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Opinión

¿Somos un “Narco-Estado (de Derecho)”?

Corrían los primeros años de este siglo XXI –todavía sin un Discepolin que lo describa– cuando un productor de TV me pidió ideas para desarrollar en sus programas de actualidad.

Eran los días de las bochornosas imágenes de Abu-Ghraib, en el marco de la “Guerra contra el Terror”. ¿Como desviar la atención sobre esos desagradables incidentes? Mi sugerencia fue que se concentrara en la otra “guerra”, la que se centraba en los estupefacientes…

Mi ingenuidad sorprendió al productor, que tampoco veía nada que rescatar en la ya añeja “Guerra contra las drogas”. Pero insistí en que el mejor contraste que yo veía frente a los desmanes en Irak, era la reconstrucción del Afganistán conquistado por nuestras tropas de manos de los talibanes, que lo habían convertido en una plantación de opio. ¡Para qué! Con solo escarbar un poco la superficie de esta buena noticia alcanzaba para comprobar que la plantación, como el cuartito, seguía igualita…

Ahora que tengo más tiempo para ver TV me decidí, venciendo mis instintos iconoclastas, a ver la serie Narcos, pues me aseguraban que no glorificaba a los susodichos y estaba escrita desde la perspectiva de nuestra DEA, una suerte de equivalente actual de “Los Intocables” de Eliot Ness. ¡Qué desilusión! La serie presenta a la Guerra contra las Drogas como un fraude de tantos, destinado a que nuestro sistema político cada vez más estupefacto abra sus arcas y riegue dinero a diestra y siniestra.

Los políticos colombianos y mexicanos son descritos en la serie como eminentemente “comprables” a través del financiamiento de sus campañas políticas por parte de los Narcos (o de cualquiera, como ocurre entre nosotros), al tiempo que serviles ante nuestros propios intereses nacionales.

Trato de convencerme de que eso que estoy viendo no es más que una serie de TV, sin gran rigor histórico ni analítico. Pero en ese mismo aparato, tan dañino y tan valioso a la vez, me encuentro con una investigación de 60 Minutes y el Post que en menos de 48 horas descarrila los intentos de la “industria del opio” –en aquellos países que no disfrutan de nuestro “estado de derecho” lo llamaríamos cartel, no industria– por colocar al frente de la DEA a uno de sus monigotes a sueldo en nuestro augusto Capitolio Federal[1]. El monigote en cuestión retira su candidatura y nuestro tremendo presidente le agradece por los servicios no prestados: “es un buen chico”, dice, y “un gran congresista”…

Y el presidente tiene razón. Conforme a nuestros actuales cánones éticos y legales (según la descripción de lo que es un político “americano” que hizo en un fallo reciente nuestro Tribunal Supremo, plagiando a Gila)[2] el monigote no es pasible de ningún tipo de sanción, mas allá de que nuestros proveedores de fake news lo escrachen, tan in fraganti como al mismísimo Pablo Escobar. Se “borra” y ya está (no tiene ni que pedir asilo en Miami).

¿Cuándo nos vamos a sacar la venda colectiva que cubre nuestros ojos? ¿Cuándo vamos a tomar conciencia de que una sociedad controlada por esos carteles que llamamos industrias –incluidos este de las drogas “legales”, el de las armas, el de los “productos” financieros de humo, y tantos más– no puede funcionar, por más que alardeemos de ser el mejor país del mundo?

¿Con qué moral podemos llamar narco-estados a aquellos estados ante los cuales pretendemos necesitar murallas protectoras? La única muralla que debiera ser una prioridad para todos nosotros construir es la muralla interior que nos impida actuar con la amoralidad, la hipocresía y el desparpajo con los que actuamos, mientras nos “sentimos” superiores a los demás. Y no pregunto con qué derecho porque en nuestro “estado de derecho” el derecho lo dictan –literalmente, a los monigotes de los diversos capitolios y a sus staffers– los mismos industriales o carteles que tienen a sueldo a los monigotes.

Pero claro, el negocio de nuestros “industriales”, es, justamente, mantenernos a todos estupefactos: con las drogas de la indiferencia, del cinismo, de la hipocresía, del consumismo, y sobre todo la del individualismo emblemático de lo que creemos ser y no somos: autosuficientes y ajenos por completo a los dictados de una patraña como la del “bien común”, patraña que combaten los acólitos de nuestros “industriales”, como ser alguna “gloria de la intelectualidad cubana”.

Por mucho que “sepamos” vendernos al resto del mundo, si no entendemos que para hacer a “America Great Again” primero tenemos que “make it AWAKE again”, me temo que, eventualmente, nos va a pasar como a Lucho Gatica y sus ojos negros. ¿Quién puede querer comprar este modelo político que día a día va escribiendo la letra del tango “Siglo XXI Cambalache” y aportando los personajes que ilustraran su marquesina? Lo mismo un burro que un gran…, you name it…

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de octubre de 2017, 4:19 a. m. with the headline "¿Somos un “Narco-Estado (de Derecho)”?."

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