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Opinión

El trono de nieve

Esta semana se ha dado inicio a la tercera temporada de la serie Narcos en Netflix, ya en esta entrega sin el personaje que gracias a su mente siniestra e inteligencia criminal ha repletado la industria del espectáculo con su nombre: Pablo Escobar. En esta tercera temporada se trata del Cartel de Cali, que fueron los enemigos acérrimos de Escobar, y los que asumieron por un tiempo el reinado de la exportación de droga hacia los Estados Unidos, llegando a introducir al país más de 180 toneladas de cocaína al mes.

Aunque dueños de un cerebro delincuente tan violento como el de Escobar, los principales capos de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, en lugar de declararle la guerra al estado, se valieron de las ganancias de su negocio ilícito para afinar un poder de corrupción que los llevó incluso a financiar la campaña de Ernesto Samper, que eventualmente se convertiría en presidente de Colombia.

Después de los Rodríguez, vino el Cartel del Norte del Valle, y los de la Costa, y el de los Carrillo en México, o el de Sinaloa, o el Chapo Guzmán, o las AUC, o las FARC, y tantos, tantos otros, que, si Netflix continúa con sus entregas, tendrá seguramente para más temporadas que Juego de Tronos.

Y es que el “Trono de Hierro” de esta guerra no lo ostenta una persona contra la que conspiran otras personas, la reina indiscutible e imbatible de esta guerra no es alguien que venda o transporte o lave las ganancias de la venta de un producto, sino el producto en sí: la cocaína.

Después de la lista inagotable de asesinos que por desgracia en la cultura actual terminan en leyenda, después de que éstos acaban sus días encerrados en una fría celda o caen acribillados en un tejado, la coca sigue allí, pulcra como la nieve (una que no deshace el cambio climático), quizá hasta burlándose de cómo los gobiernos envían a sus mejores hombres a combatir a quienes la manipulan, pero se olvidan completamente de combatirla a ella.

La guerra contra los hombres y mujeres que negocian con la cocaína simplemente cambia de nombres, alias y rostros, pero mantiene intacta en su trono a la razón primaria de la existencia del combate. Extraña que una sociedad como la estadounidense, que tanto sabe de las leyes del mercado, se concentre más en unos cuantos vendedores, que en el éxito descomunal del producto que quieren derrotar.

Me pregunto si llegará el día en que nos libremos, al menos en Latinoamérica, de ese maldito flagelo que extiende sus tentáculos a toda la sociedad, ensangrentando y maldiciendo todo lo que toca, y dejando una estela de muerte y dolor, y caudalosos ríos de lágrimas de luto, todo para suplir dos placeres: el del tipo que se repleta durante algunos años de un poder adquisitivo que le da para comprarse casi todo, hasta que lo cosen a tiros sus propios socios o sus enemigos o la policía, y el del que está del otro lado, que aspira en el polvo blanco una euforia que lo hace creerse por encima de todo.

Lo confieso, en alguna época, a pesar de que vivía en el país que sufría en carne propia la psicopatía asesina de Escobar, a mí también me atrajo leer sobre su historia. Y también sobre la familia Gambino de Nueva York, en la que se basó una película que también vi muchas veces, El Padrino, que elegantizaba a los capos italianos personificándolos nada más y nada menos que en Marlon Brando, o sobre el tal “ajedrecista”, que era como llamaban al capo de Cali.

¿Pero ya no nos estamos pasando dándole tanto protagonismo a tanto asesino?

Escritor colombiano.

www.pedrocaviedes.com

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de septiembre de 2017, 3:59 p. m. with the headline "El trono de nieve."

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