Opinión

El papel aplazado de Rusia

La más lamentable de todas las bajas o pérdidas del actual conflicto en Ucrania –entre los separatistas apoyados y armados por Rusia y el gobierno ucraniano– es el clima de cooperación y buena voluntad que había prevalecido a lo largo de dos décadas entre la nueva Rusia, surgida de las ruinas de la URSS, y las democracias occidentales, y que ahora se ha visto reemplazado por la desconfianza y la crispación de ambas partes, como si la guerra fría se hubiera reinstalado de pronto.

Más allá de los tratados para reducción de armas nucleares, que desde los tiempos soviéticos constituyeron un hito en el acercamiento de las dos superpotencias; los tratados de cooperación mutua y las transacciones comerciales entre Rusia y Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental, durante estos últimos veinte años, son incontables. Ahora mismo, todavía en medio de esta crisis –provocada por la reciente anexión de Crimea y acrecentada por la injerencia de los rusos en suelo ucraniano– norteamericanos y rusos siguen compartiendo la estación orbital internacional y en Francia daba los últimos toques a dos barcos de guerra para la Armada rusa. No hace tanto, las tropas de la OTAN desplegadas en Afganistán encontraron un corredor seguro a través de Rusia que, con su asiento en la cumbre de los 8, era aceptada –no obstante los rasgos autoritarios del gobierno de Putin– como una de las grandes democracias.

Este amistoso deshielo –que sucedió al colapso de la Unión Soviética y que trajo tantas esperanzas de que Europa fuera en verdad una sólida entidad cultural, heredera de una misma civilización– se ha puesto gravemente en entredicho por la paranoia y el enfermizo nacionalismo ruso que el gobierno de Putin no cesa de explotar y la desconfianza que genera en Occidente. El conflicto que ha ensangrentado a Ucrania y que amenaza su integridad es el resultado del recelo de Putin de que la OTAN se plante en sus fronteras y lo único que ha conseguido su actitud es precisamente lo que más teme: la Alianza Atlántica, reunida esta semana en Gales, acaba de aprobar la creación de una fuerza internacional móvil para defender de una posible agresión rusa a naciones que alguna vez estuvieron bajo su esfera de influencia. El presidente de Ucrania, que asiste como invitado a esta reunión, ha dicho, en abierto desafío a la posición del Kremlin, que Ucrania no tardará en ser parte también de la OTAN.

Aunque, en el momento de escribir esta columna, se ha alcanzado un armisticio entre el gobierno ucraniano y los separatistas –que ojalá prospere–, las buenas relaciones de muchos años se han estropeado, en la medida en que la presencia militar rusa en Ucrania se hace más ostensible y Estados Unidos y la Unión Europea responden con la imposición de nuevas sanciones que ya afectan a la empresa privada y enturbian cualquier distensión: un círculo vicioso que puede haber arruinado irreparablemente incontables gestiones de buena voluntad y que puede tomar un giro más dramático, no obstante la relativa calma del momento.

En días pasados, el presidente Putin comparaba la crisis de Ucrania con el comienzo de la segunda guerra mundial, y la comparación es válida, sólo que él identificaba al gobierno de Ucrania y sus aliados occidentales como los agresores –un argumento que el decrépito Dr. Castro repitió en su más reciente comentario– cuando en verdad la anexión de Crimea y el respaldo ruso a los secesionistas ucranianos encuentra un obvio antecedente en el expansionismo nazi que provocó el último gran conflicto.

De momento, Rusia ha sido expulsada de la cumbre de los ocho –que ha vuelto a ser de siete–, Francia le ha retenido sus barcos de guerra y los observadores rusos ya no están presentes en las reuniones ni en los ejercicios militares de la OTAN. Por su parte, los rusos han respondido con medidas de represalia, algunas tan ridículas como el cierre de restaurantes McDonald’s en Moscú. Todavía las tensiones pueden escalar a guerra abierta, al menos en la frontera rusa-ucraniana, sin que las armas nucleares sirvan para evitarlo: todos sabemos que nadie puede usarlas y sobrevivir, por lo tanto es casi como si no existieran.

En presencia de otras grandes amenazas que enfrenta el mundo –el brutal extremismo islámico y las ambiciones imperiales de China, para mencionar las más ostensibles–, es de desear que la presente desconfianza entre rusos y occidentales dé paso, nuevamente, a la amistad y la cooperación, a partir del entendimiento de que comparten una misma cultura y semejantes valores e intereses frente a sus comunes enemigos. Tal vez no sea tarde para que Rusia también forme parte de esa alianza militar que protege a Occidente y, sin ridículos recelos ni trasnochados nacionalismos, desempeñe el papel que le corresponde en el único orden mundial digno de tal nombre.

©Echerri 2014

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