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Opinión

¿Quién llama a la puerta?

Michael Bernard, del Departamento de Bomberos del condado Monroe, corta un árbol caído en un camino de Cudjoe Key, el 13 de septiembre. Los Cayos de la Florida no tienen agua potable, electricidad ni servicio telefónico móvil.
Michael Bernard, del Departamento de Bomberos del condado Monroe, corta un árbol caído en un camino de Cudjoe Key, el 13 de septiembre. Los Cayos de la Florida no tienen agua potable, electricidad ni servicio telefónico móvil. AFP/Getty Images

El ser humano, a diferencia del resto de las especies, ha ido construyendo un entorno totalmente diferente de aquel en que nació: calles, edificios, aceras, carreteras, vías férreas, puertos, aeropuertos, plantaciones, todo esto transitado por máquinas motorizadas –terrestres, marítimas o aéreas– por solo mencionar lo más visible; y en su vida cotidiana, sumergido en una telaraña de redes de comunicación y –paradójicamente– de incomunicación, como es la radio, la televisión, el cine el celular, y las computadoras, que le informan de lo que pasa al otro lado del mundo en el mismo instante en que ocurren, pero que también le hacen vivir múltiples realidades virtuales. Los diferentes dispositivos celulares se han convertido en una especie de droga tan adictiva que imposibilita al adicto pasar ni siquiera quince minutos sin su uso. Ese mundo artificial se ha extendido a costa del detrimento de la Madre Naturaleza.

Hemos ignorado a nuestra Madre y nos hemos creído superiores a ella. Y le hemos ido robando espacio hasta arrinconarla.

Y de pronto, un día, la realidad toca a nuestra puerta. Encendemos la televisión y no hay señal. Luego nos quedamos sin luz eléctrica y todos los aparatos electrónicos dejan de funcionar. Acudimos al celular para informarnos, pero es inútil. No hay red. Tampoco podemos salir a la calle con nuestro auto, no sólo porque el viento y la lluvia azotan con furia nuestras ventanas, sino porque además, las calles se bloquean con ramas y árboles caídos.

¿Qué ha pasado? Pues que el calentamiento de los mares por uso indiscriminado de gases invernaderos, ha ido generando, uno tras otro, tormentas tropicales y huracanes devastadores con el resultado de destrozos e inundaciones. La Madre Suprema ha dicho: “¡Aquí estoy yo!”

Pero entonces algo nuevo comienza a suceder. Los fuertes vientos han derribado las cercas y una vez que la lluvia y el viento han amainado, el vecino, ese al que apenas conocíamos, se acerca, porque su patio y el nuestro se han convertido en uno solo, inmenso. Y juntos comenzamos a reparar todos los destrozos. Y cuando termine la tarea conjunta, ya con el cielo despejado, pero sin celular ni televisión, sin saber cómo poner fin al aburrimiento, recordamos el libro que habíamos pensado leer hacía mucho y que dejamos abandonado en un librero ya polvoriento.

Las cercas volverán a levantarse. La televisión volverá a verse y las redes de celulares y computadoras retornarán a la “normalidad”. Pero la Madre ha dado un aviso más, quizás uno de sus últimos avisos.

Escritor e historiador.

Concordiaencuba@outlook.com

Esta historia fue publicada originalmente el 14 de septiembre de 2017, 2:46 p. m. with the headline "¿Quién llama a la puerta?."

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