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Opinión

El Afganistán de Trump

Fuerzas norteamericanas salen del área después de un ataque suicida y un choque entre fuerzas afganas y combatientes del Estado Islámico en ataque a embajada en Kabul.
Fuerzas norteamericanas salen del área después de un ataque suicida y un choque entre fuerzas afganas y combatientes del Estado Islámico en ataque a embajada en Kabul. AP

Afganistán ha sido una pesadilla para más de un imperio. Persas, rusos, otomanos, británicos, soviéticos y, ahora, estadounidenses se han empantanado en un lugar que Winston Churchill describe como “una tierra infestada de personas desagradables armadas hasta los dientes y con deseos irreprimibles de entrarle a tiros a cualquier extranjero, o a falta de extranjeros, a cualquiera de los suyos”. Estas “personas desagradables” llevan siglos matando invasores y matándose entre ellos.

En el XXI Estados Unidos ha asumido el papel de potencia extranjera enmarañada en una guerra afgana sin fin. Pero la semana pasada, el presidente Donald J, Trump proclamó que el conflicto sí tiene fin y que su “nueva” estrategia, la cual anunció sin ofrecer detalles, va a conducir a Estados Unidos a “la victoria” en Afganistán. Lamentablemente, Trump no precisó en qué consistiría esta victoria prometida. Con todo, en su discurso el Presidente dijo algunas cosas sensatas y necesarias. Por ejemplo, afirmó que, a diferencia de Obama, no iba a cometer la barbaridad de anunciar la fecha de retirada de los efectivos que enviaba a Afganistán. Y dijo, con razón, que era necesario presionar de verdad a Pakistán para que el gobierno de ese país deje de brindarle refugio y apoyo a los talibanes y otros grupos terroristas. En sus relaciones con Estados Unidos Pakistán se ha comportado como la quintaesencia de la doblez, la traición y la manipulación al tiempo que recibe miles de millones de dólares en ayuda estadounidense. Su poderoso servicio de Inteligencia, el Inter-Service Intelligence Directorate (ISI) creó y alimentó (y sigue alimentando y amparando) a los talibanes, incluyendo al repelente grupo Haqqani.

Lo que Trump sí mencionó en su discurso fue que, gracias a su nueva política afgana, los soldados norteamericanos podrán pelear sin las manos atadas porque sus oficiales ya no estarán sometidos al control de timoratos burócratas civiles en Washington. Según la visión primaria del Presidente, los efectivos de EEUU tampoco tendrán que ocuparse de “nation building” (asistir en la construcción y afianzamiento del país y sus instituciones). Se dedicarán exclusivamente a “matar terroristas”.

Es aquí donde las lagunas y la retórica del discurso presidencial revelan un simplismo desconcertante. Al parecer el plan de Trump está obviando la realidad actual de Afganistán. Pasa por alto la necesidad de combinar las operaciones militares que el Presidente prodiga con urgentes medidas de ese “nation building” que Trump rechaza. De no ser así el gobierno afgano y sus fuerzas de seguridad, nuestros presuntos socios en esta guerra de contrainsurgencia, corren el peligro de colapsar. ¿Por qué creen Trump y sus generales que los talibanes llevan dos años arrebatándole territorio al gobierno de Kabul, al punto de que hoy los terroristas controlan las zonas rurales de las provincias meridionales y casi la mitad del país? En gran medida porque el gobierno central afgano es un desastre corrupto e inservible, paralizado por una lucha feroz entre el presidente Ashraf Ghani y el primer ministro Abdullah Abdullah que ha dividido al gobierno de coalición, la oficialidad del ejército y los hamponiles señores de la guerra. Insiste Ahmed Rashid, el autor de varios libros imprescindibles sobre Afganistán, y entre los expertos que conozco el mejor informado sobre el país, que un número creciente de afganos ve al gobierno como un adefesio ilegítimo. Rashid dice que importantes miembros del gabinete y prominentes señores de la guerra están exigiendo nuevas elecciones y la renuncia de Ghani debido a su ineptitud, su sectarismo étnico, su soberbia y su renuencia a trabajar con los miembros de la coalición que no son de su grupo étnico.

Aunque Trump no dijo ni una sola palabra sobre la calamitosa situación política de Afganistán, celebro que haya modificado su anterior oposición a la participación estadounidense en la guerra afgana. La retirada total que el presidente defendía cuando era candidato garantizaría el triunfo de los talibanes y la consolidación de una madriguera yihadista que les serviría de guarida a terroristas enemigos de EEUU, Europa e India.

Aún así el plan de Trump, y da igual que mande 4,000 o 40,000 efectivos adicionales a Afganistán, está condenado al fracaso si no toma en cuenta la necesidad de reformar a fondo nuestro “socio” local, el inservible gobierno central de Kabul. En Afganistán las fuerzas estadounidenses podrán matar a todos los terroristas de ISIS que operan en el país y a todos los talibanes en las provincias de Helmand y Kandahar, pero si Estados Unidos no cuenta con un socio afgano eficaz y confiable que sabe ganarse el apoyo de la población, la improbable victoria que promete el presidente Trump no pasará de ser una meta inalcanzable.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de agosto de 2017, 7:32 p. m. with the headline "El Afganistán de Trump."

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