¡Plata o muerte! Las FARC en mi pasado
Las FARC, ahora metamorfoseadas a Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común, postularán un candidato a la presidencia de Colombia en las próximas elecciones. El nuevo nombre les permite mantener las infames siglas sinónimo de extorsión, secuestros, asesinatos, narcotráfico más otros crímenes y suena forzado. Lo es. Pero la fuerza siempre ha sido el modus operandi de las FARC.
El 5 de abril del 2008, mi hijo, Eric Padrón, recibió una devastadora llamada telefónica. Su padre, Cecilio Padrón, ciudadano norteamericano residente en Panamá había sido secuestrado el día anterior cuando salía de la Torre Zeus, un edificio de apartamentos de lujo que construía en Costa del Este, una zona exclusiva junto al mar en Ciudad Panamá. Ante este sorpresivo suceso y sin mas información, al día siguiente abordó un avión con destino a esa ciudad. Allí supo que el secuestro había sido perpetrado por las FARC con la cooperación de policías panameños, y un corto tiempo después estas se pusieron en contacto con el demandando la exorbitante suma de $17 millones.
El mensaje fue claro: “O pagan, o tu padre se pudre aquí”. Otro tanto le habían dicho a él: “Si tratas de escapar no lo lograrás porque o te traga la selva o te agarramos nosotros y entonces te amarraremos a un árbol. Si viene el ejército te mataremos. De aquí solo sales si pagan. El negocio es plata o muerte”.
Era la epístola según las FARC, y paralizó nuestras vidas, pendientes a diario de las llamadas telefónicas de El Indio, el siniestro personaje de las FARC que llamaba a mi hijo desde el lugar donde tenían a su padre secuestrado. Estas ocurrían semanalmente o con un receso de varias semanas. En una ocasión hubo un mes completo sin contacto alguno. Pero lo peor lo estaba sufriendo él, cautivo en la densa selva colombiana, viviendo a la intemperie custodiado por guerrilleros de las FARC, mal alimentado, y aquejado muchas veces de disentería y otros males que amenazaron su vida y redujeron su peso a 125 libras.
Los días se fueron convirtiendo en meses mientras mi hijo utilizaba toda su astucia y habilidad como abogado criminalista y ex fiscal para convencerlos que $17 millones era una suma irrazonable para la familia, que la crisis financiera había paralizado el mercado inmobiliario y que los bancos nos repetían el mismo mantra: la ley prohíbe negociar con grupos terroristas. Esto último acarreaba el riesgo para él de perder su licencia de abogado.
Las FARC se pusieron impacientes. Amenazaban a mi hijo con enviarle la cabeza de su padre en una bolsa, y comenzaron a llamar a otros en la familia. Una sombría noche me llamaron a mí. Las piernas se me aflojaron cuando la voz en el teléfono se identificó como El Indio. Me quedé sin saliva. El criminal parecía estar al otro lado de la pared, y puso al padre de mis hijos al teléfono. Con voz entrecortada me dijo que lo estaban sosteniendo por los brazos porque no podía mantenerse en pie, que sentía no le quedaba mucho y añadió, ¡ayúdame por favor! Le respondí con la boca seca: ¡te estoy ayudando desde el primer día, no te vamos a abandonar!
Hay un ángulo sentimental en esta historia que debo contar. El padre de mis hijos y yo llevábamos casados 22 años cuando el sucumbió a las tentaciones que siempre rodean el éxito, y yo me rebelé ante un rol de esposa pasiva y resignada. El divorcio, y sobre todo su actitud posterior a este, abrió una gran brecha de enemistad entre nosotros y lo distanció de nuestros dos hijos. Cuando Eric recibió la llamada de la desgracia que afrontaba su padre, llevaban más de 7 años sin hablarse.
Once meses después del aciago día del secuestro, mi hijo abordaba el helicóptero que lo llevaría al punto convenido con las FARC en medio de la selva colombiana, para pagar el rescate que finalmente negoció con ellos. De su brazo derecho colgaba el pesado maletín gris cuyo zipper aprisionaba 75 libras de dinero, el precio por la vida de su padre. Dos pilotos habían rehusado volar al área convenida porque era territorio de las FARC y temían sus cohetes. Mi hijo tuvo que confiar en el coraje y la buena fe del que estaba ahora a su lado. También en que las FARC cumplieran su palabra. Si el negocio era plata o muerte, la plata ya estaba aquí.
Cumplieron, por el bien de su negocio. Mi ex esposo se convirtió en un hombre libre horas después que mi hijo, a una altura de 50 pies, abrió la portezuela del helicóptero sobre un claro forzado en la densa vegetación abajo, y soltó el preciado maletín el cual en segundos era un punto negro que caía al vacío y después devoró la selva.
Pero también hoy es un hombre libre, Julio Enrique Lemos Moreno, el cerebro de las FARC detrás de esta operación. Protegido por el pacto de Juan Manuel Santos con las FARC, el cual también impide su extradición a Estados Unidos para ser juzgado por el secuestro de un ciudadano norteamericano, Lemos Moreno, al igual que el resto de esa guerrilla de delincuentes, es otro criminal que puede muy pronto regir los destinos de Colombia. Solo el pueblo colombiano puede evitarlo. Y tiene la última palabra.
Escritora cubana y activista de los derechos humanos.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de noviembre de 2017, 5:39 p. m. with the headline "¡Plata o muerte! Las FARC en mi pasado."