Opinión

La historia al revés: el maltrato a los hombres

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La historia de la humanidad, si es contada con coherencia, muestra cómo las mujeres hemos tenido que luchar a brazo partido contra las leyes dictadas por los hombres durante siglos, impidiendo así, de diversos modos, que fuéramos libres, letradas, independientes, capaces de trabajar en cualquier rama, con potestad de elegir nuestras parejas, suficientes en el arte de ocupar cargos públicos o en la simple pero imperiosa necesidad de ejercer nuestro derecho al voto.

En la Antigua China, por ejemplo, se acostumbraba a vendar los pies a las niñas. Esta mutilación empezaba en la infancia como ritual de rigurosa ortopedia, ocasionando que las extremidades femeninas no crecieran más de 10 centímetros. Los deformados y podados pies dificultaban el movimiento de las damas, limitando así el paso, el salto, la huida o el desempeño equivalente que naturalmente ejercemos las mujeres frente a los hombres.

Según informes de UNICEF “la ablación o mutilación genital femenina (MGF) es una forma evidente y castrante de violación de los derechos humanos”. Esto ocurre hoy, en pleno siglo XXI, en 28 países de África y también países asiáticos como Indonesia, India, Irak e Israel. Se han denunciado casos incluso entre algunos inmigrantes asentados en países de Europa, América del Norte, Australia o en zonas de Latinoamérica como la Amazonia, Perú y Colombia.

Cada día, al encender la televisión española o cualquier noticiero latino a lo largo y ancho de Estados Unidos, observamos con terror e impotencia los numerosos, abominables feminicidios.

Lógicamente esto ha generado en nosotros una incuestionable e infinita solidaridad con esas mujeres que han sido y son despojadas – ahora mismo- de los más evidentes derechos humanos. La lucha continúa mientras la tragedia siga en pie.

Existe un matiz, una parte de verdad de la que nadie habla pues el drama femenino es tan potente que funciona como cortina de humo y nos impide entender, escuchar o aceptar como nuevo fenómeno, otra terrible realidad, la otra cara de la moneda.

Situaciones menos frecuentes y no por ello ilusorias: Las injusticias de ciertas mujeres contra los hombres.

El recuento del odio comienza, casi siempre, con la aparición de una infidelidad, sea un acto generado por el hombre o por la propia mujer. Luego surge la necesidad de un cambio de vida, del fin de un matrimonio decadente, del alarido de libertad lanzado por cualquiera de las partes. La resistencia, aplazamiento o negación de un divorcio – venga de quien venga- es un acto dictatorial, pero también una acto de inseguridad y mediocridad humana.

Amarrar a un hombre o una mujer será siempre un castigo propio, una cárcel personal, un acto de martirio al que sucumbe siempre el propio torturador.

Las cortes, los juzgados e incluso las cárceles de varias partes del mundo guardan injustas y sustanciosas historias de hombres culpables, pero ¿qué pasa con los que no son culpables?

¿Cómo creer en la inocencia de un hombre con la suculenta tradición de injusticia contra las mujeres?

El asunto es que existen hoy miles y miles de inocentes que, al decidir ser libres y conquistar legítimamente su independencia son mancillados con mentiras, injurias elaboradas por desocupadas mentes de seres humanos malévolos (en este caso mujeres) que solo desean impedir el flujo natural de la vida de sus ex. Hay que cuidarse de los enmascaramientos, no importa de parte de quién venga. Esconderse detrás de una problemática tan delicada como la vejación de la mujer es una ofensa al propio género femenino. Las mascaradas en medio de las obsesiones, sean femeninas o masculinas, nunca llevarán a buen puerto.

Según expresa la estudiosa Silvia Elena Tendlarz en su trabajo La mascarada en una mujer obsesiva: “Los orígenes del concepto ‘mascarada’ lo hicieron tributario de una pertenencia exclusiva a la histeria. (…) la mascarada es una manera de nombrar la invención que las mujeres hacen de ellas mismas en su devenir mujeres, es decir, que no se trata de una impostura, de un engaño, sino que es la manera de nombrar el semblante que reviste cada una de ellas en su esfuerzo por metabolizar el goce que las envuelve. Podemos situar la mascarada del lado de las estrategias de la feminidad y separarla así de su identificación con la histeria”.

Existen también solapadamente, en nuestro contexto, aunque no se diga, féminas que pegan, acusan, mienten, mancillan y roban de manera legal a sus ex parejas, solo con la patente de corso de ser mujeres. Muchas de ellas lo hacen porque saben bien que nunca serán condenadas. ¿Qué las respalda? Nuestras incansables luchas. La eterna batalla de mujeres contra hombres.

Esta es la más terrible forma de traición – entre nosotras– a nuestro genuino referente de maltrato histórico al que nos han sometido por siglos. Algunas mujeres, en un bajo porciento y no por ello es menester callarnos, usan el feminismo como bandera y apelan con mentiras a nuestro legítimo, sincero y bien ganado sentimiento de solidaridad.

Escritora. Reside en Cuba.

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