Fuego, ruido, furia
El presidente Donald Trump lanzó esta semana la mayor amenaza que los Estados Unidos haya hecho públicamente contra país alguno. “Se encontrarán con un fuego y una furia que el mundo jamás ha visto”, dijo el presidente, refiriéndose a la constante amenaza de Kim Jong Un, dictador de Corea del Norte, contra USA. Las palabras desataron una crisis internacional y subieron el termómetro de las tensiones de una guerra nuclear a niveles no vistos desde la Crisis de los Misiles en Cuba, ya hace casi 55 años, un octubre de 1962. El jueves, ante la creciente preocupación mundial, el presidente, junto al vicepresidente, salió a las puertas de su mansión en Bridgewater, Nueva Jersey, y “calmó” al mundo, ¡redoblando su amenaza! Dijo que quizá no había sido lo suficientemente duro.
Corea del Norte es un pequeño país cuyos habitantes pasan penurias y que en los últimos años ha venido desarrollando misiles interoceánicos capaces de llevar una cabeza nuclear; lo que representa una amenaza directa a los Estados Unidos.
Pero, que yo recuerde, durante los años que prosiguieron a la II Guerra Mundial, en todo el período que se denominó la Guerra Fría, una superpotencia y el país de mayor territorio en el mundo, la antigua Unión Soviética, hoy Rusia, apuntaba hacia nosotros un arsenal de armas de ese tipo capaz de borrarnos a todos del mapa. Que se evitara un holocausto nuclear, no fue precisamente porque los presidentes, republicanos y demócratas, de aquella época, lanzaran amenazas de furia y fuego. Fue más bien por la prudencia, y responsabilidad de éstos, que nuestro querido planeta no se convirtió en una ruina tóxica de humanos enfermos y cadáveres desparramados, bajo una noche sin fin.
Mal que bien, esos a los que hoy critica el presidente Trump, como si su inteligencia y capacidad estuviese por encima de los mismísimos George Washington o Abraham Lincoln, ni que hablar de FDR o Reagan o Clinton, o de su odiado Obama, lograron mantener la paz y el orden mundial. Y de paso la hegemonía de Occidente, que mucho se relacionó con su buena salud económica.
Quizá me equivoque, pero, a no ser que se ande invirtiendo en armamento e industria bélica, no creo que le haga muy bien a los negocios que el mundo esté paladeando la cicuta de una guerra termonuclear a la vuelta de la esquina.
Mucho se ha dicho desde la elección de Donald Trump sobre las sólidas instituciones que sostienen a la democracia más antigua del planeta. Y hasta ahora parece cierto. La prensa libre, el Congreso, el Departamento de Justicia y, sobre todo, las cortes, han seguido cumpliendo su papel, equilibrando los poderes de manera que, hoy lo sabemos, aquí un presidente no puede hacer lo que le venga en gana.
Pero vale la pena fijarnos en el “aquí”, de esa última frase. Porque allá, en la lejana Corea o fuera de las fronteras de los Estados Unidos, el presidente es el Comandante en Jefe indiscutible y absoluto de la mayor maquinaria de guerra que jamás haya visto la humanidad. Sus órdenes no se discuten, no se debaten, no se votan, se cumplen.
Y los mecanismos establecidos para llevar a cabo una orden, son de una efectividad tal que, en apenas segundos, un presidente puede desatar el infierno en la Tierra. Así que, sea cual sea el tamaño que tanto parece importarle, nuestro futuro está en las manos de Donald Trump.
Ojalá al final se decante por un premio Nobel de Misisipi, y en lugar de fuegos y furias, sus palabras se asemejen más bien a la gran obra de William Faulkner: El ruido y la furia.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de agosto de 2017, 3:36 p. m. with the headline "Fuego, ruido, furia."