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Opinión

Un par de zapatos viejos

Luego de escuchar lo mucho que ha sonado en las últimas semanas la polémica sobre ciertos monumentos que han rendido homenaje a destacadas figuras del pasado, y de comprobar como los distintos puntos de vista sobre el asunto han cautivado los medios informativos en todas partes, me apresuro a redactar esta crónica, con el deseo de señalar que a pleno sol de Coral Gables, en una rotonda al fondo exacto de Sunset Drive (72 calle), donde convergen la entrada al reparto Coco Plum y las vías Old Cutler Rd. y Le Jeune Rd., hay un curioso parquecillo en el que se alza una escultura fuera de lo común, en cuya sorprendente historia puede hallarse la sustancia misma de la actual polémica, porque el parquecillo todo representa una contundente crítica a las tropelías que a través de los años cometieron los conquistadores de América, a la vez que simboliza un hermoso canto a la amistad.

Supe por primera vez de este monumento hace alrededor de quince años, una mañanita de julio, cuando llevaba a mi nieta mayor (niña entonces) a su nueva escuela. Bordeábamos el mencionado parquecillo para dirigirnos hasta la US1 bajo un techo de ramas entrelazadas armoniosamente a uno y otro lado de Le Jeune Rd.

“¿Qué hacen ahí esos zapatos tan raros, pá?”, preguntó mi nieta, y los señaló con la barbilla. Por primera vez puse atención correcta a aquel par de zapatos de algo más de un metro de ancho por otro de alto, aparentemente esculpidos en piedra.

“No tengo la menor idea”, tuve que admitir, intrigadísimo por el origen de la escultura. Por supuesto que regresé a la rotonda después de dejar a la niña en el colegio. Y, luego de copiar un par de fechas anotadas en la base del monumento, y de preguntarle si sabía de los zapatos a una pintoresca dama que cargaba un gato blanco y gordo con un cascabel al cuello, sin recibir otra respuesta que la señal de un dedo apuntando a una placa que decía “Plaza de Cartagena”, tuve la impresión de que todos los que visitarían el lugar esa mañana estarían tan despistados como yo sobre el asunto, y decidí acudir a la alcaldía (City Hall), donde me informaron amablemente que el misterioso monumento fue inspirado por un soneto de un destacado poeta colombiano llamado Luis Carlos López, y que Coral Gables está considerada hermana de Cartagena de Indias por poseer similares estilos arquitectónicos. El monumento a los zapatos fue esculpido en 1979, como gesto definitorio de la hermandad de ambas ciudades. El soneto, titulado “A Mi Ciudad Nativa”, dice:

“Noble rincón de mis abuelos: nada/ como evocar, cruzando callejuelas,/ los tiempos de la cruz y de la espada,/ del ahumado candil y las pajuelas.../ Pues ya pasó, ciudad amurallada,/ tu edad de folletín… Las Carabelas/ se fueron para siempre de tu rada.../ ¡Ya no viene el aceite en botijuelas!/ Fuiste heróica en los años coloniales,/ cuando tus hijos, águilas caudales,/ no eran una caterva de vencejos./ Mas hoy, plena de rancio desaliño,/ bien puedes inspirar ese cariño/ que se la tiene a los Zapatos Viejos…

Confieso que salí de la alcaldía muy complacido por la información, hasta que en la puerta, una señora que me había escuchado preguntar antes, decidió decirme que estaba segura de que los zapatos del parquecillo tenían que ver con una india relacionada con la fundación de Cartagena precisamente, y se excusó, por no recordar otros detalles. Como sus palabras, lejos de aclarar la historia, la enredaban más, decidí acudir al consulado de Colombia, situado también en Coral Gables. Al fin y al cabo disponía de tiempo y del bendito cosquilleo de la curiosidad.

La historia por orden cronológico es la siguiente: transcurrida la segunda década del Siglo Dieciséis, Diego de Nicosia (posiblemente el primer español en explorar las costas de Cartagena) secuestró a una niña aborigen porque le pareció muy linda y se la llevó tranquilamente a Quisqueya (La Española), donde la bautizó como Catalina y le dio excelente educación. Años más tarde, cuando el conquistador Pedro de Heredia (buen amigo de Nicuesa) decidió fundar Cartagena (1533), Catalina era ya una adolescente hermosísima, que además de escribir con soltura el idioma castellano, había asimilado toda forma de vida de su “protector”. Por supuesto que muy pronto se convirtió en guía y pacificadora de los hombres de su raza, en una especie de Malinche colombiana. Muchos años después, ¡siglos!, alguien decidió honrar a Catalina en una estatua de bronce. En la escultura la muchacha aparece erguida sobre la punta de los pies, con la vista alzada hacia el horizonte y mostrando su belleza a plenitud, cubierta apenas por un pedazo de tela ajustado sobre las íngles, y una pequeña pluma en la cabeza. La relación de Catalina con los zapatos viejos surge con la muerte, en 1951, del poeta Luis Carlos López. La ciudad decidió encargarle la elaboración de un busto de López al destacado escultor Héctor Lombana, para colocarlo muy cerca de la estatua de la india Catalina. El escultor, que consideraba a Catalina como una indigna traidora a su puebo, lo rechazó rotundamente, alegando que sería tan insultante para el poeta, que sus huesos se estremecerían en la tumba. Sugirió hacer un monumento a los propios zapatos que el autor utilizó como símbolo en su soneto a Cartagena. La sugerencia fue aceptada y hecha realidad en 1956. A poca distancia de la figura bronce de la india Catalina, un par de zapatos viejos se convirtieron en el monumento que veintitrés años después el propio Lombana reprodujera en el parquecillo de Coral Gables.

Actor, director y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de septiembre de 2017, 2:02 p. m. with the headline "Un par de zapatos viejos."

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