

Una lección de historia y de política

El presidente Donald Trump y su homólogo francés Emmanuel Macron.
El presidente Donald Trump y su homólogo francés Emmanuel Macron. Getty Images

Con la participación de tropas estadounidenses en el desfile del Día de la Bastilla y la presencia del presidente Donald Trump en la tribuna de honor junto al presidente de Francia, se ha querido resaltar el centenario de la entrada de Estados Unidos en la I Guerra Mundial que decidiría la victoria a favor de los aliados poco más de un año después.

Francia y Estados Unidos ratificaban con esa alianza en 1917 una amistad que se remontaba al nacimiento mismo de la república norteamericana cuando todavía reinaba Luis XVI, a quien algunos hasta llegaron a llamar el verdadero libertador de América. Por odio a Inglaterra –que unos años antes les había arrebatado vastos territorios coloniales– los franceses hicieron suya la causa de la independencia americana, contribuyendo con cuantiosos recursos; pero sería injusto no reconocer que los animaba también el espíritu de la Ilustración, que había prosperado a lo largo del último siglo –justamente llamado de Las Luces– y que inducía a ver en el experimento político que se gestaba al otro lado del Atlántico la concreción de un nuevo orden que parecía dispuesto a llevar a la práctica las recetas de pensadores y filósofos. Así nació Estados Unidos, como el infante prohijado por la “modernidad” europea que luego intentaría replicarse, con poco o ningún éxito, en otros muchos escenarios, incluida Francia misma: la independencia de las Trece Colonias habría de mutar pocos años después en la sangrienta revolución francesa.

La amistad se mantuvo, a pesar de ese cataclismo. Aristócratas que escapaban del terror revolucionario encontraron asilo en la recién estrenada democracia americana, como años más tarde lo encontrarían los fugitivos del bonapartismo y, no mucho después, los bonapartistas mismos tras el derrocamiento de Napoleón (entre ellos miembros de su propia familia). En la oscilante historia del siglo XIX, Francia y EEUU conservaron y acendraron una amistad que se arraigaba en el sueño de la razón, sueño que sólo parecía haberse hecho realidad en Norteamérica.

Cuando, hace cien años, Estados Unidos acudió al fin en defensa de la causa aliada –luego de tres años de carnicería y venciendo la renuencia de los políticos que favorecían la neutralidad y el aislacionismo–, lo hacía poniendo por delante los méritos de la democracia (frente a la despótica rapacidad de los imperios centrales) y los lazos naturales que le unían fundamentalmente a dos viejas naciones: de sangre con la Gran Bretaña (superado el trauma de la última guerra un siglo atrás) y espirituales con Francia. El presidente Wilson, que pasaría largo tiempo en Europa después del armisticio, tuvo la visión de entender que Estados Unidos no sólo no podía eludir el reto que le planteaba la I Guerra Mundial, sino que estaba llamado a desempeñar en ella, y en la posguerra, un decisivo protagonismo, que habría de acentuarse en la segunda contienda global y luego en los largos años de la guerra fría.

Bueno es que el presidente Trump haya estado este 14 de julio en París, presenciando el desfile conmemorativo que viene a afirmar la pertinencia de esta relación bilateral así como la ineludible contribución de Estados Unidos a la estabilidad del orden mundial, al tiempo que sirve para darle un mentís a su propio discurso plagado de truísmos proteccionistas que pretenden sustraer a este país de los deberes a que lo obliga su liderazgo mundial y, ciertamente, su decisivo arbitraje imperial. Con esta amable invitación y acogida, el presidente de Francia le ha dado a su homólogo estadounidense una lección de historia y de política. Confiemos en que la haya aprendido.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de julio de 2017, 2:38 p. m. with the headline "Una lección de historia y de política."

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