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Opinión

El afán por derribar estatuas

Estatua de Juan Ponce de León en St. Augustine, Florida
Estatua de Juan Ponce de León en St. Augustine, Florida Stacey Sather

Nota de prensa: “En Taiwán han desmontado todas las estatuas de Chiang Kai-Shek (cientos) para agruparlas en un parque llamado Cihu, cercano a la ciudad de Taoyuan. Pasuya Yao, dirigente actual, considera que allí queda relegado el rastro negro de la historia”.

En estos días, que existe la indiscutible posibilidad de ver caer en las calles y jardines floridanos, víctimas de un inesperado revisionismo histórico, las cabezas picadas y en picado de muchas de sus viejas estatuas, pienso que la que más peligra es la que más abunda, la de Juan Ponce de León (el de la fuente), y que sería oportuno resumir sus dos historias, porque este conquistador español posee una vida documentada a medias, y otra producto del clásico boca a boca de los relatos griegos, con uno de los cuales lo relacionan fuertemente distintas lenguas.

Se sabe que Juan Ponce de León, que en la vida real fuera Adelantado, no sólo como gobernante, sino como voraz para el oro, rapaz en lo negocios y audaz ante el peligro, llegó a La Española en el segundo viaje de Colón, y entre ventas relacionadas con el pan de yuca y la mano de obra esclava, fue a parar a Borinquen, y fundó San Juan, y tras largos años gobernando allí, luego de grandes líos con el hijo de Colón llamado Diego, descubrió la Florida, y en ella dejó huellas profundas, hasta que en un zafarrancho con nativos calusas resultó herido por una flecha envenenada y llevado a curar a La Habana, donde nada pudieron hacer por él. Sin embargo, esta tragedia personal (nada menos que la muerte) lo metió de lleno, a base de invenciones populares, en los trajines mitológicos de Aquiles.

Se afirma que casi cinco siglos atrás, desde que salió de su lejana Palencia, traía un barrenillo inspirado por el famoso héroe griego, al que su madre, la diosa Tetis, sumergiera de niño en una laguna llamada Estigia, de aguas inmortales, con el propósito de ofrecerle vida eterna, sin darse cuenta de que al dejar seca la zona del talón por donde agarró al pequeño, lo hizo vulnerable. Todo esto (pienso yo) imaginado por Homero para justificar que al pasar los años en su poema La Iliada, Paris (otro del mito) matara a Aquiles de un flechazo envenenado en el desamparado talón. Algunos dicen que Paris usó una espada, y otros que un puñal, pero lo importante es que “el talón de Aquiles” haya sido mitológicamente aceptado como un símbolo de la debilidad humana.

Nadie sabe exactamente dónde hirió a Juan Ponce la flecha que acabó con su vida, pero muchos opinaron, por la coincidencia con el flechazo mitológico de Aquiles, que el español había venido al Nuevo Mundo buscando la laguna Estigia para que sus aguas le preservaran la juventud... Se la devolvieran, por mejor decir.

Otra cosa que se le achaca a Juancito (tampoco escrita o confesada) es su afición a reunir nativas tiernas y mansas bajo su mando, que agregándole el posible interés de tratar de sojuzgarlas sexualmente confiado en las virtudes de las aguas de la dichosa fuente, lo hacen más históricamente culpable. En honor a la verdad, entre mis apuntes sólo se alude a una adolescente bautizada como Leonor, con la que el conquistador tuvo luego cuatro hijos. Nada más aparece escrito.

Si, en definitiva, se decidieran a juzgar al segundo Juan Ponce, el del mito, el que por horror a la vejez se enredara en el eterno conflicto de retener el curso resbaladizo del tiempo, el que herido, marcando los almanaques 1521, contaba con 60 abriles plenos, el que supuestamente pasó las últimas dos décadas de su existencia zambullendo en incontables charcos, esquivando las dentellada de feroces reptiles y las chupadas de zancudos más feroces todavía, sería bueno que, en vez de derribar sus muchas estatuas, se le colocaran placas en las bases con letras bien negras, que dijeran en lo alto “Señores envejecientes” (forma actual de “embarajar” palabras tan hermosas como “ancianos y viejos”, aunque en verdad inmiscuyan a todo el mundo) y para redimir un poco al primer Juancito (el de la conquista) se le añadiesen advertencias sobre el peligro que significan líquidos de extrañas procedencias, sustancias raras, siliconas, desgarros y pastillas de todos los colores, que en el mejor de los casos no ofrecerían más que un rápido paliativo, porque en cualquier circunstancia, cuando la energía fundamental dice, ¡hasta aquí!, no podría resolver algo ni Cham-Bom-Bian, el mismísimo médico chino.

Actor, director y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de octubre de 2017, 7:15 p. m. with the headline "El afán por derribar estatuas."

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