El acoso sexual y la impunidad
El país vive una racha de denuncias de acoso sexual en la que la mayoría de las víctimas son mujeres y los victimarios hombres. Es un viejo problema social, legal y moral al que no le hemos hallado y probablemente no le hallaremos soluciones mágicas. Por lo mismo conviene replanteárselo de vez en cuando para entender mejor el sufrimiento y las injusticias que causa y la necesidad de combatirlo con determinación, aunque sin caer en el puritanismo ni otros excesos, como el de la cacería de brujas a la que dice temer el admirado cineasta Woody Allen. Algunos hemos vivido lo suficiente como para saber que el problema suele engendrar el doble flagelo de las acusaciones falsas y los hostigamientos reales que permanecen impunes.
En asuntos de amor y sexo, lo deseable es que sea difícil pero no imposible acceder a las mujeres. Quienes hemos sido jóvenes imberbes sabemos lo complicado que eso puede resultar. Pero quienes tenemos canas de sobra también sabemos que es posible. Lamentablemente, algunos de mis compañeros de género se comportan como si quisieran acceder siempre, en cualquier circunstancia y mediante cualquier pretexto, a las mujeres. Y no vacilan en sumarle al noble ejercicio del cortejo y la seducción las mañas del bellaco. El acoso sexual en la universidad, el centro de trabajo o cualquier otra parte es una de las peores de esas mañas. Un remanente de las antiguas prácticas de sometimiento y maltratro a las que muchos hombres históricamente han condenado a las mujeres, frenando su desarrollo individual y colectivo, humillándolas y causándoles traumas sicológicos.
En Estados Unidos se libra una constante batalla, en los sectores privado y público, contra el acoso sexual. Por un lado busca desalentar el quid pro quo, es decir, la innoble costumbre de condicionar el empleo, el salario y el ascenso de una empleada o empleado a los caprichos sexuales de su supervisor o supervisora. Por otro, procura combatir los ambientes hostiles en que los trabajadores o estudiantes son sometidos a manifestaciones sexuales no solicitadas ni deseadas. Los sonados casos que hoy dominan las noticias demuestran lo mucho que nos queda por avanzar en este campo. Basten algunos nombres famosos: los actores Bill Cosby, Kevin Spacey y Ben Afflec, el productor cinematográfico Harvey Weinstein y el director de cine Oliver Stone, los periodistas Michael Oreskes y Mark Halperin, el comentarista Bill O’Reilly su ex jefe en la Cadena Fox Roger Ailes y el candidato a senador por Alabama Roy Moore, entre otros.
Pero el caso reciente que más me llama la atención es el del filósofo John Searle, de la Universidad de Berkeley, cuyos libros de filosofía del lenguaje y de la mente estudié con aplicación mientras cursaba la carrera en la Universidad de Miami, donde nos visitó. Por lo menos cuatro estudiantes han acusado a este anciano aparentemente venerable, quien ya tiene 84 años, de tratar de besarlas, manosearlas por debajo de las mesas y usar un lenguaje sexual inapropiado en su presencia. Una lo demandó. El caso de Searle es particularmente perturbador porque, como filósofo, se supone que sea especialista en ética, el estudio profesional de las normas y principios que deberían guiar nuestra conducta. El hostigamiento sexual es, por encima de todo, una transgresión moral mediante la cual el acosador trata como objeto manipulable a la persona acosada.
El riesgo de que en el actual clima de denuncia y persecución paguen justos por pecadores es real. Pero el país necesitaba una discusión pública sobre el hostigamiento sexual. Hay indicios de que muchos norteamericanos no entienden bien el fenómeno y sus implicaciones para las víctimas y la sociedad. Por eso el ex presidente Bill Clinton alcanzó el máximo de su popularidad cuando varias mujeres lo acusaron de adulterio y conducta sexual impropia. Por eso 65 millones de estadounidenses votaron para presidente a otro acosador empedernido. El problema, desde luego, no desaparecerá. Pero sí puede y debe reducirse la impunidad que lo agrava. En este sentido, cierro con un oportuno planteamiento de otro filósofo nada sospechoso de viejo verde, el francés Denis Diderot: “No hay acoso sexual que un hombre pueda hacerle a una mujer con impunidad en una sociedad civilizada”.
Periodista cubano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2017, 5:40 p. m. with the headline "El acoso sexual y la impunidad."