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Opinión

GUILLERMO ARIAS, S.J.: Sin ti, ¡nada!

Cortesía

Para muchos el cristianismo es algo asociado sobre todo con la muerte. Cuando les invitan a una boda o un bautizo se excusan de la ceremonia, pero aclaran que irán a la fiesta. Como para un funeral no hay más remedio que hacer acto de presencia, el buen cura intentará recordarles en algún momento a los presentes que tendremos que darle cuentas a Dios por todo lo que hicimos, o dejamos de hacer…

Probablemente, nadie más lo intente. En nuestros días, sufrir no está de moda y morirse es una desfachatez. Pero lo de echar al viento o al mar nuestras cenizas sigue en boga. Como, si así no más, pudiéramos despachar nuestras cuentas.

Por eso se me ocurre que si este Viernes Santo nos sirviera para devolverle a nuestra muerte su terrible interrogante ya logramos mucho. Al finalizar unos buenos Oficios de Viernes Santo, regresamos a nuestras casas impresionados. Es Dios quien se nos ha muerto. Cristo Crucificado no es tanto el recuerdo de una injusticia como la constatación de un romance que continua taladrando la historia. Ante Jesús Crucificado, cada hombre se queda a solas y recibe la noticia de lo exageradamente importante que ha llegado a ser para Dios.

¿Y el que no asiste a la Iglesia? Que siga engañándose con eso de que largando al viento sus cenizas todo quedará resuelto… En realidad, el interrogante que la muerte abre ante nosotros estaría todavía sin respuesta si no fuera porque –aún los alejados– se han enterado de que pasado mañana celebramos la Resurrección del Señor. Todavía de noche, unas mujeres de Jerusalén, incapaces ya de esperar por más, saldrán de sus casas temprano en la madrugada y atravesarán las sombras. De repente un terremoto sacudirá la tierra, y un ángel con aspecto de relámpago las saludará con mil voces en una: “¡Ha resucitado!”. Todavía escuchamos el eco.

Pero hoy la palabra que escuchamos es: “Miren el árbol de la Cruz. Lo haremos. Mirar a Jesús Crucificado y no apartar de Él nuestros ojos hasta volver a enamorarnos y rendirnos ante tan exagerado derroche de compasión y ternura para nosotros, los redimidos, siempre es dulcemente urgente. Al igual que dejar que se haga silencio, dejar que Dios muera para enseñarnos a morir a todos nuestros desamores. Notar cómo ha quedado su sagrado Costado abierto de par en par.

Por esa brecha nos podemos precipitar ahora hacia la Vida que recobramos gracias a su Cruz, dolores y Muerte. Los problemas con que nos adentramos en Semana Santa siguen ahí: Cáncer, fracasos, carencias, soledades… La diferencia está en ¡ya no pueden matarnos! Ahora nos empujan hacia Cristo Resucitado.

Desde hace veinte siglos Cristo ocupa el trono de la Cruz. El trono de gloria, en cambio, parece abandonado dado que el Señor no ejerce su poder sobre los violentos sino que los llama a conversión desde el Madero. Por eso, los hombres profanamos su trono glorioso sentándonos en él a juzgar, condenar e imponernos…Pero cuando venga en su gloria el Hijo del Nombre, se sentará en su trono de gloria” (Mt 25, 31). “Entonces desalojará de allí a todos los soberbios, violentos, bellacos y egoístas”. Entonces nos juzgará. Pero, cuando lo haga – no lo dudes – sabrá recordar a todos los que honramos el trono de su Cruz enamorada.

¿Dónde saciaremos nuestra sed, Jesús, si no es en la fuente que mana sangre y agua desde tu pecho? ¿Dónde encontraremos refugio sino en tus cinco sagradas llagas?

Un día antes de morir, después de diez años de heroica diálisis, Martín Descalzo dictaba estas espléndidas líneas: Sin Ti, el sol es luz descolorida. / Sin Ti, la paz es cruel castigo. / Sin Ti, no hay bien, ni corazón amigo. / Sin Ti, la vida es muerte repetida. // Contigo el sol es luz enamorada / y contigo la paz es florecida. / Contigo el bien es casa reposada // Si me faltas Tú, no tengo nada: // ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida…

Sacerdote jesuita.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de abril de 2015, 2:00 p. m. with the headline "GUILLERMO ARIAS, S.J.: Sin ti, ¡nada!."

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