Opinión

EDUARDO M. BARRIOS: Quinto centenario del natalicio de Santa Teresa de Jesús

Este 28 de marzo se conmemoran los quinientos años del nacimiento de quien pasaría a la Historia como Santa Teresa de Jesús. También la han llamado Teresa de Ávila por su ciudad natal.

Gracias a que su padre era aficionado a la lectura, la joven Teresa pudo hacerse de un respetable bagaje cultural. Eran tiempos de pocos estudios formales, sobre todo para las niñas. Mediante su esfuerzo autodidacta alcanzó un dominio prodigioso de la Lengua Castellana.

Inclinada a devoción, se incorporó a la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo entrando en el Convento de la Encarnación (año 1533). Su fervor religioso fue menguando hasta que una profunda experiencia mística ante una imagen de Jesucristo, año 1555, marcó para ella el comienzo de una vida santa.

Sin pretenderlo, se hizo consejera de algunas monjas que la consultaban en asuntos de vida espiritual. Ellas la animaron a fundar un convento más pequeño según las reglas originales, donde primasen la clausura, la pobreza, la oración y el silencio; todo por el bien de la Iglesia y del Mundo. Así nació el primer convento reformado, el de San José en Ávila, año 1562.

Los superiores de la Orden la estimularon a fundar más conventos de las que se conocerían como Carmelitas Descalzas. Y así, no sin superar muchas dificultades, llegó a fundar 17 conventos, siendo último el de Burgos. Así como tuvo que enfrentar opositores, como un Nuncio Apostólico que la calificó de “fémina inquieta y andariega”, también contó con el apoyo de grandes hombres de Iglesia como San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara y San Luis Beltrán.

Esas fundaciones constituyeron un verdadero martirio para ella, pues a las dificultades económicas y de permisos, se añadían su poca salud y el medio de transporte; se desplazaba con las monjas fundadoras en lentas carretas que eran frigoríficos en invierno y saunas en verano.

Milagrosamente sacaba tiempo para redactar libros. Cultivó brillantemente la prosa y con no menor fulgor el verso. ¿Quién no habrá oído aquello de “vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero?”

Como su autobiografía relataba experiencias místicas, la Santa Inquisición, siempre vigilante ante posibles pseudomísticos o alumbrados, examinó ése y otros escritos suyos. Ella confrontaba mucho sus experiencias con buenos confesores y nunca quiso enseñar nada contrario a la sana doctrina. No se vanagloriaba en arrobamientos, sino en su fe cristiano-católica. Poco antes de su partida, no quiso otro título de gloria que el expresado en sus postreras palabras: “Muero hija de la Iglesia”. Su tránsito tuvo lugar en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582, día en que el Calendario Gregoriano suplió al antiguo Calendario Juliano. Ese día 4 se convertiría en 15 de octubre.

El Papa Gregorio XV la canonizó en 1622. Cerca a nuestros tiempos, año 1970, el Beato Papa Pablo VI la nombró primera doctora de la Iglesia junto con Santa Catalina de Siena. De su sabiduría cristiana dan fe su vida y escritos. La quintaesencia de su espiritualidad la encontramos en estos harto conocidos versos:

Nada te turbe, nada te espante. /Todo se pasa. Dios no se muda. /La paciencia todo lo alcanza. /Quien a Dios tiene, nada le falta. /Sólo Dios basta”.

Sacerdote jesuita.

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