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Opinión

Mi primer huracán

La verdad que miento al escribir que el huracán Irma es mi primer huracán porque el año pasado viví Mathew, que terminó en nada, unas lluvias y unos vientos y poca cosa mas. Los huracanes son así, alborotadores, imprevisibles, alarmistas como muchas relaciones amorosas. Yo los veo como otro ejercicio de integración mas, educándome en las maneras y peculiaridades de vivir en el sur de la Florida en una etapa apocalíptica.

Igual que con Mathew, el año pasado, observo que la televisión, las redes sociales, prensa escrita y radio se transforman en voceros y perpetradores de una histeria que se vuelve obsesiva y casi más peligrosa que el propio huracán. Nos acostumbramos a tener la televisión encendida, escuchando reportes, predicciones, cambios de trayectoria y categorías y en un momento dado, no podemos estar sin esa compañía. Sin estar pegados al televisor, a nuestros móviles. Ya los consultamos y hurgamos insistentemente sin huracanes; cuando asoma uno, esa esclavitud a la que nos hemos sometido se hace aparentemente necesaria y entonces se abren las compuertas del alarmismo, de la manía. Las máquinas nos dominan y la clara tendencia norteamericana a la tensión, la alarma, la aplicación del miedo como método de control, se hace mayúscula y nos traga, nos inunda, nos ahoga mucho más que la errática catástrofe natural.

También me asombra como se plantea la evacuación. Es una orden, manifestada por un alto cargo y donde se subraya que no es una obligación sino una decisión propia. Creo que subrayan esto para no enfrentar el hecho de que aunque exigen evacuación no existen centros de acogida o refugios. Al exigir la evacuación con varios días de antelación, los gobernantes sienten que actúan como de primer mundo, desarrollados pero ocultando que no han ejecutado ninguna política de ayuda social o gubernamental. No hay refugios, la evacuación pasa a ser una iniciativa privada, costeada por tu propio bolsillo. Igual que sucede con la salud, si no tienes dinero, tu opción es definitiva: cagar en vez de evacuar y, como dirían muchos latinos, pal carajo.

La aerolínea norteamericana con las mismas siglas que Alcohólicos Anónimos, AA, canceló 400 vuelos el jueves desde el aeropuerto de Miami. El mío para salir a España vía Filadelfia, una ruta de por sí insólita, estaba entre esos vuelos y tras mucha espera, la agente que me atendió en inglés no ofreció ninguna opción sino la cancelación. Cancelar, hasta donde yo entiendo, es definitivo, no podría clasificar como una opción. La antipatía y amargura de la agente, una triple AAA, me hicieron pensar que ni aun hablando en inglés eres alguien considerable en Estados Unidos.

Así que he decidido quedarme en mi edificio en la playa. Uno de mis vecinos favoritos, un elegante caballero nacido en la costa este, me dijo en el lobby que mi decisión era la más sana. “Si quedamos sin electricidad, nos reunimos todos aquí abajo. Estaremos a salvo”, insistió, ofreciéndome uno de esos abrazos que ves en las películas cuando se reúnen miembros de las fraternidades. Y me he pasado toda la mañana del jueves escuchando los anuncios por los altavoces que aquí colocan en todas las unidades, que les dan aun más aire de celdas. Y así como escribía y escuchaba esas amenazantes megafonías, miraba hacia el océano, tan descaradamente tranquilo que llegué a pensar que se trataba de un sofisticado sistema de tortura. Desequilibrarte con lo real y lo imprevisible reiterando alarmas delante de un paisaje tranquilo. Reconozco que me sentí como el capitán Ahab, el héroe de Moby Dick, esperando morir atado al timón.

Escritor y presentador venezolano.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de septiembre de 2017, 6:45 a. m. with the headline "Mi primer huracán."

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