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Opinión

La guerra de las estatuas

Un grupo de manifestantes en el Capitolio de Kentucky, en Frankfort, exige al gobernador del estado, Matt Bevin, que quite una estatua del presidente confederado Jefferson Davis (al fondo), el 30 de agosto.
Un grupo de manifestantes en el Capitolio de Kentucky, en Frankfort, exige al gobernador del estado, Matt Bevin, que quite una estatua del presidente confederado Jefferson Davis (al fondo), el 30 de agosto. Getty Images

Algo curioso ha surgido en las últimas semanas que se presta a especulaciones y preocupaciones políticas. Me refiero a los incidentes ocurridos con estatuas de personajes sureños asociados con el gobierno confederado que se separó del gobierno de Estados Unidos en 1861 e inició la sangrienta guerra civil durante el primer período presidencial de Abraham Lincoln.

En su libro Decadencia y Caída del Imperio Romano (Decline and Fall of the Roman Empire), el historiador Edward Gibbon describió que los ciudadanos de Roma se daban a vandalizar o remover monumentos a líderes impopulares. Los historiadores bautizaron esto como “condenas de la memoria”. En los Estados Unidos de hoy, los trágicos eventos en Charlottesville, Virginia, han agudizado un esfuerzo de ese tipo para borrar la historia. Para citar solamente a la ciudad de Nueva York: el alcalde Bill Blasio ha dicho que considerará remover la estatua de Cristóbal Colón que fue instalada cerca del Parque Central en 1892. La vocera del Concejo Municipal, Melissa Mark-Viverito, ha expresado su apoyo por remover la estatua de Colón “el invasor”. El gobernador Andrew Cuomo le ha pedido al Ejército de Estados Unidos que cambie dos nombres de calles en Fort Hamilton nombradas en honor de dos graduados de West Point, Robert E. Lee y Thomas “Stonewall” Jackson.

Otras ciudades a lo largo del país –de Baltimore a Los Angeles– están removiendo estatuas de líderes y soldados confederados. Pero, como era de esperarse, la cosa ha ido más allá de los confederados. Vándalos causaron daños a una estatua de Abraham Lincoln en Chicago. Un pastor de Chicago quiere cambiar el nombre del Parque George Washington porque Washington tenía esclavos. Lo mismo con Thomas Jefferson. El reverendo Al Sharpton, siempre en busca de las cámaras de televisión, ahora se opone al Jefferson Memorial en Washington.

Yo deploro estas ideas. Esto es gobierno para el escenario. Antes que esto continúe, quizás debiéramos preguntarnos si las audiencias que apoyan estos actos de remover historia son grandes. Dos encuestas recientes por encuestadoras liberales muestran cuánto apoyo hay por la “guerra contra las estatuas”. El apoyo genera escepticismo. National Public Radio/Marist encontró que el 62% de los encuestados piensan que las estatuas honrando a líderes de la Confederación “deben permanecer como símbolo histórico”. Solamente el 27% quieren remover las estatuas. Es aún más notable que, por un margen de 44-40, los afroamericanos no apoyan el remover las estatuas.

Otra encuesta de Huffington Post en asociación con YouGov muestra que solo el 29% quiere remover los nombres de calles y edificios en honor de líderes confederados. Y el público está dividido en el significado de la bandera confederada –35% la ve como un ejemplo de orgullo sureño y 35% la ve como racista.

Ese es el problema con los monumentos: usted no puede controlar como la gente piensa sobre ellos. Pero si usted los elimina, está forzando a otros en como pensar. Ese es un civismo malo y un mal tributo a los esclavos y sus descendientes. Y no es apropiado para los que guían su comportamiento por decencia elemental y el discurso de Gettysburg.

Para los extremistas, vandalizar y remover estatuas puede ser la respuesta, pero esa actitud rechaza la generosidad y el espíritu de los grandes héroes de la guerra civil, Abraham Lincoln y el general Ulyses S. Grant. En especial Grant, quien se opuso vehementemente a que se juzgara al general Robert E. Lee por traición.

Para los que apoyan monumentos confederados, removerlos de parques y avenidas sería un golpe contra su herencia y memoria histórica. Y una cosa es, para una estatua, el ser meramente un lugar de desahogo para las palomas y otra es ser una causa de pelea para los neonazis.

El general Lee se opuso a la erección de monumentos inmediatamente después de la guerra. “Yo creo que es más sabio no mantener abiertas las heridas de la guerra, sino seguir el ejemplo de las naciones que se dedicaron a desaparecer las marcas del conflicto civil y los sentimientos que la guerra engendró”.

Después de Charlottesville, es hora de seguir su consejo.

AGonzalez03@live.com

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de septiembre de 2017, 6:51 p. m. with the headline "La guerra de las estatuas."

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