Opinión

El sexo y el poder

A la gran mayoría de hombres y mujeres –siempre hay excepciones– les gusta el sexo. Es parte del instinto humano. Rara es la persona que al ver alguna imagen erótica no sienta el cosquilleo del deseo en la entrepierna. Entre adultos, con pleno consentimiento de ambos, es válido todo lo que enseña el Kamasutra, y más. Si a las relaciones íntimas se les une el amor, pueden resultar en la experiencia más hermosa entre una pareja.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo, han existido personas, casi siempre hombres, con desviaciones sexuales. Para algunos, el placer va unido a la excitación producida al causar dolor al otro. Además del sadismo, existe la pedofilia, que es el gusto por fantasías o actos sexuales con niñas o niños, casi siempre entre 10 y 13 años de edad. Otros hombres disfrutan de unirse a prostitutas. A diario hay mujeres forzadas. Los violadores se convierten a veces en asesinos en serie. Lamentablemente, en nuestro siglo XXI, el secuestro de mujeres obligadas a prostituirse representa un flagelo en muchos países. El sexo, que es parte integral de la naturaleza humana, lleva también a la degradación más torcida y baja.

Los escándalos sexuales abundan en las noticias. Quizás ahora se descubra este tipo de conducta más a menudo porque la privacidad se hace más difícil. Muchas veces queda una grabación, un video, una foto. También, las mujeres se atreven a más, y a la larga, una de ellas habla, denuncia, y le da el valor que necesitan a otras víctimas para contar sus historias.

Tal es el caso de Harvey Weinstein, el magnate de Hollywood, acusado por un creciente número de mujeres de abuso sexual, violaciones, y condicionar el éxito de las carreras de las actrices a los favores sexuales que le ofrecieran. A la gravedad de estas denuncias, se suma una realidad tal vez más cruel: el silencio cómplice de Hollywood sobre las perversidades del poderoso productor. Incluso algunas actrices famosas, a quien Weinstein hizo avances sexuales pero que pudieron escaparse de él, se han mantenido calladas por años, cuando sin duda tenían que saber que otras mujeres menos afortunadas habrían sido sus víctimas. Weinstein contaba con el poder para hacer y deshacer carreras en la industria cinematográfica y lo utilizaba con vileza.

Porque de eso se trata: de emplear una posición de poder para aprovecharse de mujeres, muchas veces jóvenes, indefensas, con el sueño de triunfar, que no saben cómo responder en una situación que al principio les parece imposible que esté sucediendo, y de la que luego no logran escapar. En ocasiones la vergüenza no les permite contarlo; otras veces piensan que no las creerán, como ha sucedido en demasiadas ocasiones.

Lo voy a narrar. Me sucedió una vez, no con Weinstein, naturalmente, sino con una personalidad de Miami, ya fallecida. Yo vivía en las afueras de Washington, y tendría unos 32 años. Este hombre –bastante mayor que yo, y por cierto, feo– viajó a Washington por un asunto relacionado con mi trabajo. Me pidieron que lo ayudara con una traducción. Me citó en una oficina en el centro a las cinco de la tarde. Me molestó conducir en el tráfico de la hora pico y tener que hacerle el favor en horas no laborales, pero nada sospechaba. Todos se iban marchando cuando llegué al lugar. Por fin salió el personaje y me hizo pasar hasta el fondo. En menos de dos minutos lo tenía arriba de mí manoseándome y tratando de besarme. Tuve que usar toda mi fuerza física para defenderme y hasta darle un empujón. Logré correr hasta la puerta de salida. Nunca me he sentido más humillada y asustada. Sin embargo, no se lo conté a nadie. Años después en Miami tuve amistad con un matrimonio, también ya fallecido, íntimos de este hombre y su esposa, que hablaban maravillas de él. Hoy lamento que nunca les conté mi experiencia con su amigo, aunque me pregunto si me hubieran creído.

Mi caso no tuvo consecuencias serias. Lo narro como ejemplo de que todas las mujeres estamos expuestas a este tipo de situaciones, en ocasiones en los momentos más inesperados.

¿Por qué hay hombres que utilizan su poder para abusar de las mujeres? ¿Por qué existe una cultura que mantiene un silencio cómplice ante estas ofensas? ¿Son suficientemente severas las leyes para castigar esta forma de explotación? A las mujeres nos toca denunciar siempre, aun a riesgo de que no se nos crea, y ser solidarias unas con otras. El caso de Harvey Weinstein no es aislado. Los escándalos sexuales son demasiado frecuentes, y me temo que hay muchos abusos de los que ni siquiera nos enteramos. Es una verdadera vergüenza.

Escritora y periodista cubana.

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