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Opinión

Dilema de Pink Floyd

Roger Waters, del legendario Pink Floyd.
Roger Waters, del legendario Pink Floyd. Getty Images

En apenas una semana, la aristocracia del rock ha descendido sobre Miami. Primero fue Paul McCartney y unos pocos días después Roger Waters, el integrante más activo del legendario grupo Pink Floyd, ambos en el escenario del American Airlines Arena, los dos en conciertos totalmente vendidos.

Las diferencias fueron ostensibles, sin embargo. A Waters no lo precedió un ambiente festivo en las afueras de la triple A, como fue el caso del Beatle. Incluso en la enorme pantalla lumínica de su frontispicio no aparecía el anuncio del concierto US+Them como debiera haber sucedido dada la importancia de la gira del músico que tiene en su haber una obra que marca pautas en la historia del sofisticado rock sinfónico.

A Waters lo agobia la controversia donde quiera que arribe en su doble condición de artista y activista político. Por las calles del downtown de Miami, el pasado jueves, circulaba un camión de anuncios lumínicos con un cartel que no dejaba mucho espacio a la especulación: “Diga no a las ataques racistas de Roger Waters a Israel”.

Aunque durante el concierto de dos horas y media, con intermedio, no lidió directamente con su campaña internacional contra la presencia de colegas músicos en Israel, por considerar que el histórico diferendo con los palestinos crea una suerte de apartheid, organizaciones judías de Miami y dos de sus alcaldes dejaron en claro que esta es una comunidad diversa, donde no cabe el antisemitismo, provenga de donde provenga.

Cuando Waters terminó de interpretar dos piezas clave del emblemático álbum The Wall, con la actuación de un grupo de adolescentes miamenses enfundados en monos color naranja, como de presidiarios, que luego se quitan para revelar camisetas negras con la palabra “Resistencia”, leyó los nombres de otros jóvenes –según él, de bajos recursos económicos–, también invitados al escenario, que no pudieron concurrir porque el alcalde de la Ciudad de Miami Beach lo había impedido. Al terminar la lectura, aclaró que tanto sus conciertos como la manera que tiene de protestar, son actos de amor.

Si no fuera porque en la primera parte del concierto, que abrió con la envolvente Breathe, para luego hipnotizarnos en nuestras butacas con Time, The Great Gig in the Sky, Wish You Were Here, The Happiest Days of Our Life y las partes 2 y 3 de Another Brick in the Wall, entre otras piezas, el comienzo de la segunda hubiera sido intolerable por su marcado proselitismo político.

Waters ha dejado saber que está en contra del concepto presidencial y la emprende con dureza, en su visualidad, contra la actual administración norteamericana durante la segunda parte del show, endilgándole incursiones bélicas que no le corresponden. Lamentablemente este fervor no le deja ver represiones como la que acontece ahora mismo en Venezuela.

Deslumbrante, sin embargo, en el uso composicional de luces, láser, sonido e imágenes en 3D, al ejecutar otros clásicos –que uno pensaría imposibles de reproducir en vivo–, el concierto enrumbó en su parte final hacia la exuberancia que la maldita política hizo trastabillar por momentos.

Money, Us and Them, Brain Damage y Eclipse, estas dos últimas amparadas por el triángulo de The Dark Side of the Moon, reproducido en láser, así como el final con Comfortably Numb, despejaron todos las circunstancias que alienaron a parte del público asistente, para presentar en carne viva el legado inigualable de Pink Floyd.

Cuando se inclinó para dar las gracias, visiblemente emocionado, a nuestro respetuoso público que no paraba de aplaudir, ojalá haya reflexionado que es mejor hacer valer el discurso contestatario con su obra musical irreprochable y no mediante pedestres adoctrinamientos.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de julio de 2017, 6:28 p. m. with the headline "Dilema de Pink Floyd."

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