El club de las tormentas
Me han invitado a ser el animador de la gala benéfica de la Asociación Española Contra el Cáncer el pasado sábado en Marbella, esa capital del glamour internacional en el suroeste de Málaga, Andalucía. Confieso que acepté porque me fascinaba la idea de pernoctar en el Marbella Club, uno de esos sitios que toda mi vida he querido conocer. No es un club, es una reliquia y no solo está poblada por fotografías de grandes personajes de la historia del glamour del siglo XX, sino que de vez en cuando, algunos de ellos se aparecen, bien en forma de fantasma o de Instagramer maduro, por entre los salones, piscinas o jardines del fascinante entorno.
Casi toda mi familia, muchos de mis amigos e infinidad de tuiteros me han criticado este viaje por múltiples razones pero sobre todo, porque debería finiquitar mi coqueteo con glorias sociales y andar mariposeando por sitios de lujo mientras en Venezuela la dictadura de Maduro se incrementa y reafirma. No pongo en duda que tengan razón pero la verdad discrepo que mi conducción de una gala benéfica en Marbella pueda hacer mucho por enderezar mi país de origen. En verdad, creo que habría que hacer una gran gala benéfica entre los poderes internacionales para condenar ese régimen. Que es un tipo de fiesta un poquito más difícil de organizar que una gala benéfica. Y, aunque entienda que no todos pueden comprenderme, hay algo único y al mismo tiempo nutritivo en poder bañarme en la piscina de aguas marinas del Marbella Club y ver su famosa pared de agua, donde en momentos distintos, se detuvieron mujeres como la Duquesa de Windsor, Lola Flores o Brigitte Bardot y hace unos días, yo. Pero estaba seca.
En Europa y sobre todo en el Mediterráneo, el verano divide el año y haces balance de lo que has hecho y lo que viene. Y suceden las tormentas. “Tiempo de tormenta, cuando mi hombre no está conmigo”, cantaba Billie Hollyday. Más o menos crecí escuchando esa canción. Ahora me toca vivirlas. Dos o más masas de aire de diferentes temperaturas. Y son varias. Una, que es interior, me tiene loco, desorientado y aturdido e impide que termine al fin mi novela. Otras, son exteriores, como Emily en Miami, que me obligó a quedarme dentro de mi apartamento, aterrado pero en verdad fascinado por la pared de agua que avanzaba y sobrepasaba mi balcón mientras un remolino de relámpagos se enclaustraba en una esquina del océano. Lo increíble fue el después, eso que dicen de que tras la tormenta viene la calma y Alton Road estaba completamente paralizado, las sirenas de los bomberos eran ensordecedores y sobre el agua estancada veías señores con sus Prada y Hermes casi a modo de paraguas para no dañarlas en la inundación.
En Miami las tormentas son desfiles de moda, en Ibiza es el dominio del terror. Las palmeras parecen desprenderse del suelo, las olas crecen desorbitadamente, los habitantes se refugian en las casas de otros y consumen toda la bebida, la comida, la energía. El agua cae como baldes de una producción apocalíptica de Hollywood. “Siento miedo”, gritó mi anfitriona y ahí de verdad que me vine abajo. Si tu anfitriona está cagada, ¿qué se puede esperar del invitado? La tormenta de Miami duro más de cuatro horas. La de Ibiza tuvo dos partes, una de hora y media y la otra toda la madrugada. Pensé que el cambio climático es una realidad que solo pueden comprobar los “privilegiados” que las vivimos dentro, como si fuéramos el Club de las Tormentas.
Escritor y presentador venezolano.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de agosto de 2017, 3:15 p. m. with the headline "El club de las tormentas."