Un pequeño ejemplo de coexistencia pacífica
Nueva York – Creciendo en Tucumán, una ciudad en el norte de Argentina, tuve la oportunidad de ver un pequeño ejemplo de convivencia pacífica y colaboración entre árabes y judíos. Me acordé de esa experiencia después de leer un artículo de Uri Avnery, uno de los principales activistas de la paz en Israel, sobre la necesidad de una narrativa de paz en Oriente Medio.
Tucumán, una ciudad de tamaño mediano en el norte de la Argentina, recibió numerosos inmigrantes (entre ellos mi padre) que fueron a esa ciudad a principios del siglo pasado, entre ellos, en particular, ciudadanos de países árabes. La ciudad también tenía una importante población judía.
En el centro de la ciudad había un tramo de varias calles llamado “la Maipú”, por el nombre de su calle principal. Lo que hizo esta parte de la ciudad tan inusual es que decenas de negocios de propiedad tanto de árabes como judíos existían allí y sus dueños coexistían pacíficamente. No recuerdo de un solo incidente de violencia entre ambas comunidades mientras vivía allí. En algunos casos, los dueños de las tiendas de ambas comunidades colaboraban entre sí debido a intereses comerciales comunes.
En la década de 1950, mi padre, junto con dos amigos, fundaron lo que llamaron el Ateneo Cultural Gibran Khalil Gibran, así denominado en honor del famoso escritor y poeta libanés, uno de los más famosos del siglo XX. Su principal objetivo fue la organización de conferencias de destacados oradores, como el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias y escritores argentinos como Ernesto Sábato y Ezequiel Martínez Estrada.
Debido al alto calibre intelectual de los conferencistas, estos eventos contaron con la participación de estudiantes, profesores y un público en general.
Muchas de las conferencias tuvieron lugar en la Sociedad Sirio Libanesa mucho antes del doloroso cisma entre los dos países. En ese momento, había un considerable malestar entre los directores de la Sociedad referido a la participación de intelectuales judíos en estas conferencias.
Sin embargo, debido a los incansables esfuerzos de mi padre, se permitió a estudiantes y profesores judíos participar en esos eventos, algo que nunca había ocurrido antes. En los casos descritos, los intereses comerciales y culturales permitieron a los árabes y a los judíos colaborar, superando la desconfianza que existía tradicionalmente entre ellos. Se había desarrollado una narrativa de interés común, que permitía una relación totalmente pacífica entre ambas comunidades.
Si una narrativa común pudo ser creada entonces, ¿por qué no se puede crear ahora en el Medio Oriente basado en la necesidad común de paz entre ambos pueblos? Creo que se puede, pero sólo si cada lado del conflicto es capaz de ver el otro en términos reales, no en los términos demonizadores habituales creados por décadas de antagonismo.
Uri Avnery, un destacado activista por la paz en Israel, argumenta que esta falta de un enfoque común es el obstáculo principal para la paz ahora en el Medio Oriente. “La reconciliación es imposible si cualquiera de los lados es totalmente ajeno a la narración del otro, su historia, creencias, percepciones, mitos”, argumenta Avnery. Y añade: “Sólo si los intermediarios norteamericanos, neutrales o no, entienden a ambos pueden contribuir a promover la paz”.
Continúo preguntándome si en mi ciudad natal, a miles de kilómetros del Oriente Medio, se encontró una narrativa común basada en intereses comerciales y culturales compartidos, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo ahora, sobre la base del objetivo más importante de la paz entre ambos pueblos?
Co-ganador del premio Overseas Press Club of America y dos premios nacionales de periodismo de Argentina.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de septiembre de 2017, 4:02 p. m. with the headline "Un pequeño ejemplo de coexistencia pacífica."