La guerra de las estatuas
Las dictaduras no guardan pudor a la hora de quitar y poner estatuas o monumentos. Nadie tiene autoridad para fiscalizarlas.
En Cuba está documentado, en película, el derribo del águila imperial que coronaba el monumento a las víctimas de la explosión del Maine, donde Picasso prometió una paloma de la paz que nunca anidó en ese sitio del malecón habanero.
La hermosa Avenida de los Presidentes, Calle G de El Vedado, debió haberse engalanado con los mandatarios cubanos de la república. En el monumento dedicado al primero, Don Tomás Estrada Palma, solo quedan los zapatos que no pudieron ser arrancados, junto a su estatua, por la rabia castrista.
El otro monumento, erigido en tributo al segundo presidente, José Miguel Gómez, se conserva, tal vez, protegido por sus grandes dimensiones, difíciles de borrar de la esmerada trama urbana sin crear un cisma.
Previsoramente Fidel Castro confinó el culto a la personalidad estatuaria a José Martí, “autor intelectual” –según afirmaba-, de su fracasado experimento. Espantosos bustos del Apóstol, primero en anodino yeso y recientemente plásticos, debieron encontrar lugar en cada escuela y vecindario, como identificación de los comités de defensa de la revolución.
En el fondo, Castro prefirió la tribuna pública: la televisión, la radio, la prensa, la fotografía y el cine, para su culto personal, porque ya había visto en la historia cómo los pueblos solían desquitarse de odiados gobernantes mediante el derribo de sus estatuas.
Ahora Estados Unidos parece haber despertado de un letargo estatuario que quiere barrer con personajes históricos confederados de la guerra civil. La campaña, curiosamente, no está conducida por personalidades de la comunidad afroamericana. La voz cantante la lleva el llamado establishment blanco liberal.
Ya hubo violencia y muerte sobre el particular. Si no se impone el consenso y las leyes, el desafortunado capítulo pudiera reiterarse. Derribar las estatuas, en arranques apasionados para las cámaras de televisión y los medios sociales, patearlas y escupirlas, no son visiones de justicia y civilización, en las democracias, sino hechos que alientan la desestabilidad ciudadana.
En Polonia este año han pasado una ley donde gobiernos locales y entidades particulares tienen hasta un año de plazo para remover todos los monumentos públicos que rindan tributo a personas, organizaciones, eventos o fechas que simbolizan el comunismo o cualquier otro sistema totalitario.
Sin embargo, autoridades de Manchester, Inglaterra, donde sufrieron un golpe artero del terrorismo islámico recientemente, han decidido recoger de un basurero ucraniano la estatua de Federico Engels, que el pueblo derribara cuando cayó el socialismo, para erigirla en la ciudad inglesa, donde el personaje hiciera investigaciones sobre la clase obrera en 1840.
Engels fue el otro fundador de uno de los ismos más malsanos de la historia y mantuvo literalmente a su colega Carlos Marx para que escribiera el mamotreto filosófico que justifica tal aberración.
La escultura fue instituida durante un festival de arte en la ciudad y causa pavor ver un cantante, todo emperifollado y sentimental, dedicarle la balada: “El comunismo regresa a casa”.
Esto de confundir arte con horror no deja de ser inquietante y también sucede aquí en Seattle donde ahora se debate si dejar o remover una espantosa estatua de Lenin de siete toneladas y 16 pies de altura, que llama la atención de los turistas, en el liberal vecindario de Fremont, desde 1995.
Un gesto salomónico ocurre, sin embargo, en un histórico pueblo checo -Litomysl-, donde, en vez de eliminar la estatua de un ministro de cultura de la era comunista, decidieron agregarle una placa donde explica de quién se trata y cuáles fueron sus desmanes.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de agosto de 2017, 1:56 p. m. with the headline "La guerra de las estatuas."