El emperador del caos
Al tratarse del periódico más conservador de Estados Unidos, abiertamente inclinado a favor de quien (hasta ahora) pretendía asemejarse a un presidente republicano, el editorial del Wall Street Journal sobre el reemplazo del Jefe de Despacho de Trump es una sentencia patibularia: “Nada importan los cambios de personal en la Casa Blanca a menos que Trump acepte que el problema no es Priebus [ni otros] sino él mismo”.
Y continúa: “Los presidentes eligen el tipo de administración de la Casa Blanca que ellos quieren y Trump tiene un desastre caótico porque es lo que a él le gusta. Le gusta enfrentar facciones, como si sus asesores estuvieran compitiendo en sus casinos durante su época en Atlantic City”.
No sólo en ésa época, sino durante toda su vida, la táctica de Trump ha sido enfrentar unos contra otros. Acosar. Intimidar. Humillar a todo el que no entienda que la lealtad no debe ser ni a la Constitución, ni a la Presidencia, ni al Partido Republicano sino a él, sólo a él y nada más que a él. Y aun a quienes han arrastrado su dignidad para jurarle lealtad, Trump disfruta victimizándoles en una especie de voyeurismo sádico-político.
En días recientes se ha ensañado contra Reince Priebus (ya ex Jefe de Despacho) y contra Jeff Sessions (todavía secretario de Justicia), los dos últimos de una impresionante lista de martirizados. A Priebus le despidió ignominiosamente via guillotina-tweet mientras éste, ajeno a su mala fortuna, bajaba del Air Force One. Y a Sessions lleva semanas torturándole con menosprecios y humillaciones. ¿El delito? Haber cometido un acto de decencia legal recusándose de la investigación sobre Rusia, lo cual para la mente paranoica-narcisista de Trump equivale a una afrenta desleal, ya que esperaba que Sessions diera carpetazo a dicha investigación. Obvio es que la intención es forzarle a renunciar y sustituirle por alguien que despida a Robert Mueller, fiscal especial a cargo de la pesquisa rusa.
Pero Sessions no dimite. Ahí sigue, estoico, y además ganando apoyo bipartidista y una aureola de héroe como jurista, que era impensable antes del acoso del presidente. Porque ése es el karma que persigue a Trump, que cada una de sus amenazas o intimidaciones le regresan como un boomerang doblemente peor.
Numerosos son los ejemplos del boomerang: 1- El Senado republicano le ha advertido que si despide a Sessions no votarán este año a ningún otro nominado. 2- Cuando pensó que despidiendo al director del FBI se libraría de la investigación sobre posible colusión de su campaña con Rusia, el Departamento de Justicia nombró a Mueller con poderes todavía más amplios. 3- El Congreso ha impedido –con un voto unánime bipartidista– la posibilidad de que Trump levantara las sanciones a Rusia, imponiendo en cambio nuevas sanciones. 4- Su edicto vía tweet prohibiendo la entrada de los transgéneros al Ejército fue rápidamente desestimado por la cúpula militar. 5- ¿Su promesa de revocar Obamacare? La mayor y más vergonzosa derrota, debida a su falta de liderazgo para persuadir a su propio partido, que hay que recordar controla ambas cámaras del Congreso.
El instinto de Trump de amenazar en vez de persuadir está logrando que paulatinamente más republicanos se independicen de él. Le ignoren. Aunque es una declaración de independencia mutua: al deshacerse de Priebus y Sean Spicer –únicos representantes en la Casa Blanca del establishment republicano y enlaces con el Congreso– ha despedido de hecho al Partido Republicano. ¡You are fired, GOP!
Lo cual hasta cierto punto es un acto de honestidad (aunque Trump y honestidad es un oxímoron), porque enseña sus verdaderos colores políticos que fueron ego-demócratas durante 65 años y en los últimos seis se “convirtió” (¿?) en ego-conservador.
El destape, cada vez más evidente, de que sus únicos preceptos ideológicos son los que nutran su egolatría le deja sin la herramienta esencial para gobernar: forjar alianzas. El poder, para ejercerlo, necesita la cooperación de otros. Pero Trump no busca colaboradores, busca súbditos.
¿Y todavía se vende como el gran negociador? ¿Qué ha logrado en 6 meses, salvo crear un permanente caos? La Casa Blanca amanece a diario como un nuevo episodio de Supervivientes, en un nido de intrigas, chismes y traiciones, inducidas desde el Despacho Oval.
En su mente imperial, sin embargo, la culpa siempre la tienen los demás. Cree que cambiando las sillas del Titanic la nave no se hundirá. Poniendo a John Kelly a manejar el timón sólo funcionará si el capitán que da las órdenes, Trump, reconoce que “él es el problema” –como dice el Wall Street Journal. Kelly goza de una impecable reputación pero –que se sepa– no hace milagros.
El primer milagro sería borrar los estragos provocados por Trump desde enero, que han hecho que casi nadie le respete ni le tema (ni dentro, ni mucho menos fuera de USA). En los últimos días de julio el boomerang de los estragos acumulados le ha regresado en la forma que él más teme: parecer un débil perdedor, a loser. ¡Qué gran peligro que un manipulador arrogante que cree ser emperador a sus 71 años se sienta acorralado!
Periodista y analista internacional.
Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de agosto de 2017, 3:22 p. m. with the headline "El emperador del caos."