Opinión

Una semana en España

Mi hermana Valentina me llamó por teléfono para desearme buen viaje a España y, de paso, dejarme saber su opinión acerca del escándalo Weinstein: “Es asqueroso”, empezó. “Ojala se destape todo y salgan a la luz todos los que son como el y todos los que le encubrieron”. Intenté suavizar el tono diciéndole que al menos Tarantino ha reconocido que sabía de los abusos de poder y acosos sexuales del productor pero que no había encontrado el momento de airearlo. “Pues ha hecho muy mal, Tarantino, hermano”, insistió Valentina. “¡Ustedes son hombres! A ti nunca te pasará, sentir miedo de ir a tu oficina, al supermercado, al doctor porque te pueda pasar algo. Todas las mujeres, aunque no podamos reconocerlo estamos expuestas a que nos suceda algo indeseable. Y el machismo lo tolera, seas americana, latinoamericana, afroamericana o lo que sea”.

Llegué a Madrid a preguntárselo a mis compañeras en la radio Onda Cero, donde colaboro dos veces a la semana. Su respuesta fue bajar la cabeza y emitir un tímido Sí. Pero no porque estuvieran asustadas de señalar algún compañero o un caso sino por ellas mismas, por no poder crear entre todas una defensa. Allí entendí que el caso Weinstein es una responsabilidad de todos. De hermanos y hermanas. De compañeros y compañeras.

Mi visita a España no ha podido ser más intensa. Llegué el sábado 14 a Barajas y de inmediato tomé un AVE, el tren de alta velocidad que tiene la misma edad que Rubén y yo juntos, hacia Barcelona, una ciudad revuelta por el proceso independentista. Es un agobio, casi todos mis amigos están enfrentados o con su familia entera o con algún miembro de ella. En una paella dominical, un padre se enfrentó a su hijo porque este no “era lo suficientemente claro sobre su postura, independentista o no”. El hijo mantuvo su postura hasta que casi le obligan a dejar la mesa.

Con esas voces aún frescas, fuimos al Premio Planeta. Hace diez años exactos yo quedé finalista con mi novela Villa Diamante, lo que me hizo entrar súbitamente en este extraño universo de los ganadores del Premio Planeta y por todas esas emociones decidí acudir en el que, gracias al proceso independentista, sea el último que se celebre en Barcelona. Por eso fui vestido de blanco, un look que ya usé en los premios TuMundo. La verdad que parecía un Lancelot, buscando una Ginebra escritora. Cuando me paré a saludar a la presidenta del congreso de España, la única autoridad presente en unos

Premios donde los Reyes acuden un año sí y otro también, todo el mundo nos miraba porque ella iba vestida de rojo y yo de blanco. Parecíamos una nueva bandera.

Al día siguiente volví a Madrid porque mi padre venía de Caracas para grabar un programa de tele conmigo. Me vine un poquito abajo recordando a mis amigos catalanes divididos por el referendum. No se lo merecen.

Esa noche, Rubén nos llevó a la inauguración de la exposición sobre Toulouse Lautrec y Picasso en el Museo Thyssen. De verdad que la oferta de exposiciones de ese museo y de Madrid empieza a ser comparable a Londres o París. Esta muestra es apasionante. Picasso y Lautrec se admiraban mutuamente y probablemente bebieron y tomaron sustancias que disparaban su creatividad y morbo y generaron las obras que aquí se muestran. Y que te dejan, asombrado, asustado y maravillado, todo al mismo tiempo.

Y el día de la grabación del programa, la señora Leo, que siempre nos ayuda, cocinó pernil, que es lo más catalán del mundo pese a que los cubanos lo llamen suyo, y ensalada de gallina, una especie de ensaladilla afrancesada que los venezolanos comemos en Navidad. El menú era para un programa de televisión española en el que he colaborado muchas veces. Mi papá estaba encantado porque le preguntaron sobre mí y sobre nuestra peculiar relación llena de honestidad y franqueza. “Una vez una joven mujer se me acercó y me dijo: Soy la madre de un hijo de Boris. Yo ni la miré, solo le respondí: Eso es completamente imposible”.

Mi papá y yo llevamos muchos años deleitando infinidad de audiencias con nuestra relación. La gente se asombra de nuestro parecido y sobre todo de la complicidad que tenemos. Cuando le preguntan sobre Rubén, mi marido, mi papá siempre dice: Es otro hijo. Pero me asombra cómo consigue atar corto a Boris, que se lo lleva todo por delante. Y la gente enloquece y aplaude. En el fondo, creo que todo el mundo quiere un papá como mi papá.

Por eso decidí llevarlo a mi centro estético, Maribel Yebenes, donde se volvieron locas con él y lo masajearon, afeitaron y aplicaron sucesivas mascarillas reafirmantes que me lo devolvieron seis años más joven. “Ya estoy listo para conocer a tus amigas jet set”, me dijo. Y en el estreno de la última obra de Tricicle, el mítico grupo de actores catalanes, tuve que reconocer que el que recibía más abrazos y vítores, era él.

Escritor y presentador venezolano.

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