ARIEL HIDALGO: Populismo, comunismo y neoliberalismo
El “populismo” es una opción política que plantea como fin la justicia social y la soberanía, pero en realidad tiene como objetivo más frecuente preservar el poder político con el apoyo de los sectores más desfavorecidos. Por eso para el sociólogo alemán Ralf Dahrendorf, el populismo es un término peyorativo, porque de lo que se trata entonces es de demagogia, y “un gran repertorio de métodos”, como un liderazgo carismático y un discurso donde predomina lo emocional sobre el sentido práctico para la movilización popular. Por tanto, el apoyo popular se antepone a toda previsibilidad económica sin importar las consecuencias, como ahuyentar a los inversionistas con una retórica antielitista y antimperialista e implementar ambiciosos planes de seguridad social sin una economía sustentable. El papel del Estado se sobredimensiona en el ámbito económico.
En Latinoamérica ejemplos de populismo clásico fueron en el siglo XX los de Lázaro Cárdenas en México; Juan Domingo Perón en Argentina; y Getulio Vargas en Brasil, entre otros. En el siglo XXI, tras los fracasos de las políticas neoliberales y un caldo de cultivo de corrupción política, cansancio por la ineficiencia de los partidos tradicionales e indolencia ante las demandas insatisfechas, el populismo ha retornado bajo la forma del “Socialismo del siglo XXI”. Este es el título del libro de Heinz Dieterich Steffan en 1996, recetario que luego Hugo Chávez, siendo ya presidente de Venezuela, proclamó en el 2005 desde el V Foro Social Mundial: democracia participativa, desarrollismo democrático regional, economía de equivalencias (basado en recursos equitativos) y las organizaciones de base, pero que Chávez no siguió al pie de la letra. En sus inicios, los regímenes populistas mejoran la situación de los más necesitados con proyectos de seguridad social, pero posteriormente, las consecuencias son el déficit, la inflación, el endeudamiento y el desabastecimiento de la población entre otros males, por lo que el saldo final es más bien un mayor empobrecimiento de los sectores que originalmente se pretendía favorecer. Chávez, en Venezuela, no fue mejor que Maduro. Uno cosecha lo que el otro sembró.
Los comunistas han criticado a los populistas porque supuestamente intentan favorecer a los más necesitados sin pretender poner fin al sistema capitalista. Sin embargo, los populistas tienden a crear los cimientos del comunismo en el sentido en que hoy se entiende popularmente el término, el centralismo totalitario nacido en la Unión Soviética bajo el férreo control de Stalin, diametralmente diferente de la concepción de los teóricos socialistas y anarquistas del siglo XIX – incluido Marx –, quienes concebían al comunismo como una sociedad sin Estado ni clases sociales. Como dijera otro sociólogo, Maximiliano Korstanje, “el populismo sienta las bases para el gobierno totalitario, pues incapacitado para crear confianza en los mercados internacionales y en la búsqueda de legitimidad necesaria para funcionar, debe intervenir en los otros poderes”. Por otra parte, hay mucho en común entre ambos modelos: la política intervencionista, el Estado como monopolizador de bienes de producción, gastos en seguridad social y otros proyectos ambiciosos sin medir consecuencias económicas y la perpetuación en el poder de un líder carismático. Podría así afirmarse que un régimen comunista no es más que un populismo llevado hasta sus últimas consecuencias.
El peor enemigo ideológico tanto del populismo como del comunismo es el liberalismo. Nacido contra los regímenes absolutistas, aboga por las libertades individuales, el Estado de derecho, la separación de poderes y la libertad económica, en particular la defensa de la propiedad privada. Encarna, en suma, el ideal de la libertad. Sin embargo, una corriente de liberalismo económico del siglo XX, inspirada en los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que asume la defensa a ultranza del laissez fair (dejar hacer) y del capitalismo, que aboga por drásticas reducciones del gasto público e intervención del Estado a favor del sector privado, que critica las restricciones de los Estados a la libre empresa, pero no las que imponen los grandes consorcios, denominado peyorativamente como neoliberalismo, es considerado como ideología del capitalismo monopolista privado, así como el comunismo es la ideología del centralismo monopolista de Estado.
Giulio Santosuosso alertaba sobre dos confusiones conceptuales: identificar socialismo con estatismo e identificar liberalismo con capitalismo. El socialismo debe dejar de lado el estatismo, y el liberalismo dejar el capitalismo. Sólo después será posible una alianza entre socialismo y liberalismo. No está mal. Al concepto de libertad económica, unir el de justicia social.
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Esta historia fue publicada originalmente el 2 de abril de 2015, 3:00 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: Populismo, comunismo y neoliberalismo."