Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: A 35 años del Mariel

El barco Big Bruce se detiene en el Key West Marina el 11 de mayo, el día más ocupado del éxodo del Mariel cuando 4588 refugiados llegaron a bordo de 58 embarcaciones. Miembros de la Guardia Nacional asistieron a los pasajeros.
El barco Big Bruce se detiene en el Key West Marina el 11 de mayo, el día más ocupado del éxodo del Mariel cuando 4588 refugiados llegaron a bordo de 58 embarcaciones. Miembros de la Guardia Nacional asistieron a los pasajeros. Foto de archivo

Se cumplieron 35 años de la ocupación de la embajada del Perú en La Habana por miles de cubanos que buscaban salir del país, el 4 de abril de 1980, hecho que dio inicio días más tarde al éxodo del Mariel, la oleada migratoria que cambió de forma irrevocable a Miami.

Aunque sus miembros tenían edades, orígenes y aspiraciones sociales y económicas disímiles, la “Generación del Mariel” constituye un grupo intermedio entre los exiliados políticos que los antecedieron y los que —en su mayoría inmigrantes— llegaron después de 1990.

La tentativa de aproximación con quienes los recibieron —y en muchos casos luego los rechazaron— marcó por años un afán necesario y justificado de integrarse a la sociedad que vieron como una esperanza.

Ello hace que, al tiempo de compartir valores y actitudes con quienes vinieron después, se diferencien de ellos en su actitud respecto al ámbito cotidiano de la situación cubana.

Este hecho obedece en buena medida a que tres décadas y media no solo han posibilitado una reunificación familiar en el exilio, sino que constituyen para muchos casi una vida transcurrida en el exterior. También indica una autonomía con relación a las posteriores oleadas migratorias, en las cuales los vínculos de pertenencia con la isla —en particular en el ámbito doméstico— son mayores, y las prioridades no se definen tanto en función de criterios políticos e ideológicos sino por razones familiares.

Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía incierta. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor futuro económico. Ambos aspectos se complementan, aunque no son sinónimos. Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como falta de agradecimiento, poca capacidad de adaptación e indisciplina, los marielitos —la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las comillas— se ganaron su lugar bajo el sol de Miami.

Lo consiguieron con trabajo y dedicación, pero llegaron cargando diversas “culpas”, de las que les costó trabajo librarse. La primera fue el haber vivido durante años bajo el régimen castrista. No importó que fuera por fecha de nacimiento, ideales políticos o imperativos familiares. Al inicio, a cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es normal que al comenzar una nueva vida cualquier cubano no tenga que ocultar su pasado en la isla, es gracias al Mariel.

Tras la decisión de abandonar el país —algunos incluso fueron obligados a irse—, los marielitos montaron en un bote, quizá por vez primera para ese tipo de travesía, que era propiedad de un desconocido en la mayoría de los casos —ya que parte de la perfidia del régimen fue no permitirles viajar con los familiares que habían ido a buscarlos. Luego desembarcaron en Cayo Hueso, aunque hasta entonces algunos habían creído que el viaje era directo a Miami. No habían venido, los “habían traído” y muchos ni se lo habían propuesto o soñado el mes antes. Llegaban a un mundo desconocido y prohibido. Un éxodo sorpresivo que provocaba una frase repetida: “yo estaba aquí y tú acabas de llegar”.

También a diferencia de quienes salieron primero, se encontraron una estructura creada de negocios cubanos, que les facilitó su inserción laboral —con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación— e hizo posible que en cierto sentido fuera menos “traumática” su nueva vida. Las diferencias personales hacen que esta generalización sea imprecisa, pero se puede decir que tuvieron que adaptarse a una comunidad antes que a un país.

Pero no puede decirse que fuera fácil. Quien se estableció en esta ciudad casi a mediados de 1980 tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir que junto con una serie de principios elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis—, en Miami subsistían también valores caducos. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el mundo de los 80: el futuro en forma de pasado.

Siempre hubo alguien que le leyó el catecismo de la humildad al recién llegado: trabajar duro y honradamente en lo que se presente, no volverse loco gastando dinero —si lo tenía, cosa difícil— y no independizarse antes de tiempo. Obedecer a los que llegaron antes: ellos sabían más porque lograron irse primero del infierno.

Un álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de algunos de esos miles de protagonistas constituye un poderoso instrumento de propaganda anticastrista. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes. Ahora el destino de quienes vinieron hacinados en yates y barcos camaroneros no es posible sin el color. ¿Una comparación superficial y chillona? Es posible. Ello no la hace menos verdadera.

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