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Opinión

Trump no es un presidente de Manchuria

El presidente Donald Trump realiza el “apretón de manos de la ASEAN” con sus homólogos, el vietnamita Tran Dai Quang (izq), y el filipino Rodrigo Duterte, durante la ceremonia de apertura de la cumbre, en Manila, Filipinas.
El presidente Donald Trump realiza el “apretón de manos de la ASEAN” con sus homólogos, el vietnamita Tran Dai Quang (izq), y el filipino Rodrigo Duterte, durante la ceremonia de apertura de la cumbre, en Manila, Filipinas. AP

En 1990 comenzó la época más gloriosa de la influencia americana en el mundo. Acababa de caer el Muro de Berlín, la Unión Soviética había perdido la Guerra Fría y Estados Unidos se erigía como único modelo a imitar por el resto del planeta. Había triunfado la democracia liberal y la economía de mercado. La Humanidad había alcanzado el “fin de la historia” y se abría una era unipolar en la que el globo avanzaría en prosperidad y libertad, bajo los auspicios de Washington.

Los presidentes Bush senior y junior, Clinton y Obama asumieron la misión de difundir la democracia por el mundo. Cada uno a su estilo, con aciertos y desaciertos, pero siempre con la mirada fija en promover los ideales que han hecho de Estados Unidos un faro único de libertad y derechos humanos. En marcado contraste con los otros dos gigantes en la geopolítica mundial, China y Rusia, bastiones de autoritarismo.

En 2017, sin embargo, la democracia americana ya no está de moda en el mundo, afeada por Trump, que no solo ha abandonado la misión de sus predecesores sino que con sus acciones y su verbo incontinente –e impertinente– está dando el ejemplo contrario. Ahora lo que prospera son las autocracias, con el aplauso del inquilino de la Casa Blanca, admirador confeso de cuanto autócrata gobierna en el planeta, por los que siente gran afinidad. Y también, como dice el profesor de Harvard Stephen Walt, “quizá Trump sienta envidia por los autócratas que son más poderosos que él porque están liberados de los ‘incómodos’ frenos constitucionales [de Estados Unidos] que limitan su poder y sus impulsos destructivos”.

Y aunque el trato amigable con algunos dictadores forma parte del historial de Estados Unidos, la diferencia es que en el pasado fue por razones de conveniencia estratégica, mientras que Trump lo hace por convicción y sintonía con ellos. Famosa es la frase de Truman refiriéndose a ciertos tiranos que servían a los intereses del momento: “Es un hijo de…, pero es nuestro hijo de …”.

La tanda de amigos internacionales de Trump está repleta de “hijos de …”: el dictador chino Xi Jinping, al que ha felicitado por consolidar aún más su poder; el sanguinario filipino Duterte, del que ha encomiado sus miles de ejecuciones sumarias; el despiadado rey saudita, Mohamed Bin Salman, al que ha respaldado en su salvaje purga de rivales; al tirano turco Erdogán, del que ha alabado los encarcelamientos masivos; al brutal y corrupto egipcio El-Sisi... La lista es larga. Y por encima de todos ellos se eleva su admiración por el principal enemigo de Estados Unidos, el sátrapa ruso Putin.

La fascinación de Trump por el zar ha llegado a límites insostenibles. Indefensibles desde cualquier lógica. Que quizás solo podrán explicarse cuando finalice la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre vínculos con Rusia durante la campaña electoral.

Ya se han comprobado más de 30 conexiones del entorno de Trump con allegados al Kremlin, incluidas las de su hijo Donald Jr.; y hay al menos tres encausamientos federales y una admisión de culpabilidad. Amén de las noticias falsas fabricadas por Moscú para favorecerle, que llegaron a 146 millones de votantes a través de varias plataformas digitales. Pero Trump se niega a reconocer el delito de intromisión de Rusia porque él fue el beneficiario del delito. Su enorme narcisismo y su todavía mayor inseguridad le impiden actuar con la dignidad que requiere la presidencia de Estados Unidos.

En su último despliegue de veneración por Putin, la semana pasada, tuvo la indecencia de arrastrar la reputación de la comunidad de inteligencia americana, otorgándole más credibilidad al ex jefe de la KGB que a los agentes que velan por nuestra seguridad nacional: “Me ha dicho [Putin] que absolutamente no intervino en la elección. Él no ha hecho lo que dicen que ha hecho. Yo realmente creo que es sincero cuando me lo dice”, afirmó Trump.

Sus palabras provocaron alarma, otro escándalo más, que le obligó a –renuentemente– desdecirse, como suele hacer después de cada bofetada. Pero ya estaba dada, el planeta entero lo había escuchado, para satisfacción de Putin y nueva decepción de los aliados y amigos, que cada vez son menos, porque ¿cómo van a confiar en quien traiciona a sus servicios de inteligencia y menosprecia las insituciones de su país?

A estas alturas muchos califican a Trump como un “candidato de Manchuria”, es decir un topo puesto por Moscú. Pero no es así. Eso requeriría una astucia y discreción de las que Trump carece por completo. Lo que delata su carácter es muy distinto, como bien describe el ex agente especial del FBI, Clint Watts: “La influencia rusa sobre Trump pertenece a la categoría de ‘tonto útil’, fácil de entusiasmar cuando Putin le alimenta el ego”… “Un verdadero candidato de Manchuria nunca hubiera pedido públicamente a Rusia que revelara los emails de Hillary”. O sea, es el sueño de cualquier servicio de espionaje enemigo: un arrogante ‘tonto útil’ en la Oficina Oval.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2017, 5:45 p. m. with the headline "Trump no es un presidente de Manchuria."

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