Carta abierta al presidente Trump
Es más que probable que quienes lean esta columna se molesten, sin importar si son partidarios republicanos o demócratas. Y es esperable que usted mismo, Mr. Trump, se incomode –por decir lo menos– con lo que le parecerá una intromisión insolente en asuntos puramente estadounidenses. Así es, prima facie. Pero voy a historiar la osadía: Este columnista escribió en El Nuevo Herald el 11 de noviembre de 2016, a tres días de las elecciones, “un presidente que por generar tanta inseguridad a su propio país se verá ante la grave necesidad de renunciar a tan alta investidura”. Una opinión arriesgada, señor Presidente, pero basada en sus dichos, sus promesas, sus contradicciones, sus amenazas, sus desprecios, durante la campaña electoral que le permitió derrotar a Hillary Clinton. Y durante el ejercicio del poder en la Casa Banca desde el 20 de enero.
Sin duda, su presidencia les concierne a los ciudadanos de ese país de la América del Norte. Pero las acciones y omisiones del ocupante de la Casa Blanca, no se dirigen sólo a los estadounidenses: Usted mismo, señor Presidente, se siente estadista mundial. No hace falta sino repasar los asuntos en los que su palabra sonó fuerte y blandiendo autoridad. En la Unión Europea, en la NATO, en la propia sede de Naciones Unidas, por ejemplo.
Usted ha expresado, el día en que se iniciaba el 72º período de sesiones del organismo. Lo ha hecho con firmeza, con determinación, mostrando a presidentes y jefes de estado de las naciones integrantes de la ONU, que dirige los destinos del país más importante de la tierra. El más importante por su primacía en lo económico, en lo político y fundamentalmente en lo militar. Con esa firmeza y determinación llegó a proferir amenazas contra Corea del Norte en palabras que no dejan dudas de sus intenciones. Especialmente cuando se toma en cuenta lo actuado por usted al bombardear Afganistán y Siria, sin siquiera autorización del Congreso, a menos de cien días de iniciar su mandato. Pero su discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas el 18 de setiembre enciende la mecha de un explosivo futuro que afectaría a Corea del Norte, USA y una buena parte de la Humanidad. Porque cuando usted, señor Presidente, dice: “Tenemos una gran paciencia pero si nos vemos obligados a defendernos o a defender a nuestros aliados, no tendremos otra opción que destruir totalmente a Corea del Norte” está profiriendo una amenaza que, se sabe, no escatimará a la hora de los hechos el uso de bombas nucleares. He leído declaraciones de su biógrafo Tony Schwartz, que dijo: “Trump terminará por renunciar frente a la posibilidad de un impeachment que procurará destituirlo”.
Un eventual ataque a Corea del Norte, pese a los cientos de justificativos que seguramente con voz tonante usted intentaría esgrimir, habrá encendido un infierno nuclear que ni usted, señor Presidente, ni nadie, podrá apagar ni detener. La naturaleza misma de la “guerra nuclear”, sea que se inicie preventivamente, en defensa o como ataque, pone en escena todos los fuegos. Todos. Por decisión de sus amos y por desencadenamiento en progresión porque nada habrá, ni tiempo ni tácticas, para frenar –como lo dije– la estampida nuclear.
Hace casi cuatro décadas, Carl Sagan, el reconocido astrofísico estadounidense, contribuyó con otros científicos del mundo, como lo expresé en anteriores columnas periodísticas a una clara definición: “Ya no es cierto que una guerra nuclear sólo dejaría secuelas en los países beligerantes” […] “ya no podemos imaginar que las naciones alejadas del conflicto puedan simplemente olvidarse de la guerra y heredar un medio ambiente libre de las consecuencias políticas de las grandes potencias. Parece mucho más probable que para la guerra nuclear no existan santuarios sobre la Tierra”.
Nosotros, los que no participamos obviamente de la decisión de sus bombardeos, en cualquier lugar del planeta, somos víctimas potenciales de una guerra nuclear, donde quiera se encuentre su foco y sus repeticiones –decididas o automáticas– desde el sistema que configura el emplazamiento de los misiles nucleares. Esa segura y no querida condición de víctimas potenciales en una guerra nuclear, que somos todos los seres humanos de la Tierra, legitima la petición que le hago en este momento: renuncie, señor Presidente. Renuncie antes de que sea demasiado tarde. Para usted, para su país, para el planeta.
Ciudadano del mundo.
Periodista argentino.
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de octubre de 2017, 7:00 p. m. with the headline "Carta abierta al presidente Trump."