Por qué México no puede reducir la desigualdad
Es imposible mantenerse indiferente ante el atropello sufrido por el joven mexicano, Benjamín Ramírez, quien estaba vendiendo elotes, maíz asado y aderezado con ají y queso, en una esquina de Los Angeles, cuando un argentino derribó su carrito de comida. Él no pudo defenderse pero grabó lo ocurrido y su madre subió la imagen, que se hizo viral. Benjamín representa a los mexicanos que como él han soportado y sufrido vejaciones de esta naturaleza en Norteamérica. El autor del atropello es un músico inmigrante. Y es que algunos latinos, por ser blancos o hablar inglés, justifican su racismo porque piensan que son diferentes.
En Estados Unidos residen más de 30 millones de mexicanos, cuyas familias encontraron en Norteamérica una salida para huir de la pobreza extrema que siempre ha espoleado a los más humildes. Aquellos que en su propia patria han sido marginados y no han encontrado una oportunidad que les permitiera cambiar la vida de sus hijos.
La desigualdad socioeconómica en México es un mal crónico que ningún gobernante ha podido eliminar o reducir. Este hermoso país fronterizo siempre ha mostrado sus contrastes, el de una clase pudiente que puede acceder a todos los lujos y la de quienes apenas pueden cubrir sus necesidades básicas.
Hace dos décadas en la Zona Rosa del Distrito Federal podía advertirse el boato de las clases altas y en la puerta de los hoteles encontrabas a los artesanos vendiendo títeres a un dólar. En la noche desde el taxi, en el cambio de semáforo veías a familias enteras mendigando disfrazados de payaso. En el campo cuando entrevistabas a los campesinos, descubrías una pobreza inimaginable.
En aquella época si visitabas Acapulco como turista te mostraban la belleza del lugar, pero si hablabas con gente nativa que trabajaba en los alojamientos, ellos a hurtadillas podían conducirte al mercado, donde las comunidades indígenas vendían sus productos. En ese espacio comprobabas que ellos vivían una realidad alejada de los afiches publicitarios, además ellos no estaban dentro del circuito turístico.
Lo lamentable de esta sociedad, es que ninguna autoridad u organización internacional ha podido promover el cambio, todavía ahora mismo en un país donde se hablan 67 lenguas indígenas, sus campesinos tienen que efectuar largas travesías para que se les contrate por el período de cosecha y luego migrar a otra zona. Si alguien se enferma o muere, están tan desamparados, que tienen que hacer una erogación para darle cristiana sepultura.
México siempre fue pobre pero ahora está convertido en un polvorín, porque el narcotráfico se ha adueñado de esta nación y la corrupción ha invadido todos los niveles. La inseguridad es un mal cotidiano, la gente vive atemorizada, han asesinado a muchos colegas que osaron denunciar lo que sucede en las zonas donde habitan.
El narcotráfico lo ha copado todo, han impuesto la ley del terror y tras aniquilar a las personas las cuelgan como si fuesen carteles en zonas donde puedan observarlos. No respetan a sus autoridades y para colmo el presidente de EEUU, Donald Trump, se obsesionó con levantar el muro fronterizo, como si esta construcción pudiese detener el inhumano tráfico de inmigrantes. La gente se aferra a la esperanza de salvar a sus familias de la espiral de violencia que ahoga a este país.
Las estadísticas del 2015 señalaban que la mitad de la población mexicana es pobre y estas condiciones les impiden a las familias tener una buena alimentación o educación. Al no contar con una vivienda básica, hasta la salud peligra. Por eso emigran; no es que les guste ser discriminados en Estados Unidos, su desplazamiento es una cuestión de sobrevivencia.
México y Perú siempre estuvieron hermanados culturalmente. Pero otrora ellos impulsaron un nacionalismo ejemplar y cuando hablabas con un mexicano, éste te respondía: como México no hay dos. Ellos te hablaban con orgullo de Cuauhtémoc y Frida Kahlo, te mostraban orgullosos su arte. Los aztecas invadieron Sudamérica con sus canciones rancheras, sus películas de Cantinflas y nuestros hijos rieron con el “Chavo del ocho” y el “Chapulín colorado”, pero tras sus cómics también nos contaron la dura realidad que vivía su pueblo, especialmente de aquellos que todavía no hablan castellano. Es lamentable que esto ocurra en un país tan hermoso. Aunque suene irónico, realmente necesitan un nuevo Chapulín Colorado que grabe y difunda su realidad.
Periodista peruana.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de agosto de 2017, 7:55 p. m. with the headline "Por qué México no puede reducir la desigualdad."