Opinión

ROSA TOWNSEND: Irán, Obama y el nuevo (des)orden

Según los planes originales del señor Obama hoy iba a ser un día triunfal para su presidencia y para Oriente Medio. La fecha en que un acuerdo nuclear con Irán apagaría los fuegos de la región. Algo así como el inicio de un mundo feliz. La realidad sin embargo es la contraria: Oriente Medio está ardiendo en una guerra sectaria sin precedentes, y las potencias regionales sunitas –sintiéndose abandonadas por EEUU– han reaccionado a las negociaciones con Irán preparándose para adquirir armas nucleares y formando una coalición militar para tomar ellos solos las riendas de su destino.

En Washington se ven arrastrados al caos sin saber muy bien qué hacer, sorprendidos por el rumbo catastrófico que han tomado los acontecimientos. ¿Sorprendidos? El descenso a la anarquía en Oriente Medio era lo previsible tras años de una política quimérica y errática de la Casa Blanca. Tras años de abdicar el liderazgo.

También les tomó desprevenidos el surgimiento de ISIS. Se asombraron mucho de las crisis en Siria, Libia, las primaveras árabes –y sus inviernos. Y no se habían percatado de que los rebeldes hutís, instigados por (su nuevo amigo) Irán, iban a derrocar al gobierno de Yemen, un estado fallido al que el señor Obama ha calificado repetidamente como “un éxito”. ¿Really? ¿Quiénes son sus fuentes, que le desinforman de esa manera? ¿Está la mitomanía política secuestrando su presidencia?

Sería recomendable que el presidente escuchara al creciente coro de voces que llevan tiempo alertando sobre el posible Armagedón en la región. Por ejemplo a los cuatro últimos directores de la CIA, o a un sinnúmero de militares y analistas, o a 367 congresistas, demócratas y republicanos. O al exembajador en Irak hasta junio de 2012, James Jeffrey, que la semana pasada dijo: “Nuestra política [en Oriente Medio] va en maldita caída libre”.

Al comienzo de su segundo mandato el presidente Obama se planteó el reordenamiento de Oriente Medio. Debía elegir entre forjar el nuevo orden o bien “contra” Irán o “con” Irán. Y apostó todo su capital político por la segunda opción, alienando a los aliados tradicionales (todos enemigos históricos de Irán) y arriesgando la seguridad de Estados Unidos y la región, sólo en base a una ciega esperanza de que el régimen de los ayatollahs abandone sus ambiciones nucleares y de dominio regional (tan atómicas como la bomba), y deje de patrocinar terrorismo.

Pero para qué van a hacerlo, si ven al hombre más poderoso (en teoría) del mundo cortejándoles desesperadamente con cartas, llamadas y negociaciones secretas, rogándoles que accedan a un trato tan ventajoso que equivale a una capitulación ante los intereses de Teherán: no elimina su potencial de construir armas nucleares, simplemente lo restringe un poco y durante un corto tiempo (y suponiendo que acepten inspecciones verificables).

Tan envalentonados se sienten que el ayatollah Khamenei hace apenas 10 días se atrevió de nuevo a proclamar “Muerte a América” ante las cámaras de TV. Esas son sus verdaderas intenciones, como lo han sido siempre. Aunque en la Casa Blanca no se han querido dar por enterados de la provocación de Khamenei, porque eso estropearía la aspiración del presidente de dejar como legado un rapprochement con Irán.

Aun a costa de que ese deseo de acercamiento o rapprochement haya estropeado las relaciones con prácticamente todo el resto los aliados de Oriente Medio. Algo inaudito en la historia de la política exterior americana. El señor Obama prometió en 2008 cambiar el mundo y sin duda lo está logrando. Y un elemento esencial de ese plan de cambio era el realineamiento de fuerzas en Oriente Medio que ahora estamos viendo, en el que la facción chiita liderada por Irán saldría vencedora, frente a la sunita encabezada por Arabia Saudita. En medio de ese polvorín quedaría Israel, con quien el señor Obama está cortando el cordón umbilical.

En juego está el poder hegemónico regional. Una lucha de odios milenarios a la que la negociación con los ayatollahs ha rociado de gasolina. No por el hecho en sí de negociar, porque un acuerdo que elimine el proyecto atómico iraní es lo que desea el mundo árabe y el resto del planeta, incluido por supuesto el pueblo americano, con independencia de las afiliaciones políticas. Pero un “buen” acuerdo, no uno que les deje la puerta trasera abierta, como el que se está pactando.

Esa puerta abre también nuevos horizontes a las ínfulas expansionistas de Teherán, que ya se ha hecho con el control de Damasco, Bagdad, Beirut y Sanaa. Esta última –en Yemen– ha detonado las alarmas en Arabia Saudita, que junto a Egipto, Turquía y otros siete aliados bombardean desde hace una semana a las milicias pro-iraníes que han tomado el poder en Sanaa. Supuestamente la operación cuenta con respaldo de la Casa Blanca, quizá en un intento de mitigar la percepción de que ha abandonado a los viejos amigos. Y quizá también por si les falla el nuevo amigo.

“Irán trata de dominar la región. ¿Se puede permitir esto? Es algo que está empezando a molestarnos a nosotros, a Arabia Saudí y a los países del Golfo. Es intolerable”, afirmó el pasado jueves el presidente turco Tayyip Erdogan. (No hay que olvidar que Turquía es miembro de la OTAN).

Yemen se convierte así en el primer escenario de una guerra regional de consecuencias imprevisibles y globales. ¿Cómo hemos llegado a esta situación con un presidente de EEUU premio Nobel de la Paz?

El recién retirado director de la Agencia de Inteligencia del Pentágono, Michael Flynn, respondió así el domingo: “La política del presidente Obama en Oriente Medio es ignorancia premeditada”. Son palabras muy, muy serias. Ojalá estén equivocadas.

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