Te recuerdo
Estos eran los días en que ya se estaba muriendo. Pero todavía me reconocía y hablábamos: su prodigiosa conciencia se iba y volvía. Ya estaba siendo medicada con fuertes dosis de morfina y metadona para los dolores que padeció desde joven por la artritis reumatoide, pero al final se le unieron otras enfermedades debido al sistema inmunológico disfuncional que trae consigo ese tipo de artritis: fibrilación atrial y obstrucción pulmonar crónicas, osteoporosis tan cruel que le iba quebrando vértebra a vértebra, encaminada a partirle la columna.
Desde hacía años también sufría del Síndrome de Sjögren, cuando no se producen ni lágrimas ni saliva. La vi llorando, pero ni una sola lágrima caía de sus ojos, rojos y húmedos, pero en su mirada, fija en mi alma, estaba todo el llanto acumulado de un ser extraordinario y sublime. Adel, yo te vi, yo te escuché, yo te entendí, amiga que me dio amor y refugio cuando estaba en la más desolada intemperie. Que me abrazó cuando el frío del desamor me mataba. Estaba cerca de la muerte y no lo sabía.
Una mañana en 2001 sentí un dolor de cabeza muy intenso. Sin seguro médico, sin trabajo, sola, acabada de llegar de mi aventura misionera en Chile, habiendo quemado las naves en Miami para repatriarme a Cuba después de más de 40 años en la diáspora, mi regreso aquí fue una de las enseñanzas más dolorosas e iluminadoras que haya tenido jamás. Regresé porque el gobierno cubano me negó el permiso de entrada a mi país.
Fui para el Hospital Jackson de carrera por la mañana, me atendieron por la noche, porque había casos más urgentes, como gente apuñalada, accidentes de tránsito, infartos. Y yo con aquel dolor que no cedía. A cada rato salía alguien a tomarme la presión en la sala de emergencia, donde estaba rodeada de gente muy pobre; seres sufrientes de los cuales solo percibía algún gemido: negros, hispanos, blancos indigentes, como el resto. La mayoría esperando interminables horas para pasar a una sala de atención. Resultaba que mi presión estaba sumamente alta. Nunca la había padecido, ahora era cosa diaria.
Mi vida había dado un giro tan violento que no sé cómo me hallaba viva. Hoy, al cabo de casi 20 años agradezco esa experiencia que empezó allá en el Chile inolvidable de grandes poetas –Violeta y Nicanor Parra, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas, Vicente Huidobro–, y santos: Alberto Hurtado, cuyo santuario visitaba casi semanalmente, y Teresa de los Andes, a quien fui a visitar también, pero solo una vez, allá en una cima de los Andes. En la guagua íbamos cantando durante todo el viaje, subiendo hacia las nevadas montañas donde se encontraban sus restos. Yo contenta mirando el paisaje y sintiéndome acompañada por mis hermanas de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, con quienes vivía una hermosa experiencia misionera antes de irme para Cuba. Pocas semanas después me llegó la noticia de que no, me prohibieron la entrada. El mundo se me vino abajo, y entonces decidí el regreso, abandonar el sueño quijotesco de ser el corazón de Cristo en el corazón de Cuba, y regresar a Miami con una maleta, después de haber vendido mi casa, renunciar al trabajo, regalarlo todo un 8 de diciembre de 2000.
Entrañable Adel, mi gratitud no morirá, como no has muerto tú para mí. Me acompañas llena de vida, aunque estés enterrada, tú me devolviste a la vida cuando estuve cerca de la muerte.
Un MRI del cerebro que me hicieron años después de mi regreso, mostró unos puntos blancos por varias partes del cerebro, ministrokes, isquemias silentes, me dijo el neurólogo, causados por episodios de presión alta.
Una noche de enero que me llamaste para felicitarme por el nuevo año, te conté mi estado, al borde de una crisis emocional. Faltaba tiempo para que se lograra lo de hoy, y me vienen a la mente la antropóloga Ruth Behar y el poeta Richard Blanco, ambos cubanos, que idearon el término de “embargo emocional” y fundaron “Puentes de/hacia Cuba”, organización que busca “construir puentes que conecten a los cubanos en todas partes y levantar el embargo emocional entre todos nosotros, a medida que avanzamos junto con nuestras aprensiones y esperanzas, preguntas y convicciones, dudas y sueños, hacia una nueva era de relaciones entre Estados Unidos y la Cuba de mañana”. (Ver bridgestocuba.com).
Dios nos lleva por sendas asombrosas para a veces regresar al punto de partida, después de un viaje de aprendizaje y profundización en el desconcierto, la desinstalación, el desamor. La certeza del amor de Dios me la diste tú, Adel. En 14 años de convivencia y relación hondamente espiritual cuánto aprendí, cuánto tengo que agradecer. Por eso te recuerdo ahora, cuando faltan días para que se cumplan dos años de tu partida. ¿Te acuerdas? Te vi morir en paz, sin dolor, dichosa por el encuentro que te esperaba: Cristo al fin. Te ganaste la gloria.
Escritora cubana.
doramador12@gmail.com
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de julio de 2017, 2:38 p. m. with the headline "Te recuerdo."