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Opinión

Días de descubrimientos

Desde que las tres famosas carabelas zarparon de la Villa de Palos el viernes 3 de agosto de 1492, todos los tripulantes habían sido informados de que los reyes Fernando e Isabel ofrecían la atractiva suma de diez mil maravedíes al primero que divisara tierra en aquella travesía marítima que llevaba entre sus objetivos fundamentales descubrir una nueva ruta hacia la India, de donde procedían esas curiosidades aromáticas llamadas pimienta, azafrán, clavo, etc., tan sabrosas para condimentar como difíciles de conseguir en tiempos que los turcos dominaban los caminos comerciales que conducían al Lejano Oriente.

En el viaje, que casualmente culminó otro viernes a los dos meses y nueve días de iniciado, quedaron escritos muchos detalles y otros muchos merecen suponerse, cosa que habitualmente no se hace. “Esta tierra vido primero un marinero que se dice Rodrigo de Triana”, anotó el Gran Almirante en su diario con cierto tono peyorativo, aunque aquel marinero era nombrado Rodrigo por bautismo, Rodríguez por paternidad, y de Triana por haber nacido fortuitamente en ese barrio sevillano situado a orillas del Guadalquivir.

Se supone que Rodriguito, excedido de tragos y reyertas, recibió el castigo de encaramarse todo aquel 12 de octubre en la atalaya de la arboladura de La Pinta (al frente por ser la más velera), y que ya de noche, cuando vio parpadear luces rojizas a lo lejos, que parecían danzar, alertó a sus compañeros vociferando “¡tierra!”, y quién sabe cuántas otras palabrotas no recogidas por la historia, pero sin dudas repetidas en la oscuridad por los tripulantes de las tres embarcaciones. Asombrosamente no era la primera vez que ocurría lo mismo durante el viaje. Está escrito que el martes 25 de septiembre el capitán de La Pinta, de nombre Martín Alonso, gritó también la añorada palabra, y que todos ofrecieron gracias al Señor hincados de rodillas y derramando lágrimas.

Para más asombro todavía, también está escrito que días más tarde, siendo domingo 7 de octubre, tripulantes de La Niña tiraron lombardas al ver algo confuso en lontananza que semejaba un conjunto de elevaciones boscosas, y no faltaron los gritos y rezos impresionantes. En el primer caso a don Martín le había engañado un montón de celajes agrupados en el horizonte, y en el segundo, el espejismo fue provocado más que por la imaginación, por los miles de maravedíes de recompensa cercanos, porque ya a esas alturas habían aparecido yerbajos muy verdes flotando, aves muy blancas volando, y hasta cangrejos muy vivos enredados en bejucos arrastrados por el mar.

Sabido es que después de la certeza de lo anunciado por el vigía trianense vino lo del desembarco en Guanahaní (actual Watling, Bahamas), donde vieron aborígenes desnudos e huidizos, a los que comenzaron a llamar “indios”. Porque a la India creían dirigirse, y ya tal mote de les quedó para siempre a los taínos y a los muchísimos pobladores que vivían o surgirían posteriormente, en el extenso y aún no bautizado Nuevo Mundo.

Dos semanas después

Seguramente bastante habría que contar (y suponer) desde que las carabelas dejaron las costas salvadoras de Guanahaní y se dirigieron a una tierra hermosísima cercana a la que “los indios” llamaban Colba (así sonaba en los oídos de los españoles), y que en opinión del Almirante era Cipango (así le decían entonces a Japón).

Ese sábado 27 de octubre cuando, según se afirma, entre un paraje milagroso con gigantescos árboles de verde intenso mezclado con un azul luminoso de cielo y mar, apareció el paraíso anunciado, y el Almirante expresó conmovido una famosísima frase. Pero lo indiscutiblemente comprobado es que todos bajaron a la playa en esa zona que hoy llamamos Gibara, con las armas, cachivaches y estandartes adecuados y tomaron posesión de aquella sorprendente tierra en pro de la Real Corona de Castilla, y nadie sabe cuántas horas después el Almirante escribió en su diario cosas así: “Toda esta mar parece que debe ser siempre manda como el río de Sevilla é el agua aparejada para criar perlas”, sin sospechar que si por pura habitualidad de ese mes se llega a desatar una tormenta tropical, por muy suave que soplaran los vientos (no tenían que proceder de una Irma o una María), pocas posibilidades le hubiesen quedado de obtener sus metas. En otro párrafo agregó: “Nunca más fermosa cosa vide. No podría cansar los ojos de ver tanta lindeza. Es aquesta tierra la más fermosa que ojos han visto”, cosas que, lógicamente, pudo haber expresado antes con palabras.

Al parecer en esos momentos todos los capitanes españoles se sintieron seguros de estar en tierra muy firme y extendida hacia el norte. El Almirante envió un grupo de hombres guiado por los castellanos Luis de Torres y Rodrigo de Jerez a explorar los bosques cercanos. Y, de ser posible, comprar comida a “los indios” a cambio de broches, cuentas de vidrio y chucherías parecidas. Regresaron en menos de tres días afirmando haber encontrado un pueblecillo muy limpio, de unas cincuenta casas, habitado por gente que los confundió con seres encantados, por lo que fueron paseados en alto, besándoles manos y pies.

Aunque en el diario no agrega más, ni siquiera cuándo se enteraron de que el lugar se llamaba realmente Cuba (no Colba como se mencionó hasta ese día), es correcto suponer que aquellos navegantes, muchos con abultadas hojas penales y sin contactos femeninos en los últimos meses, se excedieran con las hembras taínas, quienes además de considerarles dioses, andaban como Dios las trajo al mundo: “Desnudos todos, ombres é muxeres, como su madre los parió”, advirtió el Gran Almirante en su diario.

En cuanto al de Triana, que regresó a España con la certeza de ser el propietario legal de la realísima recompensa ofrecida por los monarcas católicos, sufrió la mayor decepción de su vida al enterarse de que el Gran Almirante cobró los célebres maravedíes del premio y se los apropió, como si él hubiera sido el primero en divisar la memorable luz que cambiaría el destino del mundo. Tal berrinche agarró Rodriguito, que fue a parar a las colonias de África, donde terminó sus días hecho ¡TIERRA! Precisamente, como si la propia palabra quisiera ajustarle cuentas por haberla usado para meterse caprichosamente en tan sonados acontecimientos históricos.

Actor, director y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de octubre de 2017, 7:33 p. m. with the headline "Días de descubrimientos."

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