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Opinión

Las columnas de un libro

Al principio no estuve muy seguro de reunir en un libro las columnas que he venido publicando cada semana en El Nuevo Herald, desde hace diez años. Tuve dudas sobre su utilidad práctica. Luego comencé a explorar las posibilidades de edición en un universo saturado donde cualquiera se autopublica en las numerosas plataformas virtuales que se ocupan de esos menesteres.

No me sentía conforme, sin embargo, con esa opción. Quería experimentar la satisfacción de tener un libro amparado por una editorial interesada en las temáticas recurrentes de mis columnas, que trato de escribir con vocación literaria, y fue así como indagué con mis amigos de Diario de Cuba, Pablo Díaz, José Antonio Ponte y Ladislao Aguado, sobre la posibilidad de ser incluido en su exitosa Editorial Hypermedia y, para mi alegría, no demoraron mucho en confirmarme que harían el libro.

Tomando ventaja de la popularidad que tiene el programa de televisión que conduzco, también desde hace una década en el Canal 41, AmericaTeVe, y porque tanto este espacio como las columnas comparten un punto de vista similar, decidí identificar al libro con esta suerte de marca que me he atribuido parafraseando el nombre en español de la película La ventana indiscreta (The Rear Window) y lo titulé La Mirada Indiscreta.

El volumen sobrepasa las 700 páginas que buscan hacer honor al género más libre y responsable del periodismo, dado su apego a la experiencia personal. El comentario, la historia que ocurre en una columna es una manera de la verdad defendida con sinceridad y pasión.

Pocas circunstancias intelectuales resultan más placenteras y estimulantes que la de tropezar con un lector en el sitio menos sospechado para escucharlo expresar su satisfacción con lo que escribo y hacer suya alguna parte de mi opinión.

Ni hablar de aquellos que dicen conocer, disfrutar e identificarse con mi historia personal de tristezas y alegrías, tanto en Cuba como en el exilio de Miami, porque encuentran puntos de convergencia.

Revisando las pruebas del libro que me hacía llegar puntualmente Lalo Aguado, quien dirige Hypermedia, he podido constatar, felizmente, la vigencia de no pocos de los temas abordados desde el año 2007 a esta fecha, cuando tantos hechos históricos y sociales de interés han acontecido.

Algunos causan pesar como es el caso de la intelectualidad cubana prácticamente anulada por el castrismo, que alienta dos o tres voces afines como la del difunto poeta Guillermo Rodríguez Rivera, quien fuera el único autorizado a debatir con uno de mis comentarios, aunque mintiera sin recato.

Las columnas que El Nuevo Herald ha tenido la gentileza de publicarme cada semana, bajo el cuidado del editor de las páginas de opinión, Andrés Hernández Alende, me han permitido llamar las cosas por su nombre cuando me refiero a la dictadura cubana, sin mirar sobre los hombros ni bajar la voz.

He descrito el encanto de incursiones libres por otros países, que no hubiera podido ni soñar desde la insufrible insularidad y asenté los pesares de mis padres y de cómo vencieron, felices, las desdichas de un régimen innoble e irrespetuoso, viendo a la familia progresar en el exilio.

25 de los 34 años que ahora cumple la Feria del Libro de Miami, del Miami Dade College, he despeñado responsabilidades como miembro del Programa de Autores Iberoamericanos.

Este año me embarga la emoción y el honor de pertenecer a la lista de invitados y hago votos para que me acompañen el sábado 18 de noviembre a la 1:15 p.m. en el Edificio 8, salón 8503 del Campus Wolfson, donde presentaré el libro La Mirada Indiscreta.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de noviembre de 2017, 2:32 p. m. with the headline "Las columnas de un libro."

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