Mundos infelices
Estoy cansado de la novela distópica contemporánea. La distopía es el inverso de la utopía. Una imaginaria sociedad nefasta que desdice la esencia de todo mundo utópico.
Al parecer, la distopía se ha puesto de moda entre adversarios y simpatizantes del presidente Donald J. Trump. De hecho, casi todas las novelas que me han provocado este hastío literario particular fueron publicadas durante los primeros meses de su administración. ¿Será un caso de fatiga por asociación?
Según el historiador Gregory Clacys, la literatura distópica nació en el siglo XVII como reacción a los ensueños más imbéciles de los inventores de utopías. Dice Clacys que las distopías actuales son apocalípticas o pos apocalípticas. Las apocalípticas nos cuentan como termina el mundo que conocemos, las posapocalípticas cómo viven los sobrevivientes del cataclismo.
Me convertí en devoto de ambas variantes hace varios años y puedo asegurarle al profesor Clacys que no todas las novelas posapocalípticas son distópicas. Las distopías se ocupan de sociedades violentas, perversas, opresivas que surgen de una hecatombe (por ejemplo, regímenes como el castrista, aunque la dictadura cubana es preapocalíptica y por tanto no puede valerse de las coartadas que manejan los tiranos posapocalípticos en las ficciones para justificar sus desmanes). De manera que no es distópica la novela que se limita a narrar cómo unos sobrevivientes se enfrentan a multitudes de zombis que devoran la humanidad. Por contraste la popularísima Los Juegos del Hambre, una trilogía confeccionada para adolescentes, sí es una obra distópica porque se centra en las víctimas y adversarios de un gobierno terriblemente injusto que es producto de una guerra apocalíptica.
Si no me equivoco la moda distópica actual empezó a propagarse como un virus informático tras la victoria del presidente Trump. Se dispararon las ventas de la novela distópica más conocida, y más brillante (junto con Fahrenheit 451 de Ray Bradbury), 1984 de George Orwell, una distopía dotada de una actualidad preocupante. Es el retrato profético de las técnicas de élites autoritarias que hoy infestan sociedades pos-socialistas y las democracias de Occidente. Pero sobre todo, 1984 es un retrato de los Estados totalitarios del socialismo real. La sarta de regímenes caracterizados por la vigilancia omnímoda, la propaganda incesante, la manipulación de la información, un lenguaje oficial despojado de veracidad y coherencia (la neolengua de Orwell que tanto se parece a los “hechos alternativos” y la “posverdad” que algunos voceros de un presidente mitómano pretenden imponernos), la censura y autocensura, la persecución del pensamiento crítico, y el uso de guerras sin fin para mantener a la población en un perpetuo estado de miedo, histeria y confusión.
1984 y Fahrenheit 451 no son las únicas novelas distópicas-posapocalípticas que me han deleitado (y que me siguen deleitando). También me encantan Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, A Canticle for Leibowitz de Walter M. Miller, Fiskadoro de Denis Johnson, The Windup Girl de Paolo Bacigalupi, The MaddAddam Trilogy de Margaret Atwood (cuya distópica The Handmaid’s Tale ha sido adaptada para televisión en una serie que supuestamente vaticina los que nos espera si el Trumpismo se prolonga en el poder) y Station Eleven de Emily St. John Mandel.
A diferencia de Station Eleven y A Canticle for Leibowitz, para citar dos ficciones posapocalípticas que nos ofrecen historias de seres que obran humildemente por un mundo mejor a través de la compasión, el arte y la ciencia, las novelas distópicas de los inicios de la era de Trump son cantos lúgubres a la desesperanza y la inacción. Por ejemplo, The Book of Joan de Lidia Yuknavitch (la automutilación como arma inútil para combatir un tirano misógino); American War de Omar El Akkad (una barbárica guerra civil entre Norte y Sur en una América desahuciada) y Underground Airlines de Ben H. Winters (vuelve a imponerse la esclavitud de los negros en el Sur).
¿A qué se debe el hastío que me producen estas aclamadas distopías? A que son previsibles apologías de la indefensión, el pesimismo distópico, el cinismo y la pasividad que afligen a crecientes segmentos de una sociedad que ya no cree ni en la posibilidad ni en el valor de luchar por un futuro mejor.
Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de julio de 2017, 0:30 p. m. with the headline "Mundos infelices."