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Opinión

Cien Años de Necedad

El líder revolucionario ruso Vladimir Ilich Ulianov (1870-1924), mejor conocido como Vladimir I. Lenin, izquierda, posa con Yossif Vissarionovitch Dzhugashvili (1879-1953), más conocido como Joseph Stalin, en Gorki, Unión Soviética, en 1922.
El líder revolucionario ruso Vladimir Ilich Ulianov (1870-1924), mejor conocido como Vladimir I. Lenin, izquierda, posa con Yossif Vissarionovitch Dzhugashvili (1879-1953), más conocido como Joseph Stalin, en Gorki, Unión Soviética, en 1922. AFP/Getty Images

Viajar durante cien años por la tiranía aristocrática conocida como La Dictadura del Proletariado es más aterrador que viajar en La Máquina del Tiempo con Wells, o con Julio Verne al centro de La Tierra.

Al igual que los comunistas, los monstruosos antropófagos Morlocks se alimentaban de otros seres humanos indefensos, sometidos por la ignorancia y el terror. Cuando se rebelaron, con un golpe popular fuerte y frontal, los pulverizaron; sí, eran puro polvo, como el comunismo.

Durante su centuria de fracasos y horror, el intento fallido, por imposible, de crear el paraíso proletario, se convirtió en un insoportable infierno. Sus rescoldos siguen quemando a cubanos, norcoreanos y a otras víctimas del cruento poder totalitario. Mundialmente hemos escuchado los chasquidos de este látigo; algunas de nuestras espaldas fueron instrumentos de percusión del macabro concierto. Un saldo de más de un millón de muertos anuales, millones de heridos y presos, un mundo de torturados física, mental y socialmente, y decenas de países secuestrados y completamente vandalizados.

Terror, asesinato, robo, hambre, mentira, calumnia, chantaje, abuso y frustración existencial, convirtieron al comunismo en el mayor productor de genocidios y éxodos en la historia de la humanidad. Atila, Genghis Khan, Solimán, Napoleón, y todos los imperialistas egocéntricos, se retuercen de envidia en sus tumbas ardientes ante el imperio de sangre y estiércol que los comunistas forjaron.

Resulta tan difícil como sorprendente encontrar alguna persona que conozca claramente qué es el comunismo. Casi todos confunden la dictadura del proletariado con la utopía que el marxismo-leninismo pretendió en vano instaurar en los países secuestrados por las mafias comunistas.

La Dictadura del Proletariado, teóricamente, no es más que una etapa estratégica. Sepultada la burguesía, el estado se extingue, desaparecen las clases, la represión y todo vestigio de explotación. La sociedad, según Marx, logrará el fin propuesto en la siguiente fórmula social conocida como comunismo: “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. “Los hombres trabajarán voluntariamente según su capacidad y todo hombre podrá tomar libremente lo que cumpla su necesidad.”

Absolutamente nada del párrafo anterior se cumplió textual o prácticamente. Fue final, no etapa. Ni estado extinguido, ni desaparición de clases, y adiós comunismo. ¿Dónde bemoles encontró Carlitos a ese hombre robótico? Nadie en los cien años de necedad del insoportable calvario comunista lo conoció. Ninguno de sus millones de oportunistas, ninguno de sus histéricos talámicos. Sólo el caballo virtual que George Orwell describió en su obra maestra La Rebelión en la Granja; caballo engendro de masoquista político y esclavo imbecilizado. ¡Hipócritas!

Sí, resulta hipócrita y ridículo prometer una vida dando lo máximo, a cambio de lo mínimo. La eficiencia vital, la ley del menor esfuerzo para obtener el máximo progreso individual, familiar y social es inviolable; es la naturaleza humana. Fracasó la creación del “Hombre Nuevo”, del robot humano. Desnudos, cubrieron su utópica pequeñez con el manto de su única realidad: las mieles del poder.

La contradicción es evidente. Las ideologías existen en función de obtener beneficios humanos; los humanos no existen en función del beneficio de las ideologías. No se sacrifica al hombre real por uno abstracto. Absurdo. La ideología marxista-leninista niega la naturaleza humana. Los heraldos del paraíso comunista sólo producen palabras, ningún trigo, pero lo tienen todo, mientras los proletarios arrastran cada vez cadenas más pesadas.

El equilibrio indispensable entre capacidad, necesidad y felicidad, desaparece en la fórmula social comunista como las barajas en manos de magos baratos. Pero además del yo existe el nosotros (sociedad), al cual debemos nuestro ayer, nuestro hoy y nuestro mañana. Analicemos esta fórmula vital equilibrada, en función de la felicidad individual y social que se logra en libertad: “De cada cual según su voluntad y a cada cual según su aporte social”.

Fue la contradictoria lengua de Lenin la que afirmó: el que no trabaja, no come. Usando una simple regla aritmética concluimos: el que más trabaja, más come. Libertad, voluntad, aporte y recompensa lanzaron la fórmula comunista a la alcantarilla de la historia.

Ex preso político.

Escritor y empresario.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2017, 5:28 p. m. with the headline "Cien Años de Necedad."

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